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Mi ciudad: imagen y grafiti

De la serie "Ciudades paralelas", "Cruce"
De la serie «Ciudades paralelas», «Cruce»

La identidad, entendida como conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad, está estrechamente relacionada con el enfoque de diferentes formas y matices de la memoria urbana, conformada a su vez por acontecimientos y experiencias de un tiempo pasado, que puede ser reinterpretado a través de diversos significados artísticos, entre ellos los iconográficos.

Tales presupuestos sustentan, en el orden conceptual, la obra del artífice Juan Arel Ruiz Contino (Cárdenas, 1963), quien expone sus recientes trabajos en la sala transitoria del Museo de Arte de Matanzas, bajo el título de Mi ciudad: imagen y grafiti; conjunto de piezas —en su mayoría técnicas mixtas—, que traslucen enjundioso ensayo sobre las huellas de la ciudad en el proceso de afirmación de la identidad como fenómeno propio de la esencia humana.

La muestra trasciende, desde la subjetividad del discurso, por un explícito interés sobre el patrimonio tangible e intangible como rastro que enriquecerá la espiritualidad de las venideras generaciones. De tal modo, el artista da continuidad a su anterior proyecto titulado Ciudades paralelas —exhibido en la sala La Acacia, de la capital hacia finales del año 2008—. Como en aquella, ahora recrea el alma de su entorno existencial; tales ejercicios de memorización, que a fin de cuentas devienen instrumentos retóricos, son portadores de elementos que resaltan el culto al hombre, a su especie.

En ese sentido hurga en la naturaleza de la materia, en la huella contenida en ella a través de la historia, de la vida misma. En la tierra que nos sostiene está todo. Y ese universo —también ancestral— nutre el quehacer plástico de este pintor desde el mismo lugar donde se anclan sus raíces: Cárdenas, su ciudad natal, donde ha trascendido como creador, a pesar de los prejuicios acarreados por indiscutibles fatalismos geográficos.

En la pintura matérica de Juan Arel predomina la tierra, el elemento más cercano a él. Estos cuadros, que conforman un segmento importante de la muestra, aluden a disímiles vestigios del hombre: marcas reales de zapatos y neumáticos, además de grafitis y otras señales que, como profusión de indicios humanos, nos aproximan al signo insular. Simbólicas impresiones en las que la concentración de la materia, portadora de reflexiones iconográficas, potencia la fuerza de lo concreto; es decir las premisas históricas de la vida individual y colectiva.

Además de esas alegóricas representaciones abstracto figurativas, él igualmente incursiona en el realismo pictórico. Aprovechando la elegante naturaleza de los gallos y los caballos —tan próximos a su hábitat— refuerza sus cavilaciones sobre la memoria urbana. La emblemática ave doméstica de Cuba representa en sus lienzos fiereza y gallardía. Al retratarla peleando para defender su honor, evoca la valentía con que hemos enfrentado la vida durante siglos.

Las magistrales pinceladas revelan además un trazo de admirable limpieza que igualmente nos hace disfrutar de otros discursos en los que los protagonistas son los bellos corceles que sorprenden por su elegancia y expresividad. En esa bestia, enérgica, pero al mismo tiempo frágil, tan peligrosa como mansa,el creador realza el lado rebelde y a la vez noble registrado en los anales de la nación.

Estas fascinantes pictografías dan fe de la íntima relación del artista con el lienzo, elucubración que igualmente incluye dibujos infantiles realizados por sus hijas más pequeñas, que expresan universales sentimientos, emociones y deseos de los infantes, cuyo mundo interior —psicología— también se conforma sobre la base de las experiencias y los recuerdos familiares. Juan Arel acomoda su arte a estas estampas en las que también aparecen los grafitis, en tanto hace partícipe al espectador del complejo cosmos interior del niño.

En general, son pinturas contundentemente dirigidas al sentido de la vista. En los fondos y los contornos de ellas sobresalen enérgicos brochazos o trazos espatulados de color que se superponen para conformar —gracias a las posibilidades técnicas del acrílico— áreas entramadas de un solo color, a veces en estado puro, que acentúan los escenarios donde se ubican los elementos protagónicos de las obras. Esa solución narrativa produce sutil enfrentamiento entre el arte realista y el arte abstracto.

Sin embargo, los cuadros de este reconocido artífice no buscan la grandilocuencia, sino nos atrapan, desde el oficio y la calidad del dibujo, para incentivar nuestra capacidad interpretativa y penetrar en enigmas extraídos de una multitud de existencias que entretejen el devenir histórico, cultural y social de la nación. He ahí el sensible ritual humano que evoca Mi ciudad, imagen y grafiti…

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