Una “chiquilla de laboratorio” y un soñador en grande

Una “chiquilla de laboratorio” y un soñador en grande

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Concepción Campa cautiva con su decir inteligente y delicado, con esa forma tan suya de dialogar amistosa­mente, de abrir su corazón a los sen­timientos de manera desenfadada y franca. Se considera una mujer multimetas, con muchas cosas que hacer en cada minuto de su vida.

Concepción Campa junto a Fidel, un paradigma para ella. Foto: Archivo de Trabajadores
Concepción Campa junto a Fidel, un paradigma para ella. Foto: Archivo de Trabajadores

La líder de la vacuna antimeningocócica, que en nuestro país salvó a cientos de niños (y también en otros países, como por ejemplo Bra­sil), asevera que sus sueños son cortos, se empe­ña en lo mediato y hacia ahí dirige sus fuerzas.

Es Heroína del Trabajo de la República de Cuba, y en su extenso y fructífero quehacer so­bresalen el de diputada, y miembro del Consejo de Estado y del Buró Político del Partido en perío­dos anteriores. Sin embargo, su obra mayor está en la ciencia, actividad a la que se ha entregado al margen de grandes sacrificios personales y fa­miliares.

Casi dos horas de entrevista dejaron al des­cubierto a un ser de excepcionales cualidades hu­manas, de profundos sentimientos, fidelista cabal y fiel seguidora de las ideas del líder revolucio­nario, con quien mantuvo una estrecha relación, siempre pensando en cuánto podía hacerse desde el punto de vista científico para ayudar a los más pobres y necesitados de Cuba y del mundo.

Encontrar la vacuna contra la meningitis B, una obsesión

Licenciada en Ciencias Farmacéuticas, Conchi­ta —como todos la nombran— llegó de Sagua La Grande a La Habana para estudiar esta ca­rrera. Había descartado la Medicina, pues no se sentía con el coraje (afirma que aún no lo tiene) de acompañar tan de cerca el dolor humano. Le obsesionaba aliviar el sufrimiento de las perso­nas y pensó que tendría esa oportunidad desde la especialidad seleccionada.

En la antigua Empresa de Producciones Biológicas Carlos J. Finlay, ubicada en Infan­ta y Manglar, inició su vida laboral. En esos momentos era el único lugar donde se hacían vacunas. “El país trabajaba con otras, no con la meningocócica —explicó—, pero surgió una gran epidemia de meningitis del grupo B y no había cómo afrontarla. No obstante, ya aquí se había vacunado contra la meningitis A y C”.

Comentó que por aquella época se trabaja­ba en la creación del llamado Frente Biológi­co (lo que después sería el Polo Científico del Oeste), que lidereaba el Comandante en Jefe. “Estando en el Finlay de Infanta (como se le conoce) solicitaron ayuda para desarrollar un nuevo producto vacunal y fui seleccionada jun­to a otra investigadora. En 1984, ya de conjunto con otros científicos, comenzamos a trabajar en la vacuna contra el meningococo B.

“Cuando aquello en Cuba casi todos los días moría un niño por esta enfermedad y me obsesio­naba la idea de salvar vidas. Además, desde peque­ña había estado en contacto con personas que pade­cían secuelas por la meningo. Sí, de alguna manera estaba marcada por eso, y en el tiempo que duró la investigación no miraba ni para los lados.

“De ahí nuestra entrega. Fueron días y no­ches, una consagración absoluta. Comenzamos en el Cnic (Centro Nacional de Investigaciones Científicas) y luego nos trasladaron para unas casas cercanas. Todo se hizo en silencio, pues no sabíamos si íbamos a tener resultados. Tenía dos niños y el padre los cuidó la mayor parte del tiempo. Yo apenas venía a la casa a bañar­me y a dormir un ratico. ¡Y fueron nuestros hi­jos los primeros vacunados!”.

