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Con Pancho Céspedes, un día de Orula en La Habana

por Marianela González

Pancho Céspedes graba Tú me acostumbraste, en los estudios Abdala. Foto: José Gaviria

Habían pasado poco más de veinticuatro horas desde que Paco de Lucía tocó en La Habana, y desde que, ya en el coctel con músicos y organizadores del Festival que lo trajo a la isla luego de 25 años, un rostro, uno entre todos los que llegaron a saludar, llamó la atención del español.

-Yo a usted le conozco… – dicen que dijo.

-Pancho Céspedes, maestro.

Y ya de pie, el guitarrista:

-Usted ha escrito la canción más grande que he escuchado en mi vida.

Vida loca es también el disco que la recoge, el más vendido en la historia de la música cubana, y loquísima es esta conversación, una noche y algo después, en un estudio de grabación en La Habana.

En unos minutos, Pancho va a cantar Tú me acostumbraste y Ernán López-Nussa ya sondea el piano que le ha afinado Florita, pequeña y callada mujer de unos sesenta años que no deja de mirar cómo el primero contesta mis preguntas a flashazos mientras insiste en recorrer casi de puntillas todo el Estudio 1 de Abdala al ritmo de “esta vida loca, loca, loca…”.

Y a mi lado, Florita, y al lado de Florita, Natalia Bolívar y un productor colombiano que ha venido a la isla, por segunda vez en menos de una semana, a grabar Diez de Cuba por Colombia, la cuarta producción discográfica de una serie cuya recaudación irá a las comunidades originarias en su país.

Este tipo, Gaviria, es serio, serio de verdad, me dice Pancho y mira a Natalia a ver si por fin es pueblos “originarios” o “indígenas” o “indios”. ¿Viste?, sabe muchísimo. Y tú, ¿de dónde eres? Y yo que soy de Ranchuelo, un pueblo al que le vendrían bien un par de discos.

Florita sigue en silencio, no vaya a ser que alguien le fuera a preguntar, y Natalia no para de sonreír. Le sabe muchísimo a mi entrevistado, pero yo le guardo un “sable” como el machete de Quintín Banderas que Natalia llevó a su Ita: “un cable…denme cable”, le recuerda decir mi madre, y me soltó un par de buenos cuentos cuando supo que iba yo a entrevistar esta noche a Pancho Céspedes.

Se conocieron hace más de 25 años, antes de que él se fuera “de gira”, “de larga gira”. Mi madre, “aquella trigueña bonita”, cursaba Medicina en Santa Clara cuando Pancho era el cantante de 13 de Marzo, la banda de la universidad, y pedía “cable, un cable largo para salir y cantar entre la gente”.

Se conocieron cuando los profesores le decían: Pancho, la Medicina y la guitarrita no pegan. Antes de que Pancho les hiciera caso. Antes de que lo dieran por loco una semana antes del último examen de la carrera, el que nunca hizo. Antes del 18 de mayo de 1992, cuando se fue por fin “de gira”, de “larga gira” de 21 años a México.

Por fin, el bailaor de boleros se ha sentado en el sofá. Se acuerda de mi madre y del que era novio de mi madre entonces: “era bonitillo también aquel trigueño, pero yo era popular”. Se acuerda de La Ceibita, el barrio donde creció; de que no pudo estudiar Historia del Arte porque no era militante del Partido y, sobre todo, otra vez, del 18 de mayo de 1992: “… nos pasa a todos los que andamos lejos, o por lo menos, a los que somos alma…”.

“¿Y ya tú estás entrevistándome? Ah, mira, qué bonito…”. Y toma el batón.

Vivía en La Ceibita, en Santa Clara. Había (hay) allí una tarja, pero no recuerda (no recuerdo) por qué. Cuando nació, el padre construyó una casa que todavía está en pie (dos plantas, naranja, camino a la “Terminal vieja”). Estudió en El bosque.

Su madre era profesora de Historia; su padre, veterinario. Ya adulto, Pancho supo que había sido revolucionario y que el Che le agradeció en una carta el haberle llevado medicamentos al Escambray. El padre es su ídolo. Si tiene ídolo, es el padre.

“Pero de pronto tú no me preguntas nada y yo hablo como un loco…”, y me presta el batón.

-¿Por qué dices que te fuiste “de gira”?

-Porque aquello de “me fui” o “me quedé” son sólo palabras de moda. Son términos físicos. Yo nunca “me voy” ni “me quedo” en ningún lugar.

-¿Ha sido buena la gira?

-Ha sido.

-Hiciste tu carrera musical fuera de la isla…

-Ya en Cuba cantaba, ¿sabes?…

-…

-Sí, realmente, mi carrera despuntó en México, ese país al que amo profundamente. ¿Has ido?

-Una vez.

-Es fascinante. Lo amo porque ahí nacieron mis hijos, y porque ese país me dio la parte egoísta que uno también mira: me sentí compositor.

-Compusiste para Luis Miguel… ¿Cómo lograste “conectar”?

-Cuando quieres conectarte, te conectas… -ríe. Pero sabe que no convence- Creo que yo he estado conectado desde que nací, ¿sabes? Siempre he tenido eso de estar, como se dice, “en el momento y el lugar precisos”.

-Hoy es el día de Orula…

A ese lo conoce bien.

En La Habana, un hombre lo había visto en el Cabaret Caribe (“ven acá, ¿se mantiene eso…?”), interpretando, bailando, cantando “Babalú ayé….” El teléfono de ese hombre en México le salvó la vida, y así (¿Qué van a grabar?, salta una voz desde algún lugar. Tú me acostumbraste, responde Pancho, “Frank Domínguez, año mil novecientos no sé cuánto…”), a los 21 días luego de aquel mayo del ´92, Pancho tenía su propia noche en un bar del DF. En el contrato, una botella de ron, y fuera de los papeles, la belleza o el desahucio de alguna que otra mujer.

-Pero sabes que un día me dije: bueno, en Cuba yo tenía mis hermosas mujeres, y mi ron que se vendía a granel, y mi cabaret, y mis palmas que yo empecé a dibujar en la memoria y los paisajes que me inventé en cualquier lugar en México que se me antojara Miramar o La Víbora…

– “Un lugar sin rostro en la memoria…” -se me ocurre, aunque ni muerta la tarareo.

-…“nos pasa a todos cuando estamos lejos” —completa.

-¿Y?

-… y me fui con ese complejo a Warner Music.

¿Orula? O Quintín Banderas, digo yo. A Orula lo conoce más de un músico en esta isla, pero más de un músico en esta isla no graba con Warner Music en México.

La disquera, major en la industria musical azteca, le hizo un demo, y en aquellos estudios grabó Luis Miguel la primera canción de Pancho que se hizo célebre en ese país: “Pensar en ti, pensar en ti…”, escuchó el cubano cuando entraba a uno de aquellos estudios, y “escuchar mi canción en esa voz… Es una sensación que no soy capaz de explicar”. Habían pasado meses, años, insistencias, y “una paciencia que jamás pensé que podía tener”.

-Todo el mundo iba a escuchar mis canciones… eso era lo único que me pasaba por la cabeza cuando oí por primera vez a Luis Miguel cantando Pensar en ti. Tú no tienes quizá mucha idea de lo que es el capitalismo y de lo que te hace… es otra forma de entender las cosas y la vida, y el éxito.

-¿Tú tenías ya esa idea?

-Bueno, imagínate que la única experiencia anterior “afuera” había sido en Nicaragua cuando todo era “para el Frente”. Y había viajado en un T-U, un avión como el que aquí yo tomaba para ir a Oriente. Fue una experiencia linda esa, no creas… salvo que cuando llegué a Cuba, mi padre había muerto una hora antes.

Si tiene un ídolo, es el padre.

Y quizá Luis Miguel, por aquellos años. Al niño bonito de México ya le habían hecho saber de sus canciones, aunque pasarían seis años antes de que saliera el primer disco de Pancho Céspedes como autor e intérprete: Vida loca, un fenómeno de ventas como no ha habido otro en la música cubana y que sedujo hasta a Paco de Lucía en la España de 1998.

Y la vida, menos loca

Con un primer disco, cinco años después de haberse ido de Cuba, Pancho comenzó a entender.

-Yo no sé si la gente entiende…Yo (subraya) comencé a entender que había una posibilidad en mi vida de conocer otros mundos; una carrera “allende los mares”, como se dice. Menos cabaret…

-¿Regresó a Cuba?

-Fue parte del proceso de “entender”. Vine a los dos años y medio, y por esa época me enamoré aquí de una rubia hermosa, la madre de mis hijos. Venía todos los meses… ¡El dinero de Luis Miguel casi no me alcanzaba para los viajes; pero es así: cuando uno se enamora, se enamora…! Me casé en el Palacio de La Víbora.

A un lado, Natalia sigue escuchando. Ella le sabe.

-¿Viste?, aquí ahora te estoy contando mi vida… y se me ponen celosos los amigos -me dice alto, para que ella le oiga.

