Las armas más poderosas

Las armas más poderosas

La concepción de lucha de Fidel estuvo signada siempre por dos armas que resultaron las más poderosas, el optimismo y la fe en la victoria. Lo demuestra su conocida frase pronunciada en el exilio mexicano: “Si salgo, llego; si llego, entro; si entro, triunfo”.

 

Cada una de esas afirmaciones constituía un desafío. En México, los futuros combatientes se desenvolvieron con la mayor austeridad por la escasez de recursos; fueron sometidos a una estrecha vigilancia por los agentes batistianos que operaban en ese país;  junto al Che y otros combatientes a Fidel lo detuvieron, varias casas-campamentos quedaron descubiertas y parte de las armas resultaron  incautadas.

Era un duro golpe, pero ningún inconveniente impidió que el compromiso hecho con el pueblo cubano de reiniciar la batalla por la libertad se cumpliera. Por el contrario, tras la salida de los establecimientos de la policía mexicana, se aceleró la conspiración revolucionaria.

En una carta a sus compañeros del Movimiento, que se encontraban en Cuba, Fidel manifestó su voluntad de sobreponerse a las dificultades: “Tal vez si el camino fuera fácil, no me sentiría tan feliz y animado. ¿En qué podríamos parecernos entonces a los que en otros tiempos hicieron la independencia de Cuba frente a obstáculos cien veces mayores?”.

Con mal tiempo y la prohibición de salida para navegar, zarpó el Granma de Tuxpan el 25 de noviembre de 1956. Resultó una travesía azarosa, que por retrasarse  no coincidió con la fecha del alzamiento de Santiago de Cuba,  concebido en apoyo al desembarco. La llegada, acompañada del hostigamiento de la aviación enemiga y  la agotadora prueba que significó para los combatientes atravesar una zona de pantanos y manglares, sumada a los días de hambre y de mareos padecidos durante el viaje, los convirtió,  como los describió el Che, en “un ejército de sombras”.

Poco después ocurrió el ataque devastador de Alegría de Pío, la dispersión del contingente y el asesinato de muchos de sus miembros por el ejército de la tiranía. Tal fue el trágico comienzo de una epopeya emancipadora en la que los hombres se crecieron ante la adversidad y se fortalecieron con la justeza de sus ideales.

El pequeño núcleo inicial con que Fidel emprendió la lucha armada se multiplicó para escribir, a fuerza de coraje y convicciones, episodios de leyenda, como que 300 rebeldes pudieran derrotar una poderosa ofensiva de la dictadura que contó con 10 mil soldados bien equipados y entrenados, lo que constituyó el principio del fin de aquel régimen de oprobio.

El triunfo del Ejército Rebelde demostró la certeza de las palabras del Comandante en Jefe cuando aseguró que si salía de México, llegaba a tierra cubana y si lograba entrar, triunfaba. Más que una profecía  era una  certeza basada en la confianza absoluta en el apoyo del pueblo, con el que contaba para reiniciar la pelea por la libertad, como les aseguró a sus interrogadores en el juicio del Moncada, y del que estaba convencido saldrían los mejores combatientes. De ese modo, nuestras Fuerzas Armadas Revolucionarias fueron desde aquel 2 de diciembre y siguen siendo el pueblo uniformado.

El camino no iba a ser fácil, les advirtió el Comandante en Jefe a sus compatriotas desde el mismo enero victorioso de 1959. Pero ya las masas habían adquirido conciencia de su fuerza y se hallaban decididas a emprender un camino independiente.

Aprendieron a resistir la agresividad de la superpotencia del Norte, a propinarle su primera gran derrota militar en América Latina en las arenas de Playa Girón, a erguirse como un Maceo ante el peligro de una guerra nuclear, a derrotar  la contrarrevolución interna y a mantenerse firmes cuando muchos pensaban que, por el efecto dominó, caería el proyecto socialista cubano.

Guiada por Fidel, Cuba se convirtió en un referente de dignidad ante los ojos del mundo, en un ejemplo de lo que una pequeña nación puede hacer por sí misma y por los demