De dirigente sindical a pantrista en la zona roja (+ Fotos)

De dirigente sindical a pantrista en la zona roja (+ Fotos)

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A veces, mientras se empuja un simple carro de pantrista, en realidad se puede estar abrazando al mundo. Sobre todo si es la primera vez en tu vida que conduces un andamio metálico repleto de comida por los pasillos de un hospital. Mucho más si ese hospital alberga pacientes sospechosos de Covid-19 y tú no eres pantrista, sino dirigente sindical en una empresa de electricidad.

 

Mercedes Laffita se siente orgullosa de haber integrado el contingente de la CTC y aportar su grano de arena durante la pandemia. Foto: Lianne Fonseca

 

Te sabes inexperta en la nueva tarea. Te preocupas cuando se atascan las ruedas de tu medio de trabajo. Intentas enderezarlas para entrar al elevador y llevar el alimento hasta las salas médicas, pero el rodamiento no cede y tienes que pedir ayuda. Ya luego respiras aliviada, te secas el sudor y continúas. Sonríes internamente porque te sabes útil, aunque un pensamiento nostálgico te lacere cada vez que piensas en tu hijo, en tu único hijo.

Así, bajo ese ritual laboral y sentimental, transcurrieron las últimas semanas de la holguinera Mercedes Laffita Proenza, integrante voluntaria del Contingente 59 Aniversario de la Victoria de Playa Girón, conformado por la Central de Trabajadores de Cuba en Holguín para apoyar las labores higiénicas en el Hospital Clínico-Quirúrgico Lucía Íñiguez, donde se atienden pacientes con síntomas respiratorios.

 

Fueron 25 días lejos de casa, pero hoy, cuando disfruta de la compañía de su hijo, sabe que valió la pena cada jornada. Foto: Lianne Fonseca

 

La secretaria del Buró Extraterritorial de la Empresa Eléctrica Provincial no lo pensó dos veces cuando fue convocada a combatir de frente al nuevo coronavirus. “Yo me dije, como cubana y buena patriota, es mi momento de dar el paso al frente, de decir ¡yo sí puedo!

“Fue una batalla titánica, aunque desde afuera se vean las cosas fáciles. En los 11 días que estuve en el Clínico me desempeñé como pantrista, una tarea difícil. Después que se rompía la inercia, el carrito andaba bien, pero cuando tenía que entrarlo al ascensor o sacarlo, las ruedas se pegaban.

 

Sus compañeros de trabajo de la Empresa Eléctrica se preocuparon en todo momento por ella. Foto: Lianne Fonseca

 

“Atendí una sala con 21 pacientes y otra con 27 trabajadores de la salud, que a su vez trabajaban directo con sospechosos. Allí, todos funcionamos como una verdadera familia. No existía aquello de si se era o no médico o enfermera. Siempre estuvo presente la unidad que caracteriza a los cubanos.

“El primer día trabajé acompañada por la pantrista profesional de la sala, que me enseñó cómo era el gramaje y me aconsejó no quitarme los guantes cuando entrara a las salas. Ese día me sentí muy cómoda, pero al día siguiente, en menos de 24 horas, yo era dueña y señora de aquellos pacientes y médicos.

“Cuando entré sola por primera vez a una de las salas, les dije a los presentes que por favor me disculparan, pero que por su salud y por la mía debíamos cumplir con lo que estaba orientado. Ellos debían extender su brazo y yo extender el mío para darles los medicamentos, y a la hora de ellos acercarse a coger su alimentación debían de girar su cara hacia el hombro izquierdo. “Fueron pasando los días y me fui aclimatando a la labor que desempeñaba y los temores fueron disminuyendo. Un día sí me sentí asustada, porque cuando me miré las manos, vi que me había hecho dos heriditas y pensé que quizás el virus podía entrar por ahí. Rápidamente me eché alcohol, pero me quedó el miedo.

“Ya luego, durante la etapa de aislamiento en Villa El Cocal, siempre tenía el temor de lo que me había sucedido. La noche antes de que me dieran el resultado del PCR eran las 3:24 a.m. y no había podido dormir. Yo tengo un solo hijo y solo pensaba en él y me decía, ay dios mío, mañana está el resultado…

Mercedes ha hablado fluidamente. Está contenta de haber regresado sana a casa justo el día de las madres. Subraya que pudo apreciar de cerca la atención que se le brinda a cada paciente. Desgrana cada experiencia de sus últimos días. Pero al rememorar sus angustias, el llanto le impide seguir narrando.

 

En su barrio del Reparto Pueblo Nuevo, sus vecinos le agradecieron su gesto humanista. Foto: Lianne Fonseca

 

La emoción contenida durante 25 días se le convierte en lágrimas. Pero las seca y continúa orgullosa porque sabe que, atrincherada tras un carro de pantrista, ha dado su abrazo solidario al mundo y a Cuba.

 

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