Y sigue.

Luis Miguel era bonito en los ´90. Pancho, “un mulato gordo”, de esos que no le funcionan al star system. Comía tacos, pescados, carnes, panes, picantes, salsas, burritos. Es osado y ha experimentado de todo, dice, “menos los hombres”.

El disco se hizo en el ´97, y en el ´98, casi por compromiso, lo pusieron en una emisora universitaria donde pasaban los temas dos y tres veces al día. En ese impasse lo conoció André Midani, “el tipo que lanzó el bossa nova”.

Midani estaba entre los que se habían ido de Brasil a México cuando la dictadura, después de haber hecho huelga mucho tiempo, y a los 73 años era el jefe de Warner. Vio al cubano en El Candelero, dando vueltas, cantando “de la forma en que yo canto”, y le dijo: Pancho, tú eres la prioridad de Warner, por encima de Luis Miguel. Un chiste del que rió el mulato, curado de espanto. Pero ese mismo día, a regañadientes, llevaron a Alejandro Sanz a verlo. Lo escuchó, se llevó el disco a España, y a los tres meses, Pancho Céspedes tenía cinco discos de platino en España.

-Y de ahí en adelante vinieron experiencias tremendas, y me hice una vieja llorona…

-¿Te interesaba que se supiera en Cuba?

-¿…que me había vuelto una vieja llorona? ¡Noooo! -Ríe. Y a su lado, ahora, Florita ya ha afinado el piano de Ernán, y al lado de Florita, Natalia y Gaviria y Ernán, que no tiene ninguna prisa.

-En Cuba se sabía todo. Se ponía mi música en todas partes. En aquellos años…

Quiere pensar que en algo hizo bien a los ´90 y principios de los 2000 en Cuba, estando lejos. Le sorprende cómo la gente quiere, “del verbo amar”, más allá de una presencia física… “va a ser que soy medio simpaticón”.

Nació siendo el niño más famoso de su casa, el pequeño de los padres, el intocable, y la fama no le dice nada aunque gusta de los buenos momentos que le ha concedido. Como el de hace unas horas, cuando Paco de Lucía le ha dicho que Vida loca es la canción más grande que ha escuchado jamás, o aquella noche en que conoció en México a Leo Brouwer (“Leo Brouwer es Mozart”).

-Te tengo que explicar por qué quiero conocerte -dicen que dijo Leo.

-Por favor… -“…más bien… Mozart sería el Leo Brouwer de aquel tiempo”.

Estando en España, Brouwer había sentido un destrozo en la planta alta, y subió corriendo porque tenía allí su hija pequeña. Preguntó qué había pasado, por qué tanto escándalo, y la niña, sencillamente: “¡esta vida loca, loca, loca…!”

Sabor a mí es de las primeras canciones que interpretó en la vida, y se ha emborrachado con ella un montón de veces, pero el mundo entero se embriagó con Vida loca. Pancho Céspedes era capaz de cantar con delirio, de tomar completamente un escenario, y de recogerse en una canción como Tú me acostumbraste, esta que va a defender para el piano de Ernán López-Nussa en apenas unos minutos, en un estudio de grabación en La Habana.

-…estoy aquí, pero sin planear muchas cosas. A estas alturas ya no planeo nada…

-¿Grabas en Cuba por primera vez en cuántos años…? -pero Pancho ya no me escucha. Se ha metido dentro de su propio pensamiento y sólo dispara, dispara frases sin percibir nada a su alrededor.

…y sin nostalgia. Al principio, la nostalgia era dolorosa, pero ya no…

…Sus hijos comen picante y arroz con frijoles…

…No es un revolucionario ni un patriota, pero ama su país profundamente…

-Ernán… ¡Coño, si están esperando por mí…!

Del otro lado del cristal, el mayor de los López-Nussa ya se ha sentado al piano, y se derrama, clarísima, la voz ronca de Pancho: “… probando. Aquí Pancho Céspedes, grabando en La Habana, Cuba…”.

De este, Florita sigue en silencio y tiene ahora los ojos bien abiertos, mirando al piso, atenta a cada sonido que sale de los dedos de Ernán. Cuatro veces oímos una versión diferente de Tú me acostumbraste. Recuerdo el piano de Cervantes (“hasta Morricone está metido en ese piano de Ernán”) y las maneras de Bola…

-El Bola…-asiente Pancho, otra vez bailando de puntillas, en la puerta que separa un lado y otro del cristal- Se me ocurrió hacerle un disco, y se me ha encarna´o.

(Tomado de Cuba Contemporánea)

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