18/05/2007 15:07
La jornada laboral es sagrada
¿Hoy no viene la cosedora? Pregunté hace poco en una zapatería. “Sí, ella llega a eso de las 10”, me respondió un trabajador. ¿Y a qué hora abre esta unidad? “A las nueve, pero figúrese… ella vive lejísimo y tiene que venir a pie porque el transporte está muy malo”.
Puede parecer solo una anécdota, e incluso es posible que la compañera de aquel centro no siempre llegue tarde, sin embargo, situaciones como esta, lamentablemente, no son una excepción.
El asunto tiene varias aristas. Algunos no asocian con una indisciplina la impuntualidad por problemas “objetivos”, y tienden a justificarla, mientras otros aprovechan los problemas “objetivos” para justificar su impuntualidad.
Y no es un trabalenguas. En el primer caso están los que efectivamente afrontan problemas con el transporte, por ejemplo, y no aceptan que les llamen la atención cuando ocupan su puesto de labor minutos y hasta horas después del inicio de la jornada, y en el segundo, los que utilizan a su favor las dificultades aun cuando estas no sean la causa de su retraso.
La aceptación de tales argumentos es inadmisible.
El horario laboral establecido en cada lugar e inscrito en el Convenio Colectivo de Trabajo, hay que cumplirlo, y quien vive más lejos tiene que levantarse más temprano o adoptar las medidas necesarias para garantizar su llegada a tiempo.
Según establece la Resolución 187 del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Reglamento sobre la jornada y horario de trabajo, que entrará en vigor en enero de 2007, en una unidad pueden existir varios horarios para áreas, departamentos o puestos en correspondencia con los requerimientos técnicos, tecnológicos u organizativos de la producción o los servicios, así como en los casos que están legalmente autorizadas las jornadas de trabajo diferentes para determinadas actividades o trabajadores.
Ahora, para implantar un horario no establecido centralizadamente tiene que aprobarlo el jefe de la entidad, previa autorización del nivel administrativo superior a esta, con la participación de la organización sindical.
O sea, hay variantes, pero ninguna autoriza a la impuntualidad, ni alienta al paternalismo con que algunas administraciones han venido asumiendo tales manifestaciones, y el sindicato no puede permanecer ajeno a esto, sino que tiene que exigir y actuar en la dirección correcta.
La jornada laboral es sagrada, como subrayó nuestro Comandante en Jefe en el acto central por el XXXIII aniversario del asalto al cuartel Moncada, el 26 de Julio de 1986. Y lo es de principio a fin, aunque no se trata solo de la entrada y la salida a la hora prevista; esto es solo una parte, pues desaprovecharla constituye también una indisciplina, un incumplimiento del deber elemental del trabajador.
Es necesario recalcar esto —dijo entonces Fidel—, porque todo el mundo inventa cosas en la hora de la jornada laboral: gestiones, diligencias, reuniones, de todo.
Hay quien es muy puntual, mas, luego se ausenta por su cuenta para resolver problemas personales; o se distrae hablando por teléfono, jugando con la computadora, conversando, o sencillamente se la pasa desandando por los pasillos e interrumpiendo lo que hacen otros.
El Reglamento que se aplicará establece que la administración podrá autorizar excepcionalmente a un trabajador para que vaya a realizar un trámite, después de comprobar que dicho servicio se presta solo en ese lapso, y el tiempo concedido para ello no será retribuido.
No podemos desconocer que casi todos los servicios a los que acudimos tienen horarios coincidentes con los de la inmensa mayoría de los trabajadores —lo que tendrá que resolverse más temprano que tarde—, pero tampoco es posible aceptar como algo normal que estos se ausenten de su puesto en cualquier momento, con la consiguiente afectación de su encargo social de producir bienes o servicios.
También está el que termina exactamente a la hora establecida, pero desde mucho antes está en posición de “despegue”. Está y no está. Si media hora antes de irse usted le pide que haga algo, se apresura a pedirle que venga mañana.
“Imagínese, ya apagué la computadora”, o “ya cuadré la caja”, o “se me va la guagua”…
Junto a la aplicación de lo legislado y la exigencia administrativa y sindical, deberá lograrse la comprensión de los trabajadores sobre su papel decisivo en el desarrollo económico y el sostenido avance del país, garantía del progresivo mejoramiento de la calidad de vida de la población, incluida la suya y la de su familia.
Es preciso discutir y reflexionar cotidianamente con los trabajadores, tal y como plantea una de las resoluciones del XIX Congreso de la CTC, para persuadirlos, convencerlos y convocarlos a buscar y encontrar en su puesto la eficiencia, la calidad de la producción y los servicios, el ahorro de recursos, la disciplina, el orden y la productividad.
Para hablar de aprovechamiento real de la jornada hay que constatar los resultados. Qué hice, en qué tiempo, con qué calidad y cuál costo, qué más puedo hacer y cómo hacerlo mejor, con menos recursos y gastos, son preguntas que debemos respondernos responsablemente
todos los días, como dueños colectivos de las riquezas que han puesto en nuestras manos.
Una fórmula sencilla e imprescindible tiene que imponerse, como parte de una cultura y una ética válidas para todos los tiempos: para recibir más hay que dar más.
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