11/12/2009 15:24
¿Racismo en Cuba?
En lo interno y en lo externo, contra viento y marea, la obra de la Revolución es su mejor defensa
Ahora resulta que un grupo de intelectuales afronorteamericanos se preocupa por la violación de los derechos humanos en Cuba, y específicamente lo relacionado con el “racismo” que, según ellos, impera en la Isla.
Con el perdón de esos intelectuales, pero, como decimos en Cuba: ¡Apretaron!
Parece que alguien los quiere embarcar en una empresa, cuya embarcación no resiste ni un vientecito platanero. Algunos han visto lo que hay detrás de todo esto y han manifestado su protesta e incluso han demandado su baja de la lista de firmantes.
Si se habla de que existen -como fenómeno minoritario- algunas personas racistas o discriminadores de determinadas manifestaciones dentro de nuestra sociedad, podemos expresarles que no somos todos químicamente puros en cuanto a ideas y sentimientos. Pero institucionalizar esos sentimientos pasa de ser una simple manipulación.
Les invitamos a buscar en la historia de Cuba a través de escritos de prestigiosos intelectuales y en los órganos de prensa anteriores al Primero de Enero de 1959, a los que, en algunos casos, no se podía catalogar de revolucionarios, y comprobarán que el racismo imperó descarnadamente en aquella etapa, y fue centro de no pocas luchas, algunas de ellas sangrientas.
Si esos intelectuales firmantes del documento estuvieran bien informados y “leídos”, conocerían que, antes de la Revolución, y arrastrado durante alguna corta etapa de sus primeros años, usted podía encontrar, por ejemplo: sociedades para blancos y para negros; tiendas de lujo (y algunas otras no tan de lujo) donde no trabajaba ninguna persona “de color”; clubes aristocráticos donde no podía entrar nadie que no fuera blanco, incluso ni el presidente de la república; cabarets y clubes donde sólo tocaban orquestas o bandas arias; pueblos que eran connotadamente racistas; parques en muchos pueblos del interior donde blancos y negros no caminaban por la misma superficie.
¿Alguna persona que peine canas, o no tenga ya nada que peinar, conoció algún negro nadador, esgrimista, ciclista, tenista, kayakista o practicante de algún deporte de élite en la Cuba prerrevolucionaria? ¿Un negro trabajando en un cargo principal o atendiendo público en un banco?
Hasta en nuestra televisión, incluso en el cine, ponían a blancos a hacer el papel de negros en personajes principales. Los negros de verdad quedaban, por lo general, para roles de criados, trabajadores o esclavos.
Este racismo abarcaba hasta a los institutos armados. La Aviación y la Marina eran cuerpos “blancos”. Si la memoria no me falla, no recuerdo haber visto o conocido de negros oficiales de alta graduación y en cargos de jefatura en otros cuerpos armados.
En algunas escuelas no era factible encontrarse con un negro impartiendo clases o como alumno, incluso ni entre el personal de servicio.
Un negro podía llegar a estudiar hasta en la Universidad. Los hubo. Pero eso era a costa de grandes sacrificios, pues esa no era la población más económica y socialmente favorecida, a lo que se le unían las trabas a vencer como personas para tener un tratamiento como ser humano.
Arriba me referí a las personas “de color”. Este era un término utilizado casi generalizadamente por eufemismo e ignorancia, porque blanco, negro, amarillo o cobrizo son también colores, pero, para la gente, “de color” sólo era el negro.
Quien califica al cubano de racista desconoce o pretende desconocer a los miles que en tierras de África, América Latina y otras partes del mundo ofrendaron sus propias vidas para contribuir a la emancipación de pueblos sometidos a una verdadera explotación y segregación racistas. En lo interno, contra viento y marea, la obra de la Revolución es su mejor defensa.
Mientras tanto, otros, para beneficio propio, y basados en su poderío económico y militar, han hecho todo lo posible por mantener a los pueblos, incluso a los propios, subyugados y divididos sobre la base del pigmento de la piel, convicciones políticas o creencias religiosas.
Valga, si cabe, una sugerencia para quienes pretenden erigirse en evaluadores de nuestra sociedad y en defensores de derechos humanos que sabemos cómo defender: hurguen y profundicen en su realidad. Ahí hay bastante que limpiar y cambiar.
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