La quimera pos-COVID en Europa

La quimera pos-COVID en Europa

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Por María de los Ángeles Romero

 

Parecía que la llegada del Brexit y la salida del Reino Unido sería lo más ruidoso de la evolución integracionista de la Unión Europea (UE) en la última década, pero ciertamente la era COVID-19 marcará un antes y un después en la historia de la humanidad.

 

El proyecto europeo no es ajeno al shock séptico que también han sufrido la mayoría de los bloques regionales y los sistemas económicos, a tenor de la inestabilidad del empleo, las políticas sanitarias y las relaciones mercantiles.

Con incomprensiones aún ante el fenómeno pospandémico que vive el mundo, los países de la UE intentan sortear diferencias –algunas superficiales, en su mayoría profundas– que sostienen los gobiernos nacionales, para llegar a un consenso y dar el viraje revitalizador que esperan los Estados miembros.

Justo en esa línea estaban algunos de los representantes que intercambiaron recientemente, así como la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y la del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, según los discursos de hace unos días en los que explicaron los planes con los cuales pretenden resolver dos desafíos.

El primero precisa poner en marcha el plan de recuperación económica pos-COVID. El segundo, medular incluso para el Reino Unido, se fundamenta en la intención y necesidad de la UE de cerrar la negociación amplia del Brexit con un acuerdo que preceda la salida, prevista para enero del 2021.

Sin embargo, la realidad dista de ser tan simple. La situación no es nueva ni producto de la imaginería de la veintena de países que conforman la UE. Más bien condensa la tesis de la urgencia del renacer, en imagen y liderazgo, del organismo integracionista desde su propia estructura económica y política, pues la pérdida de legitimidad es creciente en todos los sectores de Europa.

En eso de reformarse la UE ha mostrado una rigidez que la coloca en desventaja frente a organismos similares que, por demás, agrupan naciones cuyas diferencias entre ellas parecían más sutiles, como podrían ser, por ejemplo, los Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica).

 

¿Era pos-COVID o pos-Brexit?

Al proyecto europeo cada vez le cuesta más ser asociado con valores como democracia, progreso, bienestar o derechos humanos, los cuales fundamentaron la creación y evolución de la UE. Pareciera que la ambigüedad es uno de los fantasmas que les persigue desde tiempos fundacionales.

Cada avance hacia la integración se ha basado en promesas de beneficios a largo plazo que requerían sacrificios en el corto. Pero llegó el Brexit. ¿Fue una variable predecible para una nación que no hizo suya la moneda común (euro) y robusteció la propia (libra esterlina) ante cada declive económico mundial?

Muchos de los problemas de la UE provienen de las asimetrías institucionales y políticas de sus estados miembros. Por ende, la salida del Reino Unido, lejos de ser un sismo que fomente vulnerabilidades, impone un estadio nuevo para las economías del continente que ahora mismo enfrentan un cataclismo mayor, la pandemia provocada por el SARS-CoV-2.

Bajo la superficie de una realidad que cuestiona el arraigado neoliberalismo que trajo la mayor crisis en la vieja Europa, los dilemas estructurales de gestionar una moneda única y otros problemas a los que se enfrenta la UE, no vienen de los impactos económicos asimétricos previstos por los teóricos del área monetaria óptima, sino de las brechas institucionales de las economías y sistemas políticos de los Estados miembros. Estas, por su génesis histórica, no ceden fácilmente ante una reforma gradual aun cuando en los últimos años se había potenciado más desarrollo en las zonas sureñas.

Al igual que sus vecinos nórdicos, Alemania, siempre bien equipada, ha podido aplicar una estrategia, no sin detractores, influida por el pensamiento científico de su primera ministra, Angela Merkel, quien ha ampliado su liderazgo e influencia sobre sus homólogos de la región.

La prosperidad europea depende ahora no solo de las decisiones cooperadas a corto plazo para sobrevivir a la crisis, sino de las que se tomen en los países del sur y del este de Europa para invertir en el desarrollo del capital humano y de infraestructuras que les permitan alcanzar un crecimiento económico efectivo.

Es interesante cómo la era pos-COVID se presenta para algunos como una oportunidad para concretar sueños de desarrollo sostenible a corto, mediano y largo plazo. Una de ellas descansa en despertar del ralentizado almacenamiento de reservas de la Agenda 2030, la aprobación de los proyectos de ciudades verdes, que inducen a la inteligencia creativa y al diálogo ciudadano interactivo en una plataforma común con vistas a mejorar las economías y borrar las barreras fronterizas de los Estados miembros con el uso de energías renovables, además de la sinergia de redes de comunicación y transporte que faciliten ese futuro de urbes no contaminantes.

Quizás por esas prerrogativas: la adaptación al cambio climático, la salud, la lucha contra el cáncer, el desempleo, efecto primario de la pandemia, y hasta la protección de los océanos, el llamado Programa Horizonte Europa, haga posible gestar, entre tantos suspensos que hoy vive el mundo en los umbrales de la etapa pos-COVID, el crecimiento de la Unión ante su propia crisis, tras confiar en la firma de un prometedor acuerdo comercial con el Reino Unido, apenas despunte el 2021.

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