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Irma: Una mujer de “Armas”

En vísperas del IX Congreso, del que ella fue delegada, Irma recibió la medalla conmemorativa 50 aniversario de la Upec. Foto: UPEC
En vísperas del IX Congreso, del que ella fue delegada, Irma recibió la medalla conmemorativa 50 aniversario de la Upec. Foto: UPEC

Alrededor del año 1975 conocí en Camagüey a Irma Armas. Entonces ella recorría el país como secretaria de divulgación, corresponsales voluntarios y colaboradores de la Unión de Periodistas de Cuba (Upec), cargo que le había sido asignado durante el tercer congreso de esa organización. Yo atendía, en la CTC provincial, la sección de corresponsales obreros.

Desde esos tiempos admiré a Irma, la colega, la amiga, la formidable vecina de los últimos años. De origen campesino, nació en Gibara, Holguín, el 6 de noviembre de 1938. Allí, siendo muy joven, hizo realidad su gran sueño: ser maestra; oficio que no pudo estudiar porque lo impidió su pobreza. A duras penas alcanzó el octavo grado. Con ese nivel y esenciales recursos materiales, pero con mucho amor, abrió una escuela para que los niños de su humilde comunidad aprendieran a leer y a escribir. Entre ellos, su hermana Paquita —periodista de El Caimán Barbudo.

Al triunfo de la Revolución tuvo un mejor colegio, pero tenía que caminar mucho y no pudo mantenerlo: su débil corazón no la acompañaba. Asmática fase cuatro, a los 14 años de edad le detectaron un fallo cardíaco; lo cual no le frenó iniciar su prolífica vida laboral en la dirección de educación en Holguín, donde encabezó la histórica campaña de alfabetización.

Luego fue corresponsal voluntaria del periódico Sierra Maestra, de Santiago de Cuba, y más tarde reportera del diario Ahora, en Holguín, labores en las que se destacó y fue electa por sus iguales como dirigente de la Upec en el norte de la antigua provincia de Oriente.

Pero Irma fue mucho más. No solo por su vehemente consagración durante casi cuatro décadas a la organización que representa a los periodistas cubanos, sino porque también dejó imborrables huellas de lealtad a la Patria, al Socialismo, a Fidel. Valerosa trayectoria en la que se destacan sus acciones como fundadora de las Milicias Nacionales Revolucionarias —fue jefa de un batallón femenino—, de los CDR y de la FMC.

Memorables, asimismo, fueron sus encuentros con los periodistas de nuestro país que —en momentos álgidos por la liberación nacional de Angola— prestaban su colaboración en la radio y la prensa de esa nación africana.

Pero la amarga noticia de su desaparición física no sorprendió. En días interminables y agónicos enfrentó a la muerte. Y finalmente partió el pasado 13 de agosto. La pena exacerbó sentimientos de cariño entre sus amigos, muchos de ellos exalumnos suyos que peinan canas, y entre sus subordinados. La amistad para ella fue un culto. En el gremio, la novedad creó aflicción: se fue la activa dirigente de la Upec, quien en diciembre de 1985 fue elegida como la primera mujer directora de la Editorial Pablo de la Torriente, para garantizar la bibliografía a profesionales y estudiantes de Periodismo.

Callada, enérgica, solidaria y apasionada defensora de la enorme obra social de la Revolución, llevó ese cargo con loables méritos, incluso hasta después de que —hace 13 años— fue operada del corazón en el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular —donde falleció—, centro al que llamaba “mi hospital” porque “me tratan exquisitamente y me mantienen viva”, tal decía.

Según Paquita, “Irma fue sinónimo de resistencia”. Con la misma energía con que instó a enfrentar los duros momentos del bloqueo yanqui a la isla, la impetuosa militante del Partido desafió, una y otra vez, a la parca. Recuerdo las veces que, debido a su insuficiencia coronaria, se desmayaba en los campos de caña o en las marchas como miliciana, periodista, dirigente, o sencillamente como una más del pueblo. Nada ni nadie, lograron persuadirla para que no participara en las actividades en apoyo a la Revolución. Se reponía y seguía adelante. Y es que amó tan intensamente la vida para, en honor a su apellido, ser útil a su Patria, a los suyos.

Hacia finales del pasado siglo, progresivamente, su salud fue quebrándose aún más. En el año 2007, debido a un pólipo estomacal, fue sometida a una complicada operación. Y durante este último año ingresó en tres oportunidades, las dos primeras por problemas respiratorios y la tercera y última por el corazón. El corazón, siempre el corazón, el mismo que repartió por doquier.

Mucho hay que rememorar de la fértil existencia de Irma Armas Fonseca quien, vale reconocerlo, por su honradez y honestidad fue una mujer ejemplar.

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