Fidel, una inspiración por siempre

Para esta mujer que prestigia a la ciencia cuba­na Fidel es toda inspiración. Durante muchos años el líder de la Revolución estuvo al tanto de cada detalle de la vacuna, de sus adelantos y resultados. De ahí el vínculo estrecho con Con­chita y la amistad que fructificó derivada de esa labor investigativa.

“En Brasil —expresó la científica— se desató una epidemia de meningitis cuando ya nosotros habíamos realizado ensayos clínicos con nuestro candidato. Al saber de la situación de salud que enfrentaba ese país el Comandante me contactó, deseaba conocer de cuántas dosis disponíamos.

“Le respondí que 10 mil (eso era una gota de agua para aquella nación), entonces me dijo que allí los niños se estaban muriendo, que debíamos donarlas. No tenía la menor idea de cómo enviar­las. Yo era una chiquilla de laboratorio y no sabía qué trámites había que hacer para ello. Fue Ma­ciques (Abraham, hoy presidente del Grupo Em­presarial Palco), quien por orientaciones suyas me ayudó en esa importante tarea.

“A partir de ahí Fidel empezó a visitarnos donde trabajábamos, prácticamente iba todos los días y se interesaba por nuestras necesida­des. ¡Qué visión la suya de tantas cosas! De él puedo hablar mucho, siempre admiré su capa­cidad para percibir desde un detalle hasta una gran situación estratégica. Es como el dicho: el que ve el árbol se pierde el bosque, pero el que ve el bosque se pierde el árbol. Él era capaz de ver las dos cosas. Sin duda, un genio. De igual modo, su sensibilidad, era una persona que pensaba en cómo preservar a la humanidad”.

En el trabajo, la vida

Conchita, Heroína del Trabajo de la República de Cuba. Foto: Agustín Borrego Torres
Conchita, Heroína del Trabajo de la República de Cuba. Foto: Agustín Borrego Torres

Han pasado tres decenios desde la obtención de la vacuna antimeningocócica, y Concepción Cam­pa está consciente de todo lo que tuvo que con­sagrarse para salvar vidas y aliviar el dolor que provoca la pérdida de los seres humanos. Al fin y al cabo, valió la pena, pero siempre le quedó el sentimiento de cuánto más pudo haber acompa­ñado y disfrutado a sus hijos. El tiempo caminaba apresurado y sus pequeños niños crecían a la par.

El trabajo fue y sigue ocupando un lugar pri­mordial, sino fuera así no habría alcanzado tales resultados. En la actualidad, a sus 69 años con­tinúa laborando, hoy lo hace en la Entidad de Ciencia, Tecnología e Innovación Sierra Maestra, fundada después de la muerte de Fidel para dar continuidad a sus proyectos, entre estos el de la moringa, “un árbol milagroso, que contiene to­dos los nutrientes necesarios para la alimentación humana y animal, que fuera declarado en el 2018 superalimento del año por Naciones Unidas.

“¿Sueños? Te voy a ser sincera —aseguró Con­chita casi al final del diálogo—, normalmente no acostumbro a soñar. Nunca lo hice. No obstante, un día Melba Hernández me contó que le pregun­tó a Fidel cómo había logrado todo lo que se había propuesto. Él le puso la mano en el hombro y le confesó: ‘Soñando y soñando’.

“Ese no ha sido mi fuerte, yo no sé hacerlo. Lo que sí tengo son muchos retos. No sé si será mi signo Tauro, pues por lo general somos muy de aquí y de ahora, pero te puedo decir que mi sueño de cada día es cumplir el deseo del Comandan­te en relación con el desarrollo de la industria de la moringa en Cuba, una planta polifacética, que previene muchas enfermedades y contribuye a te­ner una alimentación balanceada.

“Verdaderamente es algo muy especial. Un día Fidel me dijo: ‘Creo que esta planta tiene algo celestial y estoy enamorado de ella’. De ahí mi compromiso con él y con la ciencia cubana”.

El 15 de enero se conmemora el Día de la Ciencia Cubana. La fecha fue instituida en 1990, en coincidencia con el aniversario 30 de que el líder de la Revolución definiera el rol de la ciencia en el desarrollo del país.

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