No solo en su aniversario
Luego de la muerte, el inexorable paso del tiempo va desgastando en la memoria de los pueblos el recuerdo de personalidades que fueron descollantes en una etapa, incluso de algunos que marcaron una época.
Como regla, solo perduran con imperecedera vitalidad en el alma de una nación aquellos a los que el gran dramaturgo alemán Bertold Brecht definió como imprescindibles, esos que luchan toda la vida.
Incontables razones han hecho que en el pensamiento y el actuar de los cubanos, y en especial de los dirigentes sindicales, perviva el ejemplo de Lázaro Peña González, junto al de otros gigantes de nuestra historia.
Personas que le fueron muy cercanas narran que, sabiéndose herido de muerte por la dolencia que lo aquejaba, Lázaro no escatimó ni un solo minuto a la redacción de las Tesis del XIII Congreso Obrero —evento que marcó una definitoria rectificación en la labor de los sindicatos— y a la discusión de ellas en asambleas en que fueron sometidas a amplio y democrático debate.
Consecuente con su formación y sus convicciones comunistas, y consciente de lo que en aquella coyuntura del año 1973 significaba para la Revolución el fortalecimiento del movimiento sindical, entregó todo el corto tiempo de vida, que la gravedad de su enfermedad le imponía, a las ideas que fueron siempre su brújula.
Si tratáramos de hallar, desde el surgimiento de nuestra clase obrera en los años de la dominación colonial española hasta los días más recientes, una sola figura que sea paradigma indiscutible del sindicalismo cubano, nadie tendrá duda en designar a Lázaro.
La Central de Trabajadores de Cuba (CTC), que hoy cohesiona en un sólido haz a nuestros sindicatos y es una de las principales fortalezas de la Revolución, nació —dentro del escenario político que condicionó el hecho— del tesón, la inteligencia política, y el pensamiento dialéctico de Lázaro, que avizoró la importancia estratégica de la unidad de los dispersos gremios para lograr lo que entonces era solo una lejana quimera socialista.
De muchas de las facetas de su personalidad podríamos aprender para ser revolucionarios más conscientes e íntegros: su entrega incondicional a la causa de los trabajadores, su apego a los principios que consideraba justos, su valentía y verticalidad para enfrentar a ese imperio que hasta nuestros días nunca ha dejado de tratar de absorbernos como nación.
Había que verlo —han contado veteranos dirigentes sindicales— ante decenas y quizás cientos de trabajadores, en una asamblea sindical que se preveía difícil por el asunto a tratar o por su composición.
Su primera virtud en un escenario como aquel era escuchar pacientemente, reconocerle razón a quienes la tenían, sin tratar de imponer un criterio por muy justo que lo creyera. Y como colofón, razonar, argumentar anteponiendo el interés de la nación, de la clase obrera en su conjunto, a cualquier estrecha aspiración gremial o sectorial que pudiera colocar trabas a la proyección estratégica de la Revolución.
Cuántos puntos de contacto percibí entre ese estilo de Lázaro de saber oír al interlocutor y la reciente discusión de los Lineamientos económicos y sociales del Partido y la Revolución. Entre su manera de valorar y tener en cuenta los criterios de los trabajadores y la reformulación de muchos de esos lineamientos, a partir de los planteamientos —incluso si viniera de una sola persona entre los millones que tuvimos la oportunidad de opinar.
Los propósitos de actualización de nuestro modelo económico, de necesarias correcciones en algunos métodos y políticas, de cambiar lo que debamos cambiar, incumben también a nuestros sindicatos, tanto valorando internamente su actuar como en la decisiva y natural gestión que históricamente le ha correspondido en la representación de los trabajadores y en la defensa de los justos intereses de estos.
Estudiemos la vida de ese maestro de cuadros sindicales que fue Lázaro y hallaremos en ella múltiples referentes para continuar guiando el accionar sindical mucho más allá de la rememoración a 100 años de su natalicio.
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