Un consultorio en medio de Malabo

Un consultorio en medio de Malabo

Gisela reconoce que 17 años como médico de familia en Santa Clara es lo que le ha permitido soñar y poner en práctica muchos servicios similares a los de Cuba en Guinea Ecuatorial. La población dejada en la capital villaclareña le escribe a menudo a estas tierras africanas. Enseña con orgullo la carta de un joven de 16 años al que atendió desde que estaba en el vientre de su madre en el primer año de labor en su consultorio.

 

Gisela en su consulta del Centro de Salud Madre Bisila. Foto: Joel García

 

“Esos son los momentos felices que guardamos los médicos de familia. El paciente nunca se olvida del médico que por años ha estado a su lado en lo bueno y en lo malo”, señaló.

Sin embargo, lo que más le recuerda su trabajo en el barrio El Condado es el Centro de Salud. “Sé que he hecho de él un consultorio. Y eso me ha dado fuerza para emprender todo lo que parezca imposible en este país”.

Nacida en el municipio villaclareño de Placetas, Gisela no olvida que para esta misión ha contado con un gran apoyo de su “numerosa y linda familia” -más de 20 personas- que cuidan de su hija Patricia, de 11 años, de la que nunca se había separado.

Cuando el 14 de diciembre del 2000 recibió el certificado de mejor coordinadora de la brigada médica en la Isla de Bioko, nuevas tareas brotaron en su mente. La más ambiciosa, hacer el diagnóstico de salud de un grupo poblacional. Aún no se ha escogido el barrio, pero ya está presta a vivir las emociones, que por duras intensas no le impedirán un final exitoso.

 

Gisela, madrina y doctora por siempre

Como casi todos los meses, la madre de Estivaliz Malés acudió a la consulta en el Centro de Salud. La niña con malformaciones múltiples va en brazos y Gisela no pierde tiempo para cargarla.

“¿Cómo está la niña? ¿Le has hecho todo lo que le indiqué el mes pasado? “Sí, doctora.” La mujer duda, cavila la próxima palabra, esconde los ojos hasta que se decide: “¿Por qué tiene que pasarme esto a mi?” Rompe el llanto “¿Qué daño le he hecho al mundo?” Gisela respira y comprende tanta amargura.

Le habla fuerte y preciso. Lo primero que le recuerda es que esa es su hija y que mientras viva hay que cuidarla y quererla como si fuera normal. Que en el mundo la felicidad está en todas partes y que la de ella tiene el nombre de Estivaliz Malés. La madre lloró y le agradeció a la doctora todos los consejos que le daba, pero…

No habían pasado 15 días, la madre volvió a la consulta. Esta vez iba sola.

Pidió ver a Gisela y le entregó un papel del padre de la niña en el que pudo leer: “Doctora, queremos que usted sea la madrina de Estivaliz. El bautizo será …” Gisela miró a la madre y sonrió.

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