Tributo, ayer y siempre (+ Fotos)

Tributo, ayer y siempre (+ Fotos)

Por  Julio García Luis

La imagen pertenece a la historia y el tiempo no la desvanecerá: simultáneamente, en la tarde del 7 de diciembre de 1989, el día en que Cuba recordaba el aniversario 94 de la muerte en combate del Mayor General Antonio Maceo y su ayudante, el capitán Francisco Gómez Toro, y en sus figuras a todos los mambises caídos en las guerras por la independencia, en los 169 municipios del país se pusieron en marcha los cortejos fúnebres para llevar hasta su último destino el Mausoleo de los caídos por la defensa, los restos de los combatientes internacionalistas que perdieron su vida durante los más de 13 años de presencia solidaria cubana en Angola, y en otros escenarios de ayuda a pueblos hermanos, como Etiopía y Nicaragua.

Un total de 2 mil 85 combatientes murieron en el cumplimiento de misiones militares, y otros 204 fallecieron mientras realizaban misiones civiles, en total 2 mil 289.

El Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias habían cumplido siempre, escrupulosamente, el deber de informar a los familiares de cualquier baja que se producía en Angola, bien a causa de combates, o de accidentes o enfermedades.  Sin embargo, resultaba imposible, en las condiciones de guerra en un territorio lejano de Africa, pensar en repatriar los cadáveres y sepultarlos en sus lugares de origen.  En la tradición y la cultura de los cubanos, no obstante, esta era una profunda aspiración, vinculada al orgullo de padres, hijos, esposas y hermanos por quienes entregaron lo más preciado, sus propias vidas, por los principios de la Revolución y la hermandad entre los pueblos.

Fidel había declarado que de Angola, cuando terminara la guerra, sólo nos llevaríamos la satisfacción del deber cumplido y los restos de nuestros compañeros.  Ese momento llegó después de los acuerdos de paz de diciembre de 1988, que pusieron fin a las incursiones de los racistas sudafricanos dentro del territorio de Angola e hicieron posible la independencia de Namibia, a la vez que dieron una importante contribución al proceso político interno que liquidaría en los años siguientes el oprobioso sistema del apartheid.

La Operación Tributo constituyó un modelo de organización y de precisión logística. En todos los municipios del país fueron erigidos los sobrios mausoleos que acogieron los restos. Con solemnidad fueron previstos hasta los menores detalles de una ceremonia que no tenía precedentes en la vida nacional.

Desde el punto de vista humano, resultaría pálido todo intento por describir lo ocurrido desde la noche anterior,  cuando fueron colocados en un lugar público de cada localidad las urnas y ataúdes, cubiertos con la bandera cubana y presididos por sendas fotografías de los internacionalistas. Cada familia llegó al final de un largo camino de dolor y de espera, y volvió a vivir, rodeada por los amigos y vecinos, una despedida aplazada por años.  Pero aquellos muertos ya no pertenecían sólo a sus allegados. Ahora eran de todos. Todos eran padres, hermanos, esposas e hijos. Y cuando llegó la hora de la partida, y sonó la marcha fúnebre, y las unidades que rendían la guardia de honor respondieron a la voz de mando con paso marcial, y las banderas se elevaron gallardas, fue el pueblo entero el que se alineó en las calles para rendir tributo a aquel pedazo de sí mismo que recorría su último camino, y el pueblo entero derramó lágrimas ardientes.

 

Fidel habló al país y al mundo desde el Cacahual, cuando al caer la tarde se cerraban los nichos y sonaban las salvas por todo el país. Sobre Cuba se acumulaban los signos de las nuevas dificultades, provenientes de derrumbe en marcha en Europa Oriental y la URSS. Fue como si una página se cerrara y otra se abriera en la vida de la Revolución. Tributo era el símbolo de que ahora el internacionalismo tendría que ejercitarse, ante todo, en la defensa de nuestra tierra y nuestras ideas.

 

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