Eusebio Leal: Con Cuba, para siempre

Eusebio Leal: Con Cuba, para siempre

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En la fotografía que acompañaba la urna con sus cenizas, Eusebio Leal Spengler aparece besando la bandera cu­bana. En el esplendoroso salón de los Pasos Perdi­dos del Capitolio Nacio­nal, donde el pueblo fue a rendirle tributo al gran historiador, el escudo de la palma solitaria es mucho más que un adorno en lámparas y mobiliario: ilumina y guía. Y mientras las perso­nas desfilaban frente a los restos de este intelectual raigal, se escuchaban las solemnes notas de Paráfrasis del Himno Nacional de Cuba, compuesta por Hubert de Blanck.

Foto: Joaquín Hernández Mena
Foto: Joaquín Hernández Mena

No fueron casuales esos gestos de devoción a los símbolos supremos de la patria. Eusebio Leal los vene­raba. No por superficial apego a los objetos, sino por reconocimiento ca­bal de la grandeza que representan.

Estudioso impenitente de la historia de su país, Leal asumía que en la gesta independentista cristalizaron las mejores esencias de la identidad cubana. Por tanto, no se podía vislumbrar un futuro (ni trabajar por este) ignorando el acervo de décadas de lucha. Una sola Revolución: la de Céspedes, Martí y Fidel Castro. Una Revolu­ción interminable.

Pero él nunca fue un hombre enquistado en el pasado. Cam­bió el sentido del famoso adagio: “Cualquier tiempo por venir tiene que ser mejor”. Y no era simple re­tórica. Trabajó con ahínco en pos de realizaciones palpables, porque entendía que el hombre no vivía solo de discursos (aunque los suyos estaban animados por un espíritu vibrante).

Caminaba las calles de su ciu­dad, conversaba con la gente, proyec­taba obras sociales, fundaba escuelas y talleres… Multiplicaba las horas.

Foto: Joaquín Hernández Mena
Foto: Joaquín Hernández Mena

Era un hombre de pueblo, de su pueblo. Aunque su proyección se hizo universal.

A nadie le asombró que a más de cuatro meses de su falleci­miento tantas personas fueran a despedirlo. A nadie debería asombrarle que el lugar de su descanso definitivo, en los jardi­nes del antiguo Convento de San Francisco de Asís, se convierta en destino de peregrinación de sus muchos admiradores.

Él mereció el respeto y el ca­riño de millones de personas: era una de las más entrañables personalidades de la cultura cu­bana. Se ganó el reconocimien­to unánime a golpe de trabajo y por una ejecutoria sostenida en la ética y la lealtad a principios irrenunciables.

Era voz imprescindible, pole­mista agudo y respetuoso, orador extraordinario. En años de pro­fundos debates sobre el devenir de la nación, sobre los desafíos comu­nes, él fue siempre guía y referente.

Cuba lo idolatraba porque él idolatraba a Cuba. Y por Cuba y con Cuba trabajó siempre, en un ejercicio que pareció sacerdocio, que fue todo el tiempo magisterio, consagración.

Nadie podrá poner en duda la magnitud de la obra de Eusebio Leal: es concreción maravillosa, piedra sobre piedra; es aporte indiscutible, material y espiritual, a la calidad de vida de muchos cubanos. Él cumplió con creces la divisa martiana de que honrar honra. Honrar ha sido su iti­nerario.

Eusebio Leal se ganó el home­naje permanente de un pueblo que lo ubicó, hace mucho, en el sitial de honor de sus más encumbrados hijos.

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