Ellas, entre el amor y el maltrato

En un mundo signado por  las inequidades, las desigualdades  y las discriminaciones  de todo tipo (…), la violencia  resulta un eje transversal de  las relaciones sociales

Aunque durante el noviazgo  de ocho meses, manifestó un  poco sus celos irracionales,  Alicia creyó que podía cambiar  las cosas. Tenía apenas  15 años de edad cuando no  avizoró las señales: nada de  realizar mandados, acompañar  a su madre o hermana a  algún sitio, ni limpiar el portal  de la casa. Sin él no podía  asomarse a la calle. Poco después  le impidió continuar sus  estudios y para asegurarse le  rompió el expediente escolar.  Pero ella aceptó el matrimonio  tras el sueño de llegar  virgen al altar.  

Le esperaba un año  amargo. Encierro, discusiones,  gritos, golpes, imposiciones,  sufrimiento, desesperación,  miedo, aburrimiento.  “Mi madre iba a verme y lloraba.  No comprendía cómo  aguantaba estar entre las  paredes de una casa. Le decía  que estaba así porque quería,  pero en realidad tenía miedo  de que intercediera y saliera  lesionada”.  

Una cuestión de poder  

“En un mundo signado por  las inequidades, las desigualdades  y las discriminaciones  de todo tipo (…), la violencia  resulta un eje transversal de  las relaciones sociales, utilizada  como un vehículo para  la obtención y el mantenimiento  de un poder que convierte  en sujetos dominantes  a unos pocos y subordina a la  gran mayoría”, afirma Julio  González en su libro Macho,  Varón, Masculino. Estudios  de masculinidades en Cuba.  

Entre las expresiones de  la violencia, la más cotidiana  en las sociedades es la que  afecta a las féminas, según  apuntan los estudios. La Declaración  sobre la Eliminación  de la Violencia contra la  Mujer de la Organización de  Naciones Unidas, aprobada  en 1993, la define como todo  acto de violencia de género  que tenga o pueda tener  como resultado, un daño o  sufrimiento físico, sexual o  psicológico para la mujer, incluidas  las amenazas de tales  actos, la coacción o la privación  arbitraria de la libertad,  tanto si se produce en la vida  pública como en la privada.  

La violencia contra las  mujeres tiene mucho que ver  con la cultura patriarcal en  la cual vivimos. En ella los  hombres han ocupado los  espacios preponderantes, en  cambio las féminas han tenido  una situación de sumisión  y subvaloración. Ser mujer  puede ser la única razón para  resultar víctima del fenómeno.  No es ni la pertenencia a  cierta clase social, ni el ser  profesional o no, opina Karelín  López, decana de la  Facultad de Psicología de la  Universidad de La Habana  (UH) y colaboradora de la  Cátedra de la Mujer de la institución.  De esta manera, los  valores y estereotipos aprendidos  son determinantes.  

Lo más difícil para enfrentar  la violencia es su  invisibilidad. Las féminas  suelen justificarla, sentirse  culpables, ocultarla y, en los  peores casos, no la reconocen  en sus múltiples expresiones:  psicológica, verbal, económica,  patrimonial (contra los  bienes) y física; no obstante,  pueden sufrirla por años y  hasta durante toda una vida.  

A puertas cerradas  

Los resultados más importantes  de las investigaciones  realizadas en el área de salud  en el país evidencian la presencia  de violencia intrafamiliar  en la comunidad y su  incidencia en el espacio doméstico,  principal escenario  de las lesiones que reciben las  mujeres en primer lugar de  su pareja, según la socióloga  Clotilde Proveyer en su trabajo  Los estudios de la violencia  contra la mujer en las  relaciones de pareja en Cuba:  una reflexión crítica.  

Entre las causas se encuentran  los celos, el alcoholismo,  los problemas económicos  graves, las frustraciones,  el bajo nivel cultural, el machismo.  En consecuencia, las  mujeres sufren afectaciones  físicas, emocionales e intelectuales,  predominando la  agresión verbal, la sobrecarga  doméstica y en tercer lugar  el maltrato físico.  

No obstante, los resultados  de una veintena de trabajos  en el período 1994-1999,  del Centro de Estudios de la  FMC, reportó que las víctimas  denuncian al esposo o  buscan ayuda institucional  en cifras insignificantes.  

“Las mujeres con lesiones  por golpes de su pareja generalmente  no acuden al consultorio.  Van a mi casa o me  lo dicen cuando me ven en la  calle —declara Yara Garzón,  médico de la familia en el Cerro,  La Habana, hace más de  20 años.  

“Tengo una paciente a la  cual el esposo le ha roto la cabeza  y le ha provocado fracturas,  pero lo perdona siempre.  Dice que él se arrepiente,  es el padre de su hija y que  está tratando su alcoholismo.  Llevan casi 10 años juntos”.  

La doctora Dunia Ferrer,  de la Universidad Central  de Las Villas, demostró  que estos comportamientos  abundan además en parejas  de profesionales, en las cuales  encontró altos índices de  agresividad en el estudio que  realizó durante 2005-2008.  La diferencia estribó en la  sutileza pues predominó la  violencia psicológica.  

La ley ampara y la casa ayuda
 

Nuestro Código Penal en los  delitos contra la vida y la integridad  corporal, y contra  el normal desarrollo de las  relaciones sexuales, la familia,  la infancia y la juventud  recoge como agravante el ser  cónyuge y el parentesco entre  el victimario y la víctima  hasta el cuarto grado de  consanguinidad o segundo de  afinidad.  

“Ante una acusación por  maltrato físico, las autoridades  redactan un acta de  advertencia al agresor o lo  detienen, depende de la magnitud  del delito —explica la  abogada Elsa Figueroa, con  más de 25 años de experiencia  en un bufete colectivo  de la capital. Por amenazas  puede aplicársele una medida  predelictiva que conlleva  internamiento hasta un período  de cuatro años. Si se le  diagnostica una enfermedad  como causante de su actitud,  de todas maneras es sancionado  o va a un proceso de rehabilitación.  

“Aquí representamos a la  víctima cuando pide el divorcio,  pero generalmente no declaran  el maltrato como causa.  El agresor, por su parte, al  solicitar el servicio de defensa,  alega que la mujer es culpable  de su reacción porque  se va de la casa, abandona a  los hijos o los atiende mal, y  argumentos por el estilo”.  

La institución por excelencia  para orientar y ayudar  a las víctimas de violencia es  la Casa de Orientación a la  Mujer y la Familia, que existe  en todos los municipios del  país.  

Myrtha López, Licenciada  en Psicología y coordinadora  desde hace ocho años de  la casa de Plaza de la Revolución,  La Habana, afirma que  lo que más reciben son casos  de violencia psicológica.  

“Se acercan mayoritariamente  adultas mayores, pero  también vienen hombres.  Ellas casi siempre llegan porque  están deprimidas, se sienten  mal y no saben cómo salir  adelante. Luego descubrimos  que es un caso de violencia  intrafamiliar. Aunque ya se  visualiza más el fenómeno, la  mayoría pide ayuda preocupadas  por otro miembro de la  familia sin percatarse de su  propia afectación”.

Para atenderlas en la institución  cuentan con un equipo  multidisciplinario, integrado  por una psiquiatra de  grupo, otra infantojuvenil,  una psicóloga, un jurista y  dos trabajadoras sociales. En  casos necesarios trabajan con  oficiales de menores, abogados,  personal de educación, la  Policía Nacional Revolucionaria  (PNR), especialistas de salud,  según hizo saber Myrtha.  

A su lado, a pesar de todo  

La dependencia económica  y emocional fueron causas  que explicaron por qué las  mujeres permanecen junto a  parejas violentas —explica  la decana de la Facultad de  Psicología de la UH. “La baja  autoestima es una consecuencia  de este tipo de relación  y a su vez un mecanismo  del hombre para mantenerla  a su lado.  

“Luego de una pelea,  busca reconciliarse de cualquier  manera. Él mismo cree,  a veces, que no va a volver a  ocurrir, pide perdón, simula  ceder el poder, hace sentir a  la mujer importante. Ellas,  en la mayoría de los casos,  están enamoradas o tienen  una dependencia y vuelven.  

“Por eso se habla del fenómeno  como el ciclo de la  violencia. Es repetitivo y  cada vez más peligroso. Lo  que empezó con una agresión  verbal o psicológica puede  terminar en la muerte”.  

Las conquistas  

La violencia en Cuba no es  tan significativa como en  otras naciones latinoamericanas;  pero cada día hay más  conciencia de que existe.  

En 1997, tres años después  de que la Organización de Estados  Americanos aprobara  la Convención Interamericana  para Prevenir, Sancionar  y Erradicar la Violencia contra  la Mujer, nació el Grupo  Nacional para la Prevención  y Atención a la Violencia Intrafamiliar,  coordinado por  la FMC, como muestra de su  preocupación y responsabilidad  por el bienestar de las  cubanas. Pero lo cierto es  que nuestra realidad muestra  una contradicción entre  su protagonismo en todos los  ámbitos y la existencia de  valores y relaciones sociales  que conspiran en contra de  su pleno desarrollo.  

En este sentido, las conquistas  de las mujeres en el  país, como bien señaló la socióloga  Clotilde Proveyer, se  evidencian en sus éxitos en  la vida social, la participación  creciente del hombre y  otros miembros de la familia  en las actividades domésticas  y el aumento de los divorcios  como muestra de la tendencia  de ellas a liberarse de relaciones  conyugales que dejaron  de tener sentido.  

Así sucedió al menos con  Alicia, la muchacha con la  que comenzamos esta historia.  A ella se le ocurrió  acudir a la antítesis de la  seducción. No se arreglaba  para agradarle a su esposo y  trataba de parecerle aburrida.  Entonces le planteó el divorcio  cuando estuvo segura  de que le había dejado de importar  y lo consiguió. Volvió  al fin a la vida. Poco a poco  ganó confianza. Se graduó  de técnico de nivel medio en  computación. Ahora imparte  clases en una escuela y disfruta  de una relación estable  a sus 25 años de edad. Una  década atrás, ¿quién lo hubiera  soñado? 

Tomado de la Edición Impresa, página 5

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