Nuestros asaltos

Nuestros asaltos

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Silvio Rodríguez narró en una ocasión que a principios de 1968  Haydée Santamaría los convocó a él, a Noel Nicola y a Pablo Milanés  para hacer un disco de homenaje al asalto al cuartel Moncada,  pero —argumentó el destacado compositor e intérprete, no era  fácil cantarle a un suceso del que solo conocían por la prensa. Entonces  la Heroína de aquella gesta los invitó a su hogar y durante  varios días les habló de los hechos históricos de los que había sido  protagonista.

“Ella —destacó el fundador de la Nueva Trova— no nos habló  como el ícono revolucionario que era sino con la confianza de una  amiga. Su sencillez y su franqueza nos enseñó que las epopeyas  las escriben hombres y mujeres de carne y hueso. Comprender  que la historia podía ser protagonizada por personas de aspecto  común fue lo que me hizo ver que todo el mundo tiene –o podría  tener– su Moncada”. Así precisamente tituló su canción.

La anécdota se vincula con la convocatoria hecha por otro moncadista  muy cercano a Fidel, Jesús Montané Oropesa, quien al  prologar el libro de testimonio de uno de sus compañeros de lucha  señaló que escribir es un deber con los que murieron, los que  crecen y los que vendrán, para que el tiempo no convierta a los  caídos en la lucha en simples nombres o biografías esquemáticas,  sino que perduren sus contornos humanos, su carácter, su personalidad,  todo lo que los había convertido en hermanos entrañables  de esa generación revolucionaria. “Y esta, dijo, es la forma para  lograr que los niños y jóvenes que surgen puedan también quererlos  e identificarse profundamente con ellos”.

Su principal mérito fue precisamente que siendo hombres y mujeres  sencillos, en su inmensa mayoría provenientes de las filas  más humildes del pueblo, asumieron la responsabilidad de echar  a andar una Revolución, a costa de sus propias vidas si era necesario.

Esa tremenda decisión no los hizo seres diferentes a los jóvenes  de su tiempo, optimistas, espontáneos, ocurrentes. Lo demostró  Abel, cuando poco antes del asalto sembró en el patio de la Granjita  de Siboney una mata de mangos y le dijo a su hermana: “Dentro  de tres años esta mata tendrá mangos y verás como voy a comerlos”.

Lo demostró Almeida cuando en unas prácticas de tiro empezó  a saltar y gritar de satisfacción diciendo: ¡Soy un bárbaro! y ante  la reprimenda del instructor replicó que era una alegría que tenía  dentro y no podía evitar. Lo demostró Gildo Fleitas, a quien se le  vio arrollando en los carnavales santiagueros horas antes de caer  en combate…

Y cuando años después un estudiante le preguntó a Haydée cuál  fue la impresión más fuerte que tuvo en la víspera del asalto, ella  reveló sentimientos que podían embargar a cualquier otro revolucionario  a punto de hacer realidad la causa que había abrazado:  “Queríamos ver, sentir, mirar todo lo que tal vez nunca más miraríamos,  no sentiríamos ni veríamos (…) todo era más hermoso, todo  era más grande, todo era más bello y todo era más bueno. Nosotros  mismos nos sentíamos mejores, nos sentíamos más buenos”.  Y aún en ese momento crucial, no perdió el sentido del humor:  “Todo lo encontrábamos tan bello, que hasta unos taburetes de  los que dos o tres días antes nos reíamos porque no servían, en  aquellos momentos antes de partir ¡qué hermosos eran!”

Las acciones que se libraron el 26 de Julio fueron trascendentes  no solo por los que cayeron, sino también por los que sobrevivieron  y reanudaron la lucha, y otros que guiados por ese ejemplo se  sumaron a la insurrección hasta conquistar la victoria.

Hoy los desafíos son menos dramáticos, sin embargo resultan  decisivos para hacer irreversible lo alcanzado a partir del gesto  heroico de la juventud del Centenario, que se propuso, como señaló  el Manifiesto del Moncada a la Nación, “honrar con sacrificio  y triunfo, el sueño irrealizado de Martí”.

Cada revolucionario de estos tiempos tiene ante sí una responsabilidad  individual en el empeño de perfeccionar y llevar adelante  una sociedad que encara grandes desafíos externos e internos,  que para vencerlos deben enfrentarse con la misma entrega y fe  en la victoria de los combatientes del 26 de Julio.

A los que hoy hacen la historia les corresponden sus propios  asaltos para derrotar los vicios, malos hábitos y errores, las manifestaciones  de corrupción, desorden, indisciplina y falta de exigencia,  siempre con las armas de la honestidad, la decencia, la  vergüenza, el decoro, la honradez…

Y en la batalla por rescatar esos valores cívicos y morales, como  expresa la canción, todo el mundo tiene su Moncada.

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