Trabajadores

2 de Septiembre de 2010

09/03/2010 21:58

No son los jóvenes los culpables

Somos nosotros, los mayores, quienes no les hemos sabido exponer la realidad de aquellos “tiempos mejores”

Omar Segura Montero

Oímos con frecuencia, y con preocupación, cómo algunos jóvenes (y otros no tanto) adoptan un lenguaje que raya con el enfrentamiento generacional, negando el papel de sus mayores, que también fueron jóvenes como ellos, en otros tiempos, pero con muchas menos posibilidades. Incluso, algunos ponen a nivel de cero la obra de la Revolución, destacando los defectos y los errores de los “viejos”, a la vez que resaltan las bondades de aquella etapa que esta Revolución “imperfecta”, “errada”, “defectuosa”, borró a golpe de sangre y sacrificios.

No son los jóvenes los culpables, somos nosotros, los mayores, quienes no les hemos sabido exponer la realidad de aquellos “tiempos mejores”, y a la vez hemos tergiversado, inconsciente o deliberadamente, en dependencia de las intenciones que subyazgan en el mensaje y en el emisor, o, simplemente, no hemos sabido ser mejores ejemplos.

Cuántos de nuestros jóvenes de hoy no hubieran conocido (como muchos de sus ascendientes), no ya la capital de la Isla, sino la de sus propias provincias, cuando eran sólo seis.

A muchos les propondría un ejercicio de memoria con quienes les hagan una apología de cuando eran jóvenes: simplemente pídanles -en dependencia de quien les hable- que les enseñen sus fotos de los quince, con sus trajes blancos o rosados, bailando el vals con quince parejas, o el álbum con decenas de fotos, o las filmaciones en celuloide (no de video, porque cuando aquello no existía); o las fotos de la boda, subidos a un convertible y anunciando la buena nueva por las avenidas de la capital; o un certificado de sexto grado, o sus títulos de bachiller o universitario. Creo que muchos se verían en un gran apuro.

Si eran obreros azucareros, pídanles que les cuenten –sinceramente- qué hacían fuera de los tres o cuatro meses que duraba la zafra.

No podemos ocultar que la niñez nos trae gratos recuerdos, incluso –por qué no- la extrañamos, pero al margen de lo que pasaron nuestros padres para hacérnosla feliz, aunque tuvieran que escondernos la realidad de la situación, y en ocasiones nos “explicaran” por qué no vinieron los Reyes Magos, o por qué no podíamos estudiar para superarnos, en lugar de trabajar, o el porqué de las continuas mudadas de casa y otros tantos porqués.

Es bueno viajar al pasado para recordar momentos felices, aunque quizás alguno no tan feliz que se nos interponga tozudamente.

No pocos padres y abuelos hablan a sus descendientes de cuando con un “quilo” usted compraba muchas cosas; pero lo que olvidan de contar es cuando alguien -¿ellos también quizás?- tuvo que posponer el sueño de un “rompequijá”, una galletica, un “matahambre”.

Cuántos –si tenían la suerte de estar estudiando- tuvieron que posponer muchas veces sus meriendas por no tener ese simple “quilo”, al que sus padres daban un uso más apremiante.

Muchos no les hablan a sus hijos y nietos, a sus sobrinos, o a otros jóvenes, de la época de las cocinas de leña o carbón -algunas de las cuales muchas veces no se encendían porque no había nada que ponerles encima-; tampoco, de cuando las penumbras de la noche se rompían a fuerza de velas o quinqués; de cuando el agua había que traerla de grandes distancias en ocasiones; de cuando un solo radio llenaba los momentos vacíos de muchas familias, o cuando, por no tener algún lugar a donde ir, se reunían en tertulias, hoy ya casi arqueológicas por la fuerza de la TV, el CD, el DVD.

Es cierto que las épocas no pueden ser mecánicamente comparadas, pero actualmente, en la era del cosmos, la energía atómica y la informática, hay muchos pueblos en el mundo que no pueden siquiera hacer esas comparaciones, porque viven el mismo tiempo de hace cincuenta años, y del que muchos en Cuba no recuerdan o pretenden olvidar, porque el golpe de la Revolución les ha hecho perder la memoria.