CON FILO: De ese género, tampoco

CON FILO: De ese género, tampoco

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Desde hace ya algún tiempo la sociedad cubana ha logrado llevar al debate público, no sin cierta resistencia y a veces hasta a contrapelo de algunas burlas descalificadoras, una problemática social que antes solía quedar oculta con demasiada frecuencia: la llamada violencia de género.

Este fenómeno fundamentalmente está asociado, como es conocido, a una cultura machista de siglos, que lamentablemente todavía no hemos logrado superar del todo. Sus principales víctimas son las mujeres y las niñas, aunque no las únicas.

 

 

La Revolución consiguió en estos más de 60 años que muchas diferencias y prácticas discriminatorias contra la mujer fueran legal y moralmente suprimidas, sobre todo en el ámbito de la actuación pública.

Sin embargo, al interior de las familias cubanas, a pesar de todas las transformaciones positivas en función de la equidad de sus miembros, todavía funciona en exceso el modelo patriarcal, donde el hombre asume la postura del macho dominante, que hace y deshace, pone y dispone; y tiene la potestad para utilizar ese poder con el propósito de constreñir el derecho de sus restantes miembros, sobre todo de las esposas, madres e hijas.

Hay incluso creencias muy arraigadas dentro del sentir popular que contribuyen no solo a que ocurra la violencia, sino hasta que esta pueda quedar impune, como cuando alguien dice que entre marido y mujer, nadie se debe meter; un refrán que funciona la mayoría de las veces como un manto permisivo para encubrir la injusticia hacia el interior de un matrimonio o relación de pareja.

La violencia de género, además, no es solamente la versión extrema donde ocurren golpes y abusos corporales, sino que tiene múltiples formas de manifestarse, desde psicológicas hasta económicas, algunas bastante sutiles o tan naturalizadas que solo una perspectiva combativa, feminista, permite desenmascararla.

Porque ese mal abarca en realidad cualquier prerrogativa o privilegio que se erija sobre una supuesta, y completamente falsa, superioridad del hombre sobre la mujer. Puede tener su expresión en un trato despectivo, en una limitación de posibilidades de realización para determinados integrantes de una familia o de la sociedad; en la ofensa, la burla, la agresión verbal, y llegar incluso hasta el silenciamiento de determinadas realidades cotidianas, que no concuerdan con los roles de género que esa cultura machista asigna para los varones y las hembras.

En esta batalla contra la violencia de género la Federación de Mujeres Cubanas y otras instituciones científicas han desempeñado un importante papel, tanto en la educación sobre el tema, como en su tratamiento y atención a los conflictos. Los medios de comunicación también se han implicado mucho en ese objetivo en los últimos años, con programas dramatizados, científicos y de debate sobre el tema.

Todavía, no obstante, es posible hacer mucho más para visibilizar esas conductas negativas y por fortalecer las garantías legales para que las personas sometidas a estos malos tratos puedan salir de ese círculo fatídico de la violencia, a partir de un trabajo más coordinado de las organizaciones de masas, los diversos mecanismos de prevención y las autoridades policiales y jurídicas.

 

 

Para ese fin específico debe resultar determinante la futura implementación del Código de las Familias, cuyo anteproyecto en elaboración propone, como nunca antes, una política coherente e integral para enfrentar la violencia intrafamiliar y de género, en respuesta a los cambios que introdujo la nueva Constitución.

Ser violentos solo conduce, de manera general, a la infelicidad tanto de las víctimas como de los victimarios. La violencia, como es sabido, solo genera más violencia. En específico la que se genera por motivo del género, tampoco debe verse nunca, por tanto, como un mero asunto privado, que deba quedar a expensas de quien resulte ser el más fuerte o tenga más poder y privilegios para imponer su voluntad.

Esa posición tiene que quedar clara, más todavía en una sociedad como la nuestra, que aboga por el compromiso efectivo de las leyes y de todo su ordenamiento institucional, en aras de la plena realización de todas las personas. Por tanto, ni discriminación, ni violencia. De ese género, tampoco.

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