¿Cuán ajenos somos al humo del tabaco?
Una de cada cinco personas adultas en el planeta, como promedio, vive con dependencia tabáquica. Si ese patrón continúa, toda una vida de consumo podría resultar en la muerte de 250 millones de los niños y jóvenes vivos hoy, por la exposición indirecta al humo del tabaco o debido a la adquisición del hábito en edades cada vez más tempranas, alerta la Organización Mundial de la Salud (OMS).
La epidemia cobra más de 6 millones de vidas anualmente, la mayoría de fumadores, aunque alrededor de 600 mil no fumadores expuestos al humo ¿ajeno? sucumben por su causa y la cifra pudiera alcanzar los 8 millones hacia el 2030.
Según la OMS, cerca de dos tercios de los decesos prematuros y un tercio de la carga de morbilidad total de los adultos están relacionados con condiciones o comportamientos iniciados en la juventud.
El humo de tabaco contiene más de 4 mil químicos tóxicos y la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC, por sus siglas en inglés) lo ha etiquetado como agente cancerígeno humano conocido, al contener medio centenar de sustancias con esta propiedad, y ha advertido que no existe nivel de exposición a él libre de riesgos.
De hecho, múltiples evidencias científicas muestran que en el humo de segunda mano las concentraciones y la toxicidad de esas sustancias son potencialmente más altas que en el humo absorbido por los fumadores activos o directos.
Respirarlo, incluso durante un breve tiempo, puede ocasionar efectos adversos inmediatos en el sistema cardiovascular e interferir en el normal funcionamiento del corazón, la composición de la sangre y el estado de las arterias, incrementando la posibilidad de isquemias; porque se vuelven pegajosas las plaquetas, se pierde el revestimiento de los vasos sanguíneos, disminuye la velocidad del flujo coronario y se reduce la variabilidad del ritmo cardíaco.
Durante la infancia, la exposición al humo de segunda incrementa la probabilidad de infecciones respiratorias agudas (bronquitis, neumonía), los problemas en los oídos y los ataques de asma al irritar y dañar las vías respiratorias con facilidad.
También puede condicionar el síndrome de muerte súbita en el bebé, pues se ha identificado en casos de madres fumadoras durante el embarazo y en exposiciones después del nacimiento.
Los padres con esta adicción pueden, entonces, desencadenar síntomas respiratorios e interferir en el crecimiento de los pulmones de sus hijos.
Solo en Estados Unidos casi 22 millones de niños de entre 3 y 11 años sufren esta afectación y se sospecha que más del 30 % de los trabajadores que laboran en espacios interiores en el planeta no están protegidos por políticas de Ambientes Libres de Humo.
La OMS sospecha que en las personas expuestas al humo de segunda el riesgo de padecer de cáncer de pulmón e isquemia cardiaca aumenta en un 30 %. Asegura, además, que si ya se presentan estas patologías de base, o cualquier otra condición respiratoria, se deben tomar precauciones para evitar cualquier mínimo contacto.
Millones de seres humanos, adultos, ancianos, niños y jóvenes, viven en contacto con el humo de tabaco de forma involuntaria en sus hogares y sitios de trabajo, a pesar de los esfuerzos y progresos mundiales para el control del tabaquismo, primera causa evitable de enfermedad y muerte en el mundo, cuyos negativos impactos sobre la salud propia y el bienestar vecino y futuro disminuyen, de manera paulatina, en cuanto se abandona el hábito.
Menos del 10 % de la población mundial habita en países que la protegen e intentan reducir la dependencia. Por ello, la OMS insiste en frenar esta pandemia y propone:
Vigilar el consumo de tabaco y las políticas de prevención
Advertir de los peligros del tabaco
Proteger a los ciudadanos de la exposición indirecta
Ofrecer ayuda para poder dejar de consumir
Hacer cumplir las prohibiciones sobre publicidad, promoción y patrocinio
Elevar los impuestos a la comercialización.
Hagamos algo mientras haya tiempo: desde pedir ayuda hasta ofrecer una mano a quien sufre de ansiedad, en lugar de enjuiciarlo o discriminarlo. Siempre le digo a mi padre cuando enciende un cigarrillo que lo amo mucho y que no tengo nada contra él; sí todo contra el tabaquismo. Temo siempre que nos arrebate uno solo de los días que podemos pasar juntos.
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