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Rescate en Guanabo

Durante la acción de rescate en Guanabo, el 19 de marzo del 2013. Con los prismáticos, el técnico de rescate José Bermúdez y a su lado el mayor Fabián Rodríguez. | foto real tomada durante el rescate, cortesía del destacamento.

Una lluvia incesante, a ratos fuerte, caía en casi toda La Habana el pasado 19 de marzo. Algunos tuvieron que retardar la salida para el trabajo y los más osados andaban enfundados en capas y sombrillas.

Aproximadamente a las nueve de la mañana, el puesto de mando del Destacamento de Rescate y Salvamento en La Habana recibió una llamada de emergencia. La vida de cuatro personas que pescaban en dos embarcaciones rústicas corría peligro.

“Por las pésimas condiciones del tiempo, hacíamos el cambio de guardia en el comedor, bajo techo. Al recibir la información, salimos en la técnica R-15, un auto pesado, de rescate; ahí íbamos el jefe del destacamento, mayor Fabián Rodríguez, el primer teniente Wilmer Yumar Mendoza, segundo jefe de la unidad; el subteniente Yasser Calvo, jefe de subgrupo, y seis técnicos de rescate”, explicó el teniente Mario Enrique Núñez, jefe de grupo.

Rumbo a Guanabo, fueron diseñando la estrategia de actuación y distribuyeron las misiones que realizaría cada uno. Para ello fue muy útil la información que a través de la radio le brindaban los compañeros de la técnica de auto cisterna del Comando 21.

Por ellos sabían que precisaban determinar el lugar más adecuado para entrar al agua, ya que la zona era bastante compleja, abundante en arrecifes, y no se podía utilizar ningún medio naval; era necesario hacerlo a pie y romper la ola de frente.

Uno para todos y todos para uno

La acción de rescate era una más de las tantas que casi todos ellos han realizado en sus años de servicio. Con pasión y amor hablan de aquellas que han quedado en la memoria.

“Existe mucha compenetración con la población, a veces vas por la calle y hay gente que te aborda, rostros que ni siquiera recuerdas, pero que están agradecidos porque una vez los salvaste. Uno se llena de regocijo”, añade Wilmer, quien no puede dejar de mencionar a su gente del reparto Mulgoba.

“Realmente, cuando llegamos al lugar, sentimos un gran alivio, nos dijeron que los dos primeros ya habían salido por sus medios, sin ningún tipo de problema. Solo quedaban los otros en el agua, y en ellos íbamos a centrar toda la técnica y todas las acciones.

“Hubo que modificar completamente la estrategia de trabajo, tuvimos que avanzar unos metros más hacia delante para aprovechar la corriente. Eran exactamente las diez de la mañana.

“El mar estaba feo, con mucha marejada, fuerza entre tres y cuatro. Primero me lancé yo como especie de guía, para mantener una estrecha comunicación entre los que íbamos a estar en el agua y con la máxima jefatura ubicada afuera”, recordó Wilmer.

Los cuatro compañeros decidieron no separarse bajo ninguna circunstancia. “Nos pusimos de acuerdo, era preciso mantenernos unidos, nadar a favor de la corriente y, sobre todo, reafirmamos que la misión principal era mantener a estos dos hombres con vida”, apuntó Dayán José Hernández, joven de 28 años, y primer técnico de rescate.

Desafiar el peligro es casi una constante de los rescatistas. Y pueden en algún momento hasta sentir miedo, pero eso no los detiene. “Nosotros nos encargamos de ir por encima de ello, solamente por el simple hecho de que vamos a darle la satisfacción al familiar de entregarle a su ser querido en perfectas condiciones, eso es algo lindo”, afirmó Wilmer.

Cuando llegaron a su destino encontraron a uno con los primeros síntomas de hipotermia. Yasser tomó la decisión de quitarse el traje isotérmico para ponérselo: “Eso no debe hacerse, solo en última instancia, pero peligraba la vida del compañero, además se había caído de la goma y se había golpeado. Del grupo yo era el que tenía un poquito más de grasa en el cuerpo, y podía aguantar en el agua la baja temperatura”, comentó Yasser.

