Amistad entrañable

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Por: Dr. Yoel Cordoví Núñez, Presidente del Instituto de Historia de Cuba

Al indagar en el pensamiento de Máximo Gómez y José Martí observamos puntos de contacto que giran en torno a la identificación con la independencia de Cuba. Son esas confluencias las que permiten entender cómo, luego de las tempranas incomprensiones entre ambos líderes, tiene lugar el necesario acercamiento político y humano que los conduce, previa elaboración y firma de un manifiesto político, a los campos insurrectos de la colonia antillana.

Los inicios de las relaciones Gómez-Martí fueron difíciles, al punto de que este último se separó del programa revolucionario elaborado por el viejo estratega en la localidad hondureña de San Pedro Sula en 1884.

Pero las divergencias que motivaron tal decisión no residieron en contraposiciones insalvables de principios. Ambos querían la revolución y soñaban con una república independiente y soberana. Lo que se dirimía a la altura de 1884 por el liderazgo independentista cubano, luego del fracaso de la Guerra de los Diez Años, era un problema que, por su complejidad, trascendería la “tregua fecunda”: ¿cómo lograr las fórmulas de organización revolucionaria que viabilizaran las nobles aspiraciones?

Cuando Martí en la carta-ruptura del 20 de octubre de 1884, le expresó a Gómez que lo consideraba un hombre noble, pero merecía que “se le haga pensar”, estaba definiendo una postura política que, llegado el momento, daría sus frutos.

Desde luego, para “hacer pensar” al veterano de la Guerra Grande, futuro General en jefe del Ejército Libertador de Cuba, se requería afinidad de pensamiento. Conocía Martí del basamento democrático que animaba la obra del estratega. El Programa de San Pedro Sula no fue expuesto y mucho menos impuesto a un reducido grupo de patriotas. Gómez dio a conocer su decisión de que fuera sometido al análisis y aprobación de la mayoría de los componentes de la emigración. Era necesario proceder con acierto, y para ello se permitía “someter a la aprobación de las mayorías” el programa, “que puede ser acaso susceptibles a modificaciones juiciosas, sugeridas por talentos más claros.

También llegó a someter a la consideración de los cubanos militares y civiles el cargo de General en Jefe, a pesar de la oposición de algunos veteranos de la pasada guerra. Sus instrucciones no daban margen a reticencias, su nombramiento debía ser «por el voto de la posible mayoría de cubanos sean o no militares».

Para el General, «la parte militar de la revolución» estaba muy vinculada a su organización política: «Yo no comprendo una cosa sin la otra», afirmaba en una misiva al general Antonio Maceo. A los cubanos, tanto en la Isla como en el exterior, había que prepararlos. De no ser así, culminaba: «[…] no tengo la ridícula pretensión de creer que a la mágica noticia que yo, él y los demás generales, al pisar las playas de Cuba, corran los hombres a nutrir nuestras filas».

Entre 1887 y 1892 Gómez estuvo dedicado a las labores agrícolas y a otros tipos de negocios, pero desde su natal Santo Domingo conocía de las labores de organización emprendidas por Martí luego de que fracasara el Programa del 84. En una carta a José Miguel Párraga, tras exponerle la importancia de aunar a ciertos hombres para alcanzar el triunfo de una idea, agregaba: “Como Vd. recordará el primero [Martí] se disgustó conmigo, quizás tuvo razón. ¡Han pasado tantas cosas! y es conveniente tocar esas cosas”.

La integración de estos factores incidió en la acogida del proyecto de Martí luego del encuentro del 11 de septiembre de 1892. El grado de afinidad política permitió que el pensamiento del general Gómez se complementara con las orientaciones y concepciones martianas. Ese sería el sentido de los términos con que se dirigía en carta al general Serafín Sánchez en octubre de 1892:

Porque Martí y yo somos dos átomos ante la grande idea de la redención de un pueblo y por la cual ambos nos encontramos fuertemente interesados. Cuando los hombres somos afines en sentimientos, el engranaje es un hecho, los pequeños estorbos, de forma o de carácter, esos se allanan con el roce.

De esa unión nacería una entrañable amistad y de ella una mayor comprensión de los problemas que debía enfrentar la revolución que se gestaba. En otras palabras, los tres días que permaneció Martí al lado de Gómez en Santo Domingo, representaron, por sus resultados, la necesaria fusión político-militar, punto culminante de un complejo proceso de búsqueda.

El primer paso importante en esa unión fue la aprobación de las Bases del Partido Revolucionario Cubano por Máximo Gómez. Aceptar su articulado significaba reconocer, entre otras cuestiones, que la nueva etapa de lucha no quedaría reducida a su parte militar.

El punto culminante de la identificación Gómez-Martí tuvo lugar a raíz de la redacción, discusión y aprobación del documento titulado «El Partido Revolucionario Cubano a Cuba», conocido como Manifiesto de Montecristi, redactado por José Martí para exponer ante el pueblo cubano y ante el mundo, las causas y objetivos de la «guerra fatalmente necesaria».

La comprensión de los proyectos y conceptos martianos fue más allá de la firma del Manifiesto de Montecristi. Este constituyó su guía durante la guerra y, una vez firmada la paz, lo bautizó como «el Evangelio de la República».

Había tenido lugar la necesaria fusión política y humana, básica en el proceso formativo del pensamiento del estratega y en los destinos de la revolución. Identificación y lazos humanos que se mantendrían hasta la muerte del apóstol apenas iniciada la Guerra del 95. De ahí los recuerdos de Máximo Gómez, dedicados al amigo: “Duerme en paz, compatriota y amigo querido: que yo digo de ti lo que la historia ha dicho del héroe griego: bajo el cielo azul de tu patria, no hay tumba más gloriosa que la tuya”.

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