Los tres amores de Rubén

A tres pasiones se entregó intensamente durante su corta vida el destacado intelectual cubano: la lucha revolucionaria, su esposa Asela y su hija Rusela

“¡ Te quiero tanto! ¡Tanto extraño entre las ‘girls’ desteñidas, a ni criollita!” Así le escribía Rubén Martínez Villena desde la localidad estadounidense de Ocala, Florida, en mayo de 1924, a Asela Jiménez, a quien conoció en  enero de ese año.

Rubén se había involucrado en el Movimiento de Veteranos y Patriotas y antes de partir hacia Estados Unidos para aprender a pilotear un avión con el fin de prepararse para regresar a Cuba a bombardear objetivos militares, quiso complacer a Asela  y la acompañó a la Iglesia para efectuar una boda religiosa, como ella deseaba, aunque legalmente no contrajeron matrimonio hasta 1928.

Aquel amor a primera vista fue musa inspiradora del hermoso poema Hexaedro Rosa, escrito en ese mismo año de 1924, donde el joven poeta volcó toda su pasión:

“Puedes venir desnuda a mi fiesta de amor. Yo te vestiré de caricias. Música la de mis palabras; perfume es de mis versos; corona, mis lagrimas sobre tu cabellera.
¿Que mejor cinturón para tu talle, que cinturón mas tierno, mas fuerte y mas justo que el que te darán mis brazos?... Para tu seno ¿que mejor ceñidor que mis manos amorosas? ¿Que mejor pulsera para tus muñecas que la que formen mis dedos al tomarlas para llevar tus manos a mi boca?...”

La carta a Asela fechada en mayo de 1924, la escribió Rubén desde la prisión adonde lo había conducido la traición del Movimiento de Veteranos y Patriotas, cuyos dirigentes habían negociado con la presidencia de la República contra la cual supuestamente iban a combatir.

En la misiva el joven no pudo dejar de volcar la profunda decepción que lo embargaba ante la frustración de aquel proyecto insurreccional en el que había volcado todas sus energías.  Pero a medida que escribía, se impuso el hombre enamorado que no quería hacer sufrir a su compañera:

“¡Mía de mi corazón! : no te entristezcas con estos pequeños y únicos desahogos y quejas (…) Acaso debía callar para ti, como para todos, pero tú, si lo supieras, seguramente me lo censuraras con razón.

“¡Cuánto deseo saber de ti, conocer tus pensamientos más íntimos minuciosamente descritos, como hago yo con los míos! ¿Piensas mucho en mi? ¿No te has arrepentido un momento de haberme amado? Perdóname estas preguntas, y no te disgustes por ellas.”

Ya en libertad aunque sin poder retornar todavía a la patria, le contó de su trabajo de operario en una cervecería y se esfuerzó por trasladarle optimismo. Le confesó a la amada el placer que experimentaba al recibir sus cartas:  “Vienen tan llenas de amor, de recuerdos, de delicadezas y arrebatos que en los momentos de su lectura me siento casi tan feliz como si estuviera a tu lado.”

Y respondió a las tristeza que manifiestó Asela con un mensaje de confianza en el porvenir: “Sufrimos, es cierto. Pero el sufrimiento es la forma más intensa de vivir la vida. En la adversidad, en la desgracia, es donde se templa de verdad el alma y donde nacen y se desarrollan los sentimientos y las energías humanas. Yo me siento ahora más amante, más bueno, más digno de la felicidad, que antes de sufrir estas pruebas por las que pasamos ambos. ¿No apreciaré ahora mejor que antes lo que vale tu cariño, lo que vale una mirada, lo que vale un beso tuyo?”

 Cuando ambos pudieron reunirse nuevamente, su amor estaría destinado a soportar grandes pruebas y los sobresaltos derivados de los riesgos y los rigores de la lucha.

Cuando la vida del compañero y amigo Julio Antonio Mella se puso en peligro por su prolongada huelga de hambre a que se sometió en protesta por el injusto encarcelamiento al que lo sometió el tirano Gerardo Machado, Rubén no pudo disimular su preocupación: “Testigo fui de todo aquello –narró Asela- porque por las noches no me visitaba un novio galante, sino un hombre angustiado.”

Ella, que compartió su vida e ideales estuvo a su lado en la lucha que se libraba en Cuba mientras las circunstancias lo permitieron.  

Cuando después de la formidable huelga de marzo de 1930 Rubén, amenazado de muerte,  se vio obligado a abandonar el país y viajar primero a Estados Unidos y después a la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Asela fue a su encuentro.

Primero lo fue a ver a Nueva York, durante mayo y junio de ese mismo año, y después, en 1931 viajó hasta Moscú, donde Rubén sufrió un serio agravamiento de la enfermedad pulmonar que lo aquejaba al punto que pensó que iba a morir.

Allí en tierra soviética fue concebido el tercer amor de Rubén, la hija que sumaría en su nombre los dos nombres de los enamorados: Rusela.

Ante una nueva separación, ella en Cuba, él en el aquella inmensa nación lejana, las cartas del futuro padre revelaron su preocupación por el embarazo y después su angustia de no tener noticias del alumbramiento, sumada a la preocupación de que “acaso nunca llegue a conocer a esa amada pequeñita ruso-cubana”.

Pero pronto echó a un lado el pesimismo: “Una crisálida humana, concreción de esperanzas, ha surgido allá lejos –escribió a Asela- A tu lado hay ya una nueva vida: nuestro deber es templarla para que a través de la verdad terrible alcance la rosa de la felicidad que para nosotros fue inasequible.”

El regreso a Cuba en 1933 fue para entregarse por completo a sus tres amores: la lucha revolucionaria, su esposa y su hija, nacida en Cuba el 23 de julio de 1932.

A Rubén le alcanzaron las fuerzas para protagonizar la huelga general que daría al traste con la dictadura de Machado, encabezar el recibimiento de las cenizas de su inolvidable compañero Julio Antonio Mella, y organizar el IV Congreso de Unidad Sindical, pero la enfermedad ya había decidido la suerte del joven intelectual comunista.

En la recta final estaría como siempre Asela, y también la pequeña Rusela  sobre la cual el padre enfermo y postrado le comentó a la madre, poco antes del desenlace fatal, en un tono medio en  broma, medio triste:  “¿Qué podrá pensar esta señorita de un caballero que, cuando ella entra,  no se pone de pie para saludarla?”  

Solo la muerte, a la temprana edad de 34 años, pudo apartarlo de sus tres amores.

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