La trágica ruta del trabajo
Mientras las autoridades políticas y económicas de los 17 Estados suscritos al euro buscan una salida de emergencia a la presente crisis financiera, la acelerada reducción de puestos de trabajo desgarra las alternativas de futuro de alrededor de 16 millones de personas, cifra aterradora en una región caracterizada por el más alto índice de envejecimiento del planeta.
Más allá de las frías estadísticas, la paralización del 10,4 % de la población económicamente activa en la zona euro trasciende los valores numéricos, expresión de la irreversible tragedia multinacional generada por el neoliberalismo, cuyos efectos resultan imparables por las terapias de austeridad con que las autoridades regionales intentan aplacar la tensión de los mercados.
Resultado de la crisis global, el alza del desempleo tiene sus orígenes en las asimetrías históricas entre los usuarios de la moneda única, obviadas por la fiebre mercantil de un modelo económico que supeditó la existencia de más de 300 millones de seres humanos a la voluntad de las bolsas y a una inflación que encareció la vida de los más vulnerables, condenados a incrementar cada año las cifras de la pobreza.
Agudizado por los desiguales niveles de desarrollo, el mercado laboral de los países suscritos al euro muestra su incapacidad para absorber una oferta de mano de obra cada vez más condicionada al interés empresarial por estimular inversiones y mejorar la competitividad de sus exportaciones frente a Estados Unidos y Japón.
Paralelamente, los procesos de privatización lejos de contribuir a engrandecer el patrimonio social han redundado en una reducción de puestos de trabajo, la introducción de tecnologías más eficientes o el empleo de inmigrantes en labores precarias con el fin de abaratar costo y aumentar la rentabilidad, medidas que al mismo tiempo expanden las calamidades del desempleo al resto de la sociedad.
Bajo el influjo del neoliberalismo, la disminución del Estado trajo en naciones con menor desarrollo una sensible restricción de las capacidades de empleo estatal, como ocurre en España, país con una tasa de trabajadores públicos equivalente a casi la mitad de la Unión europea, razón por la cual la desregulación del mercado laboral condena hoy al paro a casi el 23 % de la población económicamente activa.
Considerado un hito del neoliberalismo a inicios del presente siglo, la instauración del euro como moneda única fue motivo de criterios encontrados, que al calor de la crisis, adquieren en la actualidad matices preocupantes para el futuro de la concertación comunitaria, al punto que fervientes defensores de la unidad continental, como el español Javier Solana, no ocultan sus temores ante el auge de las posturas euroescépticas de varios gobiernos conservadores, promotoras —a su juicio— de brotes de “populismo”.
Desde hace varios meses el Gobierno del primer ministro húngaro, Viktor Orban, y la Comisión Europea sostienen una aguda controversia sobre la reforma constitucional del Estado centroeuropeo, considerada “antidemocrática” —según el patrón de Bruselas— porque restringe la dependencia de Budapest al Banco Central Europeo.
Con anterioridad el gobernante magyar había expresado ante el Parlamento Europeo que “prefería financiar la deuda con el mercado que aceptar dinero de los alemanes”, clara evidencia de las contradicciones subyacentes en la aparente unidad, resquebrajada en el plano interno por las políticas locales, ya que algunos de los que exigen austeridad a las naciones más golpeadas por la crisis aplican otros remedios dentro de sus fronteras.
Así las empresas alemanas han reducido hasta un 40 % el tiempo de trabajo, mientras que la canciller Ángela Merkel amenaza al resto de los miembros de la Unión Europea con imponer sanciones a los gobiernos que no reduzcan el déficit público.
Con Grecia a las puertas de la recesión y Portugal abocado a un segundo rescate, la incertidumbre del empleo europeo adquiere connotación de preocupante tragedia, al punto que precavidos funcionarios del FMI llaman a bajar el ritmo de los recortes y a no “violentar los límites de la resistencia” por temor a que se agote la paciencia de los pueblos.
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