USA, añoranzas por el Sha de Irán
El 4 de junio del 2009, seis meses después de haber asumido la presidencia de Estados Unidos Barack Obama pronunció en la Universidad Islámica de Al-Azar, en el Cairo, un discurso plagado de citas del Corán, en el cual prometió buscar un nuevo comienzo para su país y los musulmanes alrededor del mundo.
Aunque no excluyó las críticas a la revolución islámica y a sus líderes, dijo que su gobierno estaba dispuesto a dejar atrás esas diferencias y desconfianzas y “seguir adelante sin precondiciones, basados en un respeto mutuo”.
Los tres primeros años de su Administración han confirmado la falsedad de esa promesa y exacerbado las relaciones con el República Islámica de Irán, al extremo de conducirlas al borde de una guerra de consecuencias impredecibles para la humanidad.
La espiral de sanciones económicas, financieras y políticas, la campaña mediática de difamación, la probabilidad de una acción militar contra la nación persa y el reforzamiento de la alianza con Israel, son rasgos distintivos de la proyección de Obama hacia el Oriente Medio y el Golfo Pérsico, caracterizada por su involucramiento en la guerra de Irak, la continuidad de la de Afganistán, el derrocamiento del gobierno de Libia que implicó el asesinato del coronel Muammar El Gaddafi, y su apoyo a la subversión en Siria para derrocar a su presidente Hafez El Assad.
El cambio interno y externo que aseguró en la conducción de su política, en comparación a la de su predecesor, George W. Bush, fueron palabras que el viento pronto se llevó.
Pero la hostilidad belicista de Washington hacía Teherán no se inició con el mandato presidencial de Obama, ni con su oposición al desarrollo del programa iraní para el uso de la energía nuclear con fines pacíficos, satanizado en contubernio con Israel y la Unión Europea. No sin fundamento el gobierno de Teherán ha acusado a Tel Aviv de tener responsabilidad en el injustificable asesinato de prominentes científicos nucleares iraníes.
Las verdaderas razones son de carácter geopolítico y estratégico para la presencia militar yanqui en la región y están directamente vinculadas al control de un recurso energético de vital importancia para la economía norteamericana: el petróleo.
El triunfo popular de la Revolución Islámica, liderada por el Ayatollah Roullah Ali Khomeini, el 11 de febrero de 1979, que derrocó a la corrupta tiranía proimperialista del Sha de Irán, Muhammad Reza Pahlevhi, significó un rudo golpe a los planes de la superpotencia imperialista en esa parte del mundo.
El dictador persa, educado en Europa, fue durante muchos años un dócil servidor del gobierno de EE. UU. y un valioso suministrador de los recursos energéticos de la nación a las poderosas empresas transnacionales británicas y estadounidenses, razones por la que los ciudadanos iraníes se veían sometidos a un régimen de extrema crueldad, que los sumió en la pobreza.
Mientras que la población sufría las mayores carencias para su subsistencia, la dinastía Pahlevi y sus funcionarios, disfrutaban de una vida disipada, lujosa y de fastuosas fiestas a un costo de millones de dólares sustraídos al erario público y de las fabulosas ganancias obtenidas con la venta del petróleo.
Fueron EE. UU. y la Agencia Central de Inteligencia (CIA) quienes llevaron ese régimen dictatorial al poder, tras desempeñar en 1953 el principal papel en el derrocamiento del gobierno nacionalista del primer ministro Mohamed Mossadegh, quien intentó nacionalizar el petróleo y expropiar a las posesiones de la Anglo Iranían Oil Co, que ejercía el monopolio del valioso combustible.
Washington sustituyó la pérdida de su fiel aliado persa con la alianza con Israel, nuevo gendarme para la consecución de un proyecto hegemónico y expansionista común.
La revolución y la constitución de la República Islámica de Irán pusieron fin a la dependencia e injerencia extranjera en los asuntos internos de la nación, razón por la que se ve acosada y amenazada con el despliegue de potentes naves de guerra norteamericanas en el Golfo Pérsico y cercanas al estratégico Estrecho de Ormuz, vía por donde transita el 40 % del petróleo mundial.
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