Ponerle el cascabel a…

Ponerle el cascabel a…

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Ponerle el cascabel al gato fue la solución que en la fábula infantil encontraron los ratones para saber a tiempo cuándo se acercaba y poder robar comida a su antojo, pero ninguno se atrevió llevar a la práctica la idea por encontrarla muy arriesgada.

Foto: Heriberto González Brito
Foto: Heriberto González Brito

Llama la atención que en muchos de estos cuentos los “buenos” son los ratones y el “malo” el felino, cuando este es en realidad el elemento vigilante que trata de impedir que se cometan fechorías. El cascabel, entonces ¿a quiénes habría que ponérselo?

La respuesta es a quienes actúan como ratas, intentando socavar los principios de una sociedad que ha apostado siempre por la equi­dad y la justicia. Y ello significa ponerles coto a cuanto colero, aca­parador y revendedor proceden en detrimento de la población. No ca­ben las dudas ni las vacilaciones: Hoy más que nunca batallar contra estos elementos es un imperativo.

El fenómeno del acaparamiento y la reventa de productos no es nuevo, pero cobra fuerza en nuestro entorno debido a las carencias acentuadas por el recrudecimiento del bloqueo y la presencia del nuevo coronavirus que genera ansiedad ante el desabastecimiento de artículos de primera necesidad.

Mucho se habla de los coleros que se apoderan de los espacios de los consumidores, especulan con los turnos, retienen un volumen de productos para luego revenderlos a sobreprecio…

Pero ninguno de los almacenes clandestinos bien surtidos, que más parecen tiendas por departamentos, ni los locales repletos de materiales de construcción o de otros medios muy demandados, por mencionar solo algunos ejemplos de los que han salido a la palestra pública, se forman con el aporte de coleros, por muchas ocasiones en que estos se sitúen en las filas de compra o utilicen compinches que multipliquen su presencia en ellas.

De lo que también no caben dudas es que además de estos persona­jes hay otros actores que generan malestar e irritación, invisibles a los ojos de quienes se congregan en las afueras de los establecimien­tos, porque operan puertas adentro.

Son, por una parte, los que en la tienda actúan en complicidad con los coleros para que sean los primeros en conocer qué productos se van a expender, o pasan por alto su presencia reiterada en las cajas registradoras.

Por otra parte están los autores de los desvíos de recursos dentro de las unidades de comercio o empresas, que van desde dependientes o al­maceneros inescrupulosos, custodios que se hacen de la vista gorda, ad­ministrativos sin principios, transportistas ambiciosos, contadores que falsifican documentos u otros, que a cambio de beneficios personales, se convierten en suministradores de los almacenes clandestinos. Todos ellos con responsabilidad material definida, incurren en delitos contem­plados en el Código Penal.

Si bien la población ha contribuido con sus denuncias a la realiza­ción de operativos policiales que han desarticulado muchos de los lugares donde se acumulan los bienes desviados y propiciado la de­tención de los implicados, todavía el combate contra esa cadena de corrupción no se hace con la energía que reclaman estos tiempos en el colectivo laboral.

Es desde allí que se apoya o tolera la labor de los coleros y de donde salen los productos que van a parar a manos de los revendedores, que han llegado al descaro de anunciarse en sitios de la red de redes.

La batalla contra la corrupción y el delito en las entidades estatales debe involucrar a todos los trabajadores, que junto a los cuadros ad­ministrativos, la organización sindical y las demás del centro, tienen la responsabilidad de velar, con un alto sentido de pertenencia, por la preservación de los recursos que el Estado ha puesto en sus manos.

Ocurre, sin embargo, que a menudo las irregularidades no se detec­tan desde adentro, sino en auditorías o en denuncias externas que ponen sobre aviso a las autoridades policiales y judiciales.

Imponer el orden y la disciplina, garantizar una adecuada organización del trabajo, descubrir las vulnerabilidades en los procesos productivos o de servicios —que pueden facilitar la acción de elementos deshones­tos—, son poderosas armas contra estos personajes.

