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Un salto hasta El Brinquito

El Brinquito. Foto: Del autor
El Brinquito. Foto: Del autor

A El Brinquito, un apacible asentamiento rural ubicado a unos 7 kilómetros del centro urbano del municipio de Colombia, en el sur de Las Tunas, lo distingue una pintoresca instalación concebida con el loable propósito de asegurar espacio a la recreación de los trabajadores del sector azucarero.

“El inmueble, identificado ahora con el sugerente nombre de Villa Las Delicias, dispone de 18 cabañas, con posibilidades de alojamiento para 64 personas en cada rotación de tres días; piscina; bar-piscina; restaurante; video-bar y cafetería”, explica René Castañeda Hernández, su administrador.

“En el 2000 abrió sus puertas el centro”, recuerda Reynaldo Castillo González, el económico, y reseña que nació con todas las cabañas climatizadas y dotadas de refrigeradores, televisores y teléfonos. El restaurante contaba con dos consolas, se cocinaba con gas licuado y el video-bar tenía acondicionadores de aire.

Pero, el tiempo pasa…

El transcurso del tiempo, la ausencia de mantenimientos planificados en los últimos años y la falta de reposición de los medios, son causas que marcan el deterioro actual del atractivo enclave, único de su tipo en ese sureño territorio.

“Ahora mismo, dice Reynaldo, las dos consolas del restaurante no funcionan -están rotas hace alrededor de tres años-, el vídeo-bar tampoco porque los acondicionadores de aire tienen desperfectos, solo 11 cabañas están climatizadas y no disponemos de servicios telefónicos de ningún tipo, la comunicación es a través de una planta”.

Tanto Reynaldo como René y Magdalena Cisneros, secretaria general de la sección sindical en funciones, asocian  las causas de la decadencia al anunciado traspaso de estos centros a una empresa aún en ristre,  por lo que no se planifican ni la rehabilitación, ni el cambio de medios, ni todos los recursos necesarios.

“Este verano comenzamos el 9 de julio y no el primero de junio como era tradicional, en esos días no teníamos la certeza de si íbamos a abrir”, refiere Reynaldo.

“Hasta ahora solamente hemos recibido cloro para el tratamiento del agua de la piscina, a diferencia de otros tiempos cuando recibíamos alguicida y sulfato de cobre, dos compuestos imprescindibles para mantener el buen estado higiénico de ese sitio preferido por los vacacionistas”, argumenta Reynaldo.

“También, dice Magdalena, cuando finaliza el verano prácticamente cerramos y se desaprovecha este espacio para la recreación sana, sin tener en cuenta que en Colombia no hay ni piscina, ni hotel. A veces lo convierten en albergue para cortadores de caña u otros trabajadores que no cuidan las cosas, pues se acuestan con la ropa sucia, dañan los medios y hasta cocinan en las habitaciones».

Las consecuencias son tangibles en la ocupación de las capacidades instaladas, “hasta finales de julio hemos tenido rotaciones con solo 13 o 14 personas, de 64 a las que podemos hospedar. Los pasadías son la tabla salvadora para cumplir el plan de recaudación”, reconoce el Económico.

Los directivos de la villa consideran que el Sindicato Azucarero en ese territorio desaprovecha  esta opción; mientras, Julio López Gómez, secretario del Buró Municipal del Sindicato, opina que “las condiciones actuales conspiran contra el interés de los trabajadores, quienes  prefieren los pasadías en un sitio que antes era muy codiciado.”

Al tiempo que Carmen Tamayo Pérez, miembro del Secretariado Provincial, rememora con nostalgia cómo en otros veranos de las oficinas trasladaban temporalmente los equipos de aire para suplir déficits y propiciar el descanso confortable de los trabajadores estimulados.

Es paradójico que cuando se aboga por estrategias encaminadas a garantizar el esparcimiento permanente estas cosas sucedan y declinen programas sustentados en concepciones dignas del mayor elogio.

Para hacer las delicias…

Para hacer las delicias no son suficientes la voluntad y el deseo de trabajar del colectivo anfitrión, que aquí a todas luces prevalece: “En esta oportunidad dimos un colorete”, comenta René y enumera la pintura; la fabricación por iniciativa propia de hornillas de carbón  –hace dos años que no suministran gas licuado- y de una freidora que humanizan el trabajo; reparación menor en la placa de la cocina y en las redes hidráulicas y sanitarias, afectadas por las carencias de herrajes que provocan derroche de agua.

“Solo pedimos que nos den recursos, porque disposición para trabajar todo el año tenemos, y la gente lo va a agradecer muchísimo”, proclama Magdalena.

Y entre los vacacionistas hay aprobación: “La atención es muy buena y la calidad de los alimentos también. Sería bueno que hubiera cerveza y más golosinas para los niños”, sostiene Andrés Ramos Pérez, trabajador ferroviario de la UEB Central Colombia, uno de los pocos huéspedes de ese día.

Él disfruta junto a su familia y comenta: “Esta es la segunda vez que estamos aquí, pero si esto pasa para otra empresa, probablemente no podamos volver.”

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