Graziella Pogolotti: "Nunca he creído tener talento para la ficción"
Nació en París, pero es de La Habana, ciudad a la que se ha referido en más de un ensayo. Hoy es una mujer octogenaria, pero a la capital de la Isla llegó con siete años. De inmediato germinó el amor de la pequeña por la urbe “acogedora y múltiple”.
Un día, cuando Graziella Pogolotti se dirigió, de pronto, directamente a un cuadro que su padre estaba pintando, imprimió su manita sobre el óleo fresco y ¡paf!, en ese momento él comprendió que la vocación de su hija era la de crítico de arte.
La reconocida estudiosa de la cultura cubana, profesora, presidenta de la Fundación Alejo Carpentier… nos cuenta, en exclusiva, como una buena parte de su vida la ha dedicado al ejercicio del periodismo.
En su libro El ojo de Alejo usted afirma: “en 1957, cuando me iniciaba en el periodismo cultural, escribí una breve reseña sobre El acoso de Alejo Carpentier. Intervenía, sin saberlo, como me ha ocurrido con frecuencia, en el debate abierto en torno a esa novela”. ¿Qué importancia han tenido para usted sus incursiones en el periodismo cultural?
“La época en la cual ejercí más el periodismo cultural fue en los años cincuenta. Esta práctica profesional lo entrena a uno para tener una respuesta rápida a la inmediatez, como ocurre generalmente con el periodismo, y por lo tanto contribuir a configurar el reloj de la vida cultural del país. En ese sentido, permite establecer jerarquías y focos de interés.
“Por una parte, yo practiqué el periodismo cultural colaborando en la crítica de cine y, sobre todo, de teatro en aquellos años. Tenía que asistir al estreno y después, rápidamente, adoptar una perspectiva crítica al respecto. También hice un suplemento dominical que tenía el periódico El Mundo, donde se publicaban trabajos por encargo. Recuerdo que hice una secuencia de entrevistas sobre hábitos de lectura a personas y profesionales vinculados directamente con el mundo de la cultura.
“El periodismo cultural es importante como entrenamiento y compromiso con el establecimiento de jerarquías. Creo que esto es fundamental desde el punto de vista histórico, porque en el futuro los investigadores que quieran conocer cómo ha sido el panorama cultural, en primer lugar tienen que acudir a fuentes como la prensa.
“En la actualidad, quedan muchos vacíos en acontecimientos importantes y eso es algo que me preocupa. Me pregunto: mañana, dentro de veinte, treinta o cuarenta años, cuando quieran estudiar lo que sucedió aquí en el ámbito de la cultura, ¿dónde lo van a encontrar?”
Usted ha resaltado la profunda unidad y coherencia de la obra de Carpentier. ¿Podría comentarme la naturaleza de las relaciones entre la narrativa y el periodismo cultivado por el autor de El siglo de las luces?
“Alejo hizo mucho periodismo cultural, hizo también crónicas que lo desbordaban. Ese ejercicio del periodismo fue un primer acercamiento y registro de muchas cosas, que después él trabajaría de otra manera en la narrativa.
“Por ejemplo, La consagración de la primavera recrea el ambiente cultural de París de los años treinta, la experiencia en esa ciudad de los personajes Enrique y Vera. Si analizas el periodismo de esa misma época, verás que esas fueron, de algún modo, experiencias compartidas por Carpentier. Los dos personajes que llevan el hilo de esta novela se conocen en un espectáculo de danza de La Argentinita y esa es, precisamente, una de las primeras crónicas que escribe Alejo a poco de haber llegado a París.
“Una de las mejores series de crónicas de Carpentier son las que el hizo en el momento de la Guerra Civil Española. Ahí hay una elaboración previa de un material que después él va a retomar en La consagración de la primavera.
“Los pasos perdidos también tienen un antecedente en los trabajos periodísticos que Carpentier hizo con motivo de su viaje a la Gran Sabana.
“No quiere decir que hayan traslados mecánicos del periodismo a la narrativa, son géneros diferentes y, por lo tanto, concepciones distintas; pero sin dudas el periodismo constituyó, en estos casos, la primera elaboración de un material que después sería reelaborado en algunas de sus novelas”.
Su padre, Marcelo Pogolotti, además de pintar, dedicó parte de su vida a escribir. ¿Cómo influyó él en su desempeño como escritora y crítica de arte?
“Hay una influencia directa en cuanto a un proceso de formación general, que incluye el vínculo con determinadas zonas del mundo cultural y tiene que ver también con el incentivo indirecto hacia determinadas lecturas. Él nunca me recomendó que leyera nada, los libros estaban en mi entorno y yo escuchaba las conversaciones.
"Creo además que, cuando se habla de formación, no solo tiene que ver con un aprendizaje intelectual, sino también con la consolidación de determinados valores éticos”.
¿Qué papel le otorga usted a la crítica y al ensayo como géneros del periodismo cultural?
“Nunca he creído tener talento para la ficción. Como todo el mundo alguna vez intenté hacer algo, pero lo descarté muy rápidamente. El vínculo inicial con la crítica, o más bien con la reseña, tiene que ver con la necesidad de comunicar una impresión, una experiencia.
“Lo primero que escribí no respondía ni a una intención de publicar, lo hacía a partir de un determinado impacto y esto, poco a poco, me llevo de una manera natural a publicar y a sistematizar este tipo de trabajo”.
¿Cómo valora la participación de las revistas culturales en la defensa de la cultura nacional?
“En los años cincuenta publiqué en la prensa plana, básicamente en el periódico El mundo. Después, durante un brevísimo período, lo hice en Bohemia —que también es una publicación masiva con un sentido de divulgación. La UNEAC estableció un acuerdo con esta revista para publicar entre sus páginas una especie de suplemento, el cual se diferenciaba por algunas características tipográficas que el lector podía identificar visualmente. En este proyecto participamos muchos de nosotros, porque considerábamos que una publicación masiva era muy importante para popularización de la creación artística y literaria.
“Ciertamente, a partir del año 1959 mi vinculación principal fue a través de las revistas culturales por distintas razones. En primer lugar, porque en algunos casos yo conformaba los consejos de redacción de esas revistas y tenía un compromiso directo con ellas. En segundo lugar, porque estas publicaciones culturales ofrecen una posibilidad de espacio mucho mayor que la prensa plana, que siempre tiene grandes limitaciones en este sentido.
¿Cómo definiría el periodismo cultural?
“Lo que define el periodismo cultural es su objeto de estudio. Es una práctica que se puede ejercer a través de todas las formas de periodismo que existen, eso incluye la crítica, la reseña, no solamente la de una exposición, la publicación de un libro o un concierto, sino también la de un acto.
“La reseña informativa, la entrevista, el reportaje, la crónica… Creo que todos los géneros periodísticos pueden ponerse en función del periodismo cultural, según el destinatario, según el carácter de la publicación y también según la importancia del acontecimiento".
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