Tensión dentro y fuera del mar

Constantemente le hacían señas al jefe del destacamento, quien permanecía en la orilla, de que estaban bien, en perfecto estado, y que esperaban la lancha. “Son señas que solo conocen los técnicos de rescate y los buzos”, expuso Mario.

Afuera, el mayor Fabián Rodríguez, jefe del Destacamento, estaba preocupado. “Uno siempre siente tensión porque realmente se está efectuando un rescate en un lugar adverso, en condiciones difíciles, y no solo depende de nosotros, esto es un sistema, en el cual están los guardafronteras, el SIUM; es un equipo de trabajo.

“Es importante conocer las características de cada uno de los compañeros, su preparación, saber la posibilidad que tienen de permanecer en el agua. Ahí se demostró su valor, su entereza. Es una labor que termina cuando ellos vuelven a estar al lado tuyo otra vez”, afirma Rodríguez.

Imprescindible en esos momentos fue el quehacer del técnico de rescate José A. Bermúdez, quien era el vigilante de escena. Prácticamente no se desprendió de los prismáticos, atento a lo que sus colegas hacían en el agua.

“Le decimos Guanabo porque vive allí y es conocedor de la zona, por eso nos aportó mucho a la hora de hacer el análisis de por dónde realizar la entrada al agua”, apunta Mario.

El tiempo comenzó a pasar y con ello la espera por la embarcación que debía recogerlos. El agua estaba fría en extremo, con corriente, y no tenían ningún líquido ni alimento que ingerir. Para colmo, un aguamala, de las llamadas barquito portugués, rozó a Dayán.

“Sentí como un corrientazo y luego mucha picazón, los compañeros me auxiliaron, aplicaron la técnica del masaje, me dieron apoyo psicológico. Estaba confiado, no solo con quienes me rodeaban, sino con los que se encontraban afuera, todo el tiempo pendientes de nosotros”, afirmó Dayán.

Concentrados en la acción los rescatistas buscaron la manera de avanzar, poco a poco, hacia la playita por donde habían salido las otras dos personas. Transcurridas tres horas, apareció la lancha. “La embarcación que nos iba a sacar era la de capitanía radicada en el Puerto de La Habana, pero al salir tuvo problemas, quizás producto de la marejada se encontraban y tuvo que virar.

Fue necesario una nueva gestión y la lancha que nos abordó fue la del Destacamento Habana, en Santa Fe. Como la trayectoria es un poco más lejana y el oleaje estaba tan fuerte, se demoró un poco más de lo debido”, añadió Yasser.

“Cuando la vimos, uno de nosotros se quitó una aleta para hacerle señas y que nos localizara, porque con el oleaje es difícil ubicarnos. De ahí hicimos el abordaje a la embarcación de Guardafronteras, que siempre nos apoyan en este tipo de servicio y son de gran ayuda.

“Estábamos confiados de que iban a entrar a sacarnos, siempre han dicho que mientras exista un técnico de rescate en el agua, ellos van a tratar de salir a buscarlo”, recordó Mario.

Cuando llegaron hasta la capitanía, allí estaban los trabajadores del SIUM, la logística y demás compañeros. “La alegría y el regocijo fueron tremendos: nos abrazaron y felicitaron. Nos esperaron con leche caliente con café; miel, que es algo reconfortante; benadrilina para el compañero que estuvo afectado por el aguamala… Primero fueron atendidos los rescatados y después nosotros.

“En realidad, casi es más difícil quedarse afuera. El tiempo pasa mucho más lento, estás pendiente del equipo de radio para saber la información, dónde están, cómo se mantiene el servicio, el lugar…”, subrayó Dayán.

Y según reconocen, todos son como una gran familia, que festeja cuando ocurren cosas buenas y se preocupa si alguien del grupo tiene problemas. Comparten sus alegrías y tristezas con sus esposas, hijos, madres, abuelas, hermanos… Ellos son el motor impulsor de sus acciones, “personas por quien vivir, que te apoyan, te ayudan, que sin ellas la vida no vale nada”.

De izquierda a derecha, Yasser Calvo, Mario E. Núñez , Dayán Hernández y Wilmer Yumar. Foto: Agustín Borrego.
La valentía y destreza caracterizan a los rescatistas. Foto: Agustín Borrego

 

 

 

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