Trabajadores

15 de Marzo de 2010

19/11/2009 07:40

Los números de la guerra

Ocultos tras los resultados de encuestas y sinuosas declaraciones de políticos y militares, los intereses de los grupos de poder apuntan hacia una impredecible escalada militar en Afganistán

Luis Jesús González

Tras ocho años de presencia militar en Afganistán, las perspectivas de victoria de las fuerzas comandadas por Estados Unidos parecen cada vez más lejanas, al tiempo que las alternativas para una posible solución al conflicto solo agudizan contradicciones en el gobierno de Washington.

Incómoda herencia del mandato republicano, la indefinida ocupación de la nación centroasiática gana espacio —a pesar del impacto de la crisis económica— entre las preocupaciones de la opinión pública estadounidense, como lo demuestran las frecuentes encuestas sobre el tema en importantes medios de difusión, en cuya labor se vislumbra un intento por restar peso a la creciente oposición de la población norteamericana a la permanencia de sus tropas en suelo afgano.

Un sondeo conjunto realizado en los primeros días de noviembre por la cadena CBS y el diario The New York Times reflejó que el 53% de las personas interrogadas consideró que las cosas van mal para Estados Unidos en Afganistán. Una semana más tarde, una encuesta de la televisora CNN y la firma Opinion Research Corporation demostró que el 56% de los participantes se oponen al envío de más tropas hacia la nación centroasiática.

En el gobierno de Washington, el tema es motivo de otra guerra, mucho más silenciosa, pero no exenta de rivalidades, entre los defensores de las empresas transnacionales vinculadas al Pentágono y los partidarios de una perdurable definición política, más a tono con la postura del más reciente Premio Nobel de la Paz, el presidente Barack Obama.

Representados por la triada formada por la secretaria de Estado Hillary Clinton, su similar de Defensa, Robert Gates y el almirante Mike Mullen, presidente de la Junta de Jefes del Estados Mayores, los seguidores de la opción militar apuestan por complacer la demanda del general Stanley McChrystal, jefe del mando en Kabul, de añadir a los 74 mil integrantes delcontingente de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en Afganistán otros 40 mil efectivos.

En la otra esquina, temerosas de un empantanamiento indefinido, las fuerzas encabezadas por el vicepresidente Joseph Biden y el influyente jefe de personal de la Casa Blanca, Rahm Emanuel, dudan de que más de 100 mil soldados logren reducir las crecientes acciones de la insurgencia afgana.

Atrapado entre ambas tendencias y después de la amañada elección delgobernante Hamid Karzai, el presidente Obama decidió postergar la decisión final hasta el regreso de su primera gira asiática, posiblemente esperanzado en lograr un aumento de la ayuda japonesa a Afganistán que alivie los cada vez mayores costos de la guerra.

La permanencia de Karzai tras la renuncia del candidato opositor Abdullah Abdullah alejó la posibilidad de una solución política, dados los fuertes vínculos del presidente afgano con la corrupción y el tráfico de opio. Según un informe de Naciones Unidas, Afganistán produce el 92% de la oferta mundial del alucinógeno, materia prima de la heroína que se consume en varias naciones europeas, donde las muertes por sobredosis son inmensamente mayores que las causadas por las balas de los talibanes.

Como expresión del desconcierto en las altas esferas del gobierno de Washington, la opción militar apoya la inclusión en el refuerzo de una parte de la 101 División aerotransportada, unidad élite de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, muestra de la complicada situación del Pentágono en sus aventuras extraterritoriales.

A las definiciones del momento se suma la complicada misión de encontrar tropas, de ahí que la opción de conseguir mercenarios de distintas nacionalidades gane fuerzas. Un censo realizado el pasado mes de octubre por la Secretaría de Defensa demostró que el 56% de los efectivos militares norteamericanos en el extranjero proceden de las empresas privadas,

cuyo más reciente escándalo, protagonizado por las fuerzas de seguridad de la embajada estadounidense en Kabul —con drogas, prostitutas y alcohol incluidos—, implicó a varios gurkas nepalíes, similares a los mercenarios empleados en 1982 por las fuerzas armadas británicas en la cruenta toma de Port Stanley durante la guerra de las Malvinas.