RETRATOS: Parte de un sueño

RETRATOS: Parte de un sueño

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Rafaela Wong Wong sueña con los días en que montaba patines en la Plaza de Marte, en Santiago de Cuba. Iba ahí con sus hermanas y no se cansaba de jugar, como una mariposa, revoloteando de un lado a otro. Es ese, quizás, uno de los recuerdos que más acude a su mente, cuando rememora la infancia que transcurrió entre el suelo santiaguero y la provincia de Guantánamo.

 

Foto: Agustín Borrego

“Todavía con estos años, me atrevería a montar patines. Conservé los míos y los regalé a uno de mis sobrinos”, dice ella con añoranza en su rostro, cuyas facciones revelan su origen asiático. Su padre, Rafael Wong, nació en China y en Cuba se convirtió en un próspero negociante. En la tierra del Guaso se casaría con Norman Román. De esa feliz unión, nació, el 20 de diciembre de 1944, Rafaela, más conocida por la China.

En su casa, en el municipio capitalino del Cerro, evoca los años de enfrentamiento contra la dictadura de Fulgencio Batista. Luego del desembarco del Granma, la lucha clandestina arreció, y en Guantánamo, donde concluyó la secundaria básica, el accionar fue intenso y muchos jóvenes derramaron su sangre por la libertad de su Patria.

Ya era una jovencita cuando triunfó la Revolución, el Primero de enero de 1959. Se contagió con el fervor desatado en toda la nación en apoyo a los rebeldes. Por eso no lo dudó y formó parte de los miles de cubanos que lo largo del país respondieron al llamado del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz para librar la batalla contra el analfabetismo, aún en los lugares más remotos y de difícil acceso.

Llegó a la comunidad Los Machitos, en el hoy municipio guantanamero Manuel Tames, con su mochila, farol y muchos deseos de hacer. Pequeña, delgada y alegre, traía consigo el deseo de alfabetizar a las familias de la zona.

Hoy, los rostros de los que enseñó se han borrado de su memoria, lo que sí no ha olvidado la China, como todos la conocen, es la sonrisa de felicidad que recibió de ellos cuando aprendieron a leer y a escribir. “Eran personas muy humildes, que no tenían acceso ni a la salud ni a la educación”, dijo.

Cuenta la alegría que todos compartieron el día 22 de diciembre de 1961, cuando concentrados en la Plaza de la Revolución «José Martí», Fidel proclamó a Cuba como Territorio Libre de Analfabetismo. Ese para ella fue uno de los momentos más importantes de su vida, pues participó del gran combate contra el mal que minaba al pueblo.

Podía haber seguido desempeñándose en el magisterio, pero la atrapó para siempre el amor de su vida: Rafael Correa, a quien le decían el Galleguito, revolucionario a prueba. Con él se casó y solo los separó la muerte de su amado esposo. Fue fundadora de las Milicias Nacionales Revolucionarias, de los CDR y de la FMC, organizaciones a las que entregó sus energías.

En la senectud, aprendió computación. Ha sido una de las integrantes del Club de las Abuelas del Joven Club Cerro No. 4, ubicado en el reparto Martí. Cuando creía que ya no iba a volver a estudiar, entendió que no podía quedar atrás y que, para comunicarse con Jessie, Ianelis y Alejandro y Ernesto, sus nietas y nietos, era preciso conocer las nuevas tecnologías. Hoy no solo sabe emplear el celular, sino que domina varios programas de edición de vídeo.

La COVID-19 la mantiene sin salir de su hogar, pues tiene una edad de riesgo, y sus hijos insisten en que permanezca en casa. No obstante, ha ocupado su tiempo libre en la confección de nasobucos, para la familia y amigos. “Hay que mantenerse activa, es la mejor medicina para la salud”

Acerca del autor

Graduada en Licenciatura en Periodismo en la Facultad de Filología, en la Universidad de La Habana en 1984. Edita la separata EconoMía y aborda además temas relacionados con la sociedad. Ha realizado Diplomados y Postgrados en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí. En su blog Nieves.cu trata con regularidad asuntos vinculados a la familia y el medio ambiente.

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