No podrán dinamitar a Cuba en pleno vuelo
Ya vivimos en Cuba más de una generación de personas que éramos muy pequeños o no había nacido cuando hace 35 años ocurrió aquel acto criminal de la explosión de un avión civil cubano en pleno vuelo con 73 pasajeros a bordo, muchos de ellos jóvenes deportistas que regresaban a casa cargados de medallas.
Cuando recordamos esta fecha y la injusticia histórica aún vigente que mantiene a los principales responsables de esas y otras tantas muertes sin merecido castigo, tal vez una arista principal que debiéramos analizar no es la conducta asesina de los autores de aquel atentado y sus cómplices de antes y de ahora, sino la nuestra propia como nación y como pueblo.
Y aquí radica quizás la experiencia más dramática y más valiosa que nos dejó un hecho tan triste. Hemos sido capaces de crear una sociedad que a pesar de todo ello, hostilidad, terrorismo, bloqueo, subversión, no ha podido ser conducida al odio irreflexivo y destructor contra nuestros semejantes ni contra otros pueblos, ni siquiera contra los propios responsables directos e indirectos de tanta desgracia.
Nuestros padres y abuelos, preciso es reconocerlo sin ambages, han sido capaces de educarnos en la exigencia constante e incansable de justicia, sin que ello nos haya hecho nunca albergar ni promover acciones cobardes de venganza.
Muchos de los propios familiares de las víctimas de aquella masacre han sido y son un ejemplo de esta postura de principios, al no haber dejado de aportar a lo largo de estos 35 años lo mejor de sí a numerosas obras bellas y útiles para sus compatriotas.
Y en ello estriba la gran diferencia de valores entre los que aman y fundan y los que odian y destruyen. Por eso este sentido recordatorio que hacemos cada 6 de octubre no puede ser la reiteración vacía de una demanda, aun cuando esta sea totalmente pertinente, justa, necesaria.
Tiene que convertirse en una reflexión imprescindible sobre quiénes somos y qué hacemos, y por qué debemos persistir en nuestros propósitos de crecernos como seres humanos, como país y como nación.
En esta fecha solemne no nos puede bastar con exponer el crimen, a los criminales y a las personas o poderes que los apañan. Es más, ni siquiera nos sería suficiente la aplicación tardía —y al parecer cada vez más lejana— de la justicia mediante leyes ajenas y harto cuestionables.
Lo que se impone es que pensemos muy bien y nos hagamos cada vez más responsables del destino histórico del proyecto social cuya defensa inteligente y firme durante más de medio siglo provocó la saña criminal contra aquellos 73 pasajeros que perdieron la vida frente a las costas de Barbados.
Tendríamos que cuestionarnos críticamente también cuánto más podemos aportar con nuestro trabajo, con nuestra inteligencia, con nuestra osadía, para que la Revolución siga siéndolo a lo largo del tiempo, con mejores métodos y mayores resultados económicos y sociales.
Quizás el mejor homenaje a quienes perdieron su vida aquel 6 de octubre de 1976, y el mayor gesto de solidaridad con sus familiares, sería precisamente demostrar que ni los asesinos abiertos ni los criminales disimulados, ni los de hace 35 años ni los actuales, podrán dinamitar jamás a nuestra Isla en pleno vuelo.
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