La tortuosa batalla por la justicia
En la caricatura publicada en la primera plana del periódico Noticias de Hoy, de enero de 1948, el jefe del ejército, Genovevo Pérez Dámera, le dice, con una amistosa palmada en el hombro al asesino de Jesús Menéndez, capitán Joaquín Casillas Lumpuy, que se siente orgulloso de él.
La imagen era el reflejo de la realidad. Pérez Dámera no solo respaldó el crimen sino declaró desvergonzadamente que mataría cada vez que lo considerara oportuno. Por eso el Partido Comunista tras denunciar al imperialismo, al gobierno cubano y a los magnates azucareros como principales responsables del hecho, acusó formalmente a esos dos siniestros personajes; sin embargo, la justicia burguesa solo instruyó causa criminal a Casillas.
El Partido designó al prestigioso intelectual Carlos Rafael Rodríguez, miembro de su Comité Nacional, para que en nombre de la organización y de la familia de Menéndez, actuara como acusador privado, mientras que el también comunista y poeta, Manuel Navarro Luna lo secundó como procurador público.
La tortuosa batalla librada para condenar al asesino es un ejemplo de cómo la injusticia es un arma recurrente de los poderosos.
Coacción, amenazas, mentiras, testigos fabricados, maniobras de militares y compra de leguleyos, denunciadas sistemáticamente en el periódico Noticias de Hoy, prolongaron el proceso nada menos que ¡cuatro años!, hasta que después del cuartelazo del 10 de marzo de 1952, que aupó a la silla presidencial a Fulgencio Batista, este decidió poner fin a tan turbia historia.
Lo llevó a cabo a la manera de los tiranos a quienes conviene tener de su parte a personajes como Casillas: hizo suspender el juicio, después ordenó mediante decreto la entrega de la causa a jefes militares, posteriormente amnistió al criminal y por último le otorgó el ascenso al grado inmediato superior.
Casillas era coronel y se encontraba en Santa Clara cuando se produjo el derrumbe de la dictadura, el primero de enero de 1959. Intentó escapar de la justicia revolucionaria pero no pudo pasar de las inmediaciones del central Washington, donde varios trabajadores azucareros lo identificaron e informaron al Ejército Rebelde, que lo hizo prisionero.
Cuando era conducido ante los jueces en un camión, se abalanzó sobre un soldado rebelde para arrebatarle el arma, y entabló con él un violento forcejeo que le costó la vida.
Lo que no podía entender aquel esbirro fue lo expresado por Guillén en su Elegía a Menéndez: ¿Quién vio caer a Jesús? Nadie lo viera, ni aun su asesino, Quedó en pie, rodeado de cañas insurrectas.
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