Trabajadores

16 de Marzo de 2010

16/12/2006 10:49

Entre el desconocimiento y la violencia

Zarandear a un niño jamás será una manera de divertirlo o de brindarle afecto.

La acción de zarandear o sacudir a un pequeño puede provocarle daños irreversibles.

MARIETA CABRERA

salud@trabaja.cip.cu

Cuando el bebé se atora con la leche u otro alimento, o si luego de llorar incesantemente sobreviene el espasmo del sollozo —conocido popularmente como esmorecerse— es muy común que cualquier adulto a su lado lo tome en brazos y lo sacuda, con el propósito de reanimarlo. También, para verlo sonreír o jugar con él, algunas personas suelen zarandearlo de igual forma, sin conocer el peligro que encierra esta maniobra.

Quizás al no existir intención alguna de lastimarlo, sino todo lo contrario, alguien piense que exageramos: “el niño hasta se ríe en ese momento, es una manera de divertirlo”, dirá. Sin embargo, para los expertos se trata de una sonrisa, tal vez nerviosa o social, de un ser que es sometido a un movimiento brusco de todos sus órganos, sobre todo del cerebro, que debido a la inmadurez que aún presenta recibe un impacto significativo por ese efecto de golpe y contragolpe dentro de la cavidad craneana.

Pero el llamado Síndrome del Niño Sacudido va más allá de ese proceder inconsciente, y considera igualmente (o fundamentalmente) la lesión provocada por un adulto en un menor al sacudirlo o lanzarlo de forma intencional. Es el pequeño que golpean o empujan, como expresión manifiesta de maltrato; de ahí que corresponda al especialista dictaminar si se trata de un hecho accidental o no, a partir del interrogatorio eficaz y del examen clínico exhaustivo, con el propósito de adecuar el seguimiento en cada caso.

Ofrecer estas herramientas al personal de la salud, sobre todo a los médicos de la familia, para realizar una efectiva labor de prevención en la comunidad, forma parte desde hace algunos años del quehacer cotidiano del doctor Carlos Cabrera Álvarez, especialista en Ortopedia y Traumatología y profesor auxiliar del Hospital Universitario Pedro Borrás, quien asegura que se trata de un asunto un tanto desconocido por no pocos profesionales del sector y por la población en general.

Lesiones que estremecen Fue John Caffey, radiólogo norteamericano, quien describió en 1974 el Síndrome del Niño Sacudido, luego de observar varios síntomas recurrentes en infantes intencionalmente maltratados: hematomas subdurales (en el cerebro), fractura de fémur y hemorragia retiniana.

Según explica el profesor Cabrera Álvarez, tales manifestaciones —luego de descartar accidentes o algún otro suceso que se compruebe— pueden indicar a los especialistas que se trata de un niño sacudido o lanzado; suelen presentarse con mayor frecuencia en menores de 3 años y constituyen en esas edades causa de muerte y de lesiones encefálicas.

“No hay que olvidar que la cabeza del bebé es grande y pesada en relación con el resto de su cuerpo, por lo que al caer esta es la parte más vulnerable. Entre el cráneo y el cerebro hay un espacio libre para permitir el crecimiento, a la vez que los músculos y ligamentos del cuello aún no se han desarrollado.

Por tanto, al zarandear a un pequeñito, el cráneo —que es frágil— no resiste esa fuerza y la transmite al cerebro, órgano que rebota en el cráneo por ese mecanismo de aceleración y desaceleración, provocando contusión, hinchazón y sangramiento”, precisa el profesor.

Algunas de las lesiones neurológicas descritas en tales casos son el mencionado hematoma subdural, las hemorragias intracraneales y el edema cerebral, las cuales pueden provocar secuelas irreversibles en el sistema nervioso central y desencadenar retardo mental, disfunción motora y hasta ceguera. “En pacientes con epilepsia, por ejemplo, si no encontramos antecedentes hereditarios u otras causas, debemos pensar que pueden ser niños que por una u otra razón han sido sacudidos”, advierte el doctor.

Otros daños que se describen son los oftalmológicos, tales como luxación del cristalino y hemorragia retiniana —esta última, con mayor frecuencia en niños menores de 18 meses—, y los osteomioarticulares (fractura de costillas, de columna vertebral), más acentuados en pequeños que han sido víctimas de abuso físico. “Pero la presencia o no de fracturas en cualquier parte del cuerpo no se ve como único signo, se impone un análisis profundo, pues el diagnóstico puede enmascararse”, puntualiza el profesor Cabrera Álvarez.

No sería posible detallar las innumerables lesiones físicas (sin desestimar las psíquicas, no menos graves) que ocasiona en un menor el acto de estremecerlo.

Bastaría con abordar únicamente los daños cerebrales para avistar la extensa lista de efectos a corto y largo plazos que han sido descritos.

Las evidencias no son precisamente las que escasean. Zarandear a un niño jamás será una manera de divertirlo o de brindarle afecto. Hacerlo por enojo, para maltratarlo, es una acción a la que no ampara ni el más absoluto desconocimiento.