Cualquier detalle que se aparte de lo establecido puede favorecer su actuación. ¿Por qué mutilar horarios en los comercios en detri­mento de quienes deben hacer sus compras? Ello no solo irrita a los consumidores, sino que la ausencia de vigilancia colectiva propicia los comportamientos delictivos.

No puede existir impunidad. A los que especulan a costa de las ne­cesidades del pueblo hay que ponerles el cascabel del cuento para no perderles la pista.

2 comentarios en Ponerle el cascabel a…

  1. hablando de revendedores y acaparadores, hace tiempo me estoy haciendo una pregunta que por mas que camino y busco no le encuentro solucion ni aun teniendo una bola de cristal, pregunto ¿ el pais no esta oferta el cigarro aroma ?. Este producto de 7.60 CUP esta desaparecido en todas las unidades de ciudad de la Habana, sin embargo no se como se las arreglan los que los venden que siempre tienen a 15.00 cup. Hay alguna solucion?

  2. «Ponerle el cascabel a…»
    Faltaría precisar e incluir a todas sus partes implicadas, así como los vericuetos para llegar hasta el barrio con ambas ofertas: la de productos subvencionados y de los no subvencionado en artículos de primera necesidad, ambas reguladas y con precios diferenciados.
    Los de mayor edad podemos recordar métodos y soluciones con fines de lucro empleados por empresas como la multinacional de la «Coca Cola»: «_tomaste 10 000 unidades por barrio, _te traigo 20 000, _no te satisfizo con esa oferta, te repito con 40 000 unidades más».
    No se hacian entonces pesquisas sobre causales de enfermedades pero de haberse hecho quién sabe si al final una de las consecuencias en los procedimientos corporativos para producir, vender y ganar más entre los consumidores de barrio podría apuntar a la necesidad de un nefrólogo para regular altos consumos de sodio, carbono, conservantes, azucares y otros elementos que podrian ampliar el abanico de especialistas de la medicina para atender otras enfermedades y dolencia locales.
    También en esa época la medicina privada propiciaba que algunos médicos actuarán como mercaderes de la salud pagados para responder intereses de los empresarios, pudo haber casos, eufemisticamente hablando, que «recetaran a al paciente tomar más Coca Cola», pastillas «chiveras» con contenidos que no matarán pero tampoco curaban ni protegían la salud, eran épocas del fervor empresarial en la carrera por el lucro. Hoy en nuestras condiciones el fervor válido es que las corporaciones se integren cada vez más a las necesidades reales de la población y la nación, sin dejar de aportar a la caja de ahorro en inversiones del país. Creo que es un concepto ya esclarecidos en las nuevas medidas cuando se habla enfáticamente que una forma de exportar es sustituir importaciones.
    El interés empresarial sin una adecuada interrelación con el interés local y global podía entonces comprometer políticas socio-territoriales. Incluyendo motivaciones de las que se aprovechan determinados coleros para sus fechorías de «lucro».
    Recordemos que muchas empresas multinacionales para incrementar las ganancias empleaban máquinas «traganikel» capaces de sustituir al mas hábil de los coleros y revendedores, estos artefactos te soltaban a cambio de la moneda una Coca Cola fría. Al final de todos estos procesos vinculados a la produccion, distribucion, comercialización y concluyendo con la realización de la ganancia incrementada estas .se atesoraban en bancos extranjeros fuera de Cuba; casi siempre en el país de procedencia de propietarios de esos consorcios multinacionales.
    ¿Cuál sería entonces la cuenta correcta para calcular una distribución verdaderamente generalizada y eficaz hasta que podamos alcanzar producciones suficientes?.
    ¿Sería a caso desaparecer el sector intermediario de la transportación y distribución de los productos y, que sean los productores quienes asuman los gastos de equipos, combustible, salarios y, quienes organicen, por sí mismo las redes de distribución y venta?, los que realicen directamente sus productos en el mercado, a riesgo de monopolizar y fragmentar el interés social territorial y generales.
    Gracia

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