¿Emulamos todos?

La estimulación material a los trabajadores no debe estar vinculada a la emulación, sino que le corresponde a la empresa

Con cuánto orgullo me decía hace poco un excelente colega, caracterizado por su iniciativa y su dinamismo: “Cuando yo era dirigente sindical no se me quedaba nadie fuera de la emulación”.

Conociendo su centro de trabajo y las funciones de cada cual allí, me pregunté: ¿Habría conseguido esa total participación de forma voluntaria?

Presionar a alguien para que emule es echar por la borda lo que ese acto significa en el fortalecimiento de su conciencia revolucionaria y en la reafirmación de la laboriosidad como uno de los valores que constituyen pilares de nuestra sociedad. Por ello, el principal reconocimiento a los más destacados en la emulación debe ser el moral. Es lo correcto en condiciones en que aspiramos a que la retribución a cada trabajador se corresponda con su aporte.

La estimulación material a los trabajadores no debe estar vinculada a la emulación, sino que le corresponde a la empresa, según el Lineamiento 19 de la política económica y social aprobada por el VI Congreso del Partido.

En determinadas circunstancias anteriores la esencia político-ideológica de la emulación fue desvirtuada al generalizarse la práctica de utilizarla como vía alternativa de distribución de automóviles, efectos electrodomésticos, muebles, etcétera, lo que llegó a constituir la principal motivación para participar en ella.

Esto condujo a que olvidáramos que es un movimiento de masas, más vinculado con la satisfacción espiritual del trabajador que con la solución de sus necesidades materiales, las cuales podremos resolver si aplicamos consecuentemente el principio socialista “de cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo”.

Hace años estuve en una asamblea en la que había discrepancias para seleccionar, entre dos valiosos compañeros, al más destacado en la emulación, luego de haberse informado que todos los trabajadores, sin excepción, eran “cumplidores”.

Durante unos minutos el debate transcurrió con frases como “me parece que mengano hizo un esfuerzo mayor que zutano”, “los resultados de mengano y zutano son casi iguales, pero mengano no ha faltado a ninguna reunión del sindicato” y otras argumentaciones por el estilo.

Al salir del local uno de los participantes comentaba: “Por un momento me sentí como en el estadio cuando el árbitro decide una jugada por apreciación; él cantó quieto en primera base y yo lo vi out”.

Quiero subrayar con este ejemplo la idea de que la emulación solo podrá tomar cuerpo allí donde sea posible medir la cantidad y la calidad de la producción y los servicios a partir de indicadores objetivos, valorados con rigurosidad, no basados en apreciaciones.

Ateniéndonos a ello, si en un puesto laboral o alguna entidad no es posible cuantificar estrictamente los resultados, debemos considerar la conveniencia de dedicar o no esfuerzos para organizar allí la emulación.

Si no existen indicadores objetivamente controlables, ¿qué sentido tiene hablar de emulación?

Las condiciones para emular se dan, sin duda, donde se cuenta con materias primas, maquinaria, financiamiento, etcétera. Por ello, de la misma forma en que a nadie se le debe compulsar para que emule, porque no es una obligación del trabajador, sino una decisión voluntaria, tampoco en lo adelante constituirá norma ni será necesario que todos los colectivos o centros de trabajo tengan planes de emulación.

Al hablar de estos temas con un veterano sindicalista, él me comentaba jocosamente: “Esta discusión me hace remedar el principio de que la materia no se crea ni se destruye, solamente se transforma”.

Puse cara de asombro, queriendo adivinar el sentido de sus palabras, y entonces, en tono muy serio añadió: “Periodista, la emulación existe, pero no la destruiremos, solamente la estamos transformando, como la materia; hemos comenzado a perfeccionarla en función de llevar adelante la actualización del modelo económico de nuestro país”.

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