María Lara

La Abuela rebelde

Casi septuagenaria, Maria Lara fue una arriesgada y a la vez ocurrente combatiente clandestina.

Una anciana gruesa, de pelo blanco como la espuma y espejuelos, acompaña en la foto a Raúl Castro en el II Frente Oriental Frank País. Cuba estaba en plena lucha insurreccional contra la tiranía de Fulgencio Batista, aquel era ya territorio liberado pero para llegar hasta ese lugar ella había tenido que sortear numerosos peligros.

La Abuela como la llamaban todos, no era una viejita inofensiva e inocente que se hubiese presentado allí para interesarse por algún nieto, sino una arriesgada y a la vez ocurrente combatiente clandestina que tenía por nietos a todos aquellos jóvenes revolucionarios que como ella combatían contra la dictadura y por el triunfo de una Revolución que llevara justicia a la patria.

Tuve el privilegio de conversar largamente con María Lara Fonseca, tal era su nombre, de conocer su infancia bajo la dominación colonial española, sus amargas experiencias de la cruel reconcentración de Valeriano Weyler, su escapada al monte a espaldas de su hermano mayor para unirse al Ejército Libertador y su ayuda a los heridos, a pesar de su corta edad.

Me contó de su apasionado enamoramiento adolescente del que fue su esposo, Rafael Riera,  y cómo este la llevó a integrar las filas del Partido Socialista de Manzanillo; las persecuciones padecidas y las penurias que sufrieron a causa de su militancia; la relación de él con Mella y las muchas veces que el hogar de la pareja se convirtió en refugio de revolucionarios y en escondite de propaganda contra los regímenes de turno.

No puedo olvidar cómo se le aguaron los ojos al recordar aquel diálogo con Rafael, un día en la hija mayor de ambos se quejaba por no tener un vestido ni unos zapatos bonitos para salir cuando la iban a buscar las amiguitas:

-Mira como está tu hija, le comentó con tristeza María.

Y el padre, acariciándole el pelo le dijo:

-Pobrecita mi burguesita.

Después abrazó y besó a la esposa y le aseguró:

-Ten calma, dentro de poco, no creas, llegará la nuestra.

-¿Y de qué manera? —se impacientó María—Si con lo que hacemos no podemos tumbar a estos…

Pero él la interrumpió con una convicción que sostendría hasta el final de sus días:

-Vendrá una revolución social y acabará con todo esto. Yo no lo voy a ver porque estoy malo, pero tú nunca me olvides y nunca olvides el ideal.

Poco después Rafael falleció pero no pasaría mucho tiempo para que María comprobara que su fe en el porvenir estaba justificada.Así lo aseguró en nuestro diálogo cuando me comentó:

"Años después, cuando lo de Fidel  recordé sus palabras y me dije: Ahora sí llegó la nuestra".

No importó que al producirse el ataque al cuartel Moncada María contara ya 65 años y que al organizarse el Movimiento 26 de Julio e intensificarse la lucha en la Sierra Maestra y en el Llano fuese casi septuagenaria. Allí estaba ella, como un combatiente más, sin reparar en riesgos, dispuesta a cumplir cualquier misión.

Como si me fuese a confesar un secreto, bajó la voz para contarme:

“Me hicieron creer que eso de pasar por dondequiera cargada de dinamita, de balas, de lo que fuera, se debía a mis canas, y yo me llegué a creer que era verdad. Normalmente me ponía una pañoletita, pero cuando amenazaba un registro me la quitaba, acomodaba mis canas y me sonreía con los soldados. Ni susto ni nada, los miraba sonriente y disimulaba.

“¡Qué viejita tan simpática! —decían

“Y yo, que iba cargada de balas pensaba:

“¿Simpática? ¡Que no te coja lo que la viejita lleva aquí!”

Y la anécdota terminó en una contagiosa risa reveladora de las energías que aún conservaba María a sus ya 84 años.   

Nuestro diálogo pasó revista a muchos episodios de la lucha y a compañeros, en su mayoría jóvenes, con los que compartió ideas y riesgos. A veces su voz tomaba un tono de picardía al recordar las estratagemas usadas para burlar la vigilancia policial y a ratos se sentía triste, por el recuerdo de los caídos, como Frank País, con quien colaboró estrechamente.

Y María tuvo la dicha de contemplar la victoria: ¡Como recordó entonces al esposo!  Y fiel a lo prometido , siguió sirviendo al ideal que ambos abrazaron desde la adolescencia; se convirtió en orgullosa militante del Partido Comunista de Cuba y fundadora de la Federación de Mujeres Cubanas. Su vejez no le impidió seguir colaborando en todo lo que estuviera a su alcance: ofrecerles charlas revolucionarias a los niños, atender a las madres de los mártires… “Yo soy el quitapesares de ellas” me dijo.

Me mostró la foto de un momento inolvidable de su vida,  aquel en el que le fue entregada la Orden Ana Betancourt en el II Congreso de la FMC. Cuando se la impusieron dijo que estaba muy orgullosa pero le parecía que era demasiado homenaje el que le hacían.“Entonces- recordó emocionada- Fidel me besó, me abrazó y me dijo. Usted merece mucho más.”

Han pasado los años y conservo una imagen de aquella entrevista que me concedió María en la que ambas parecíamos abuela y nieta y es que así la recordaré siempre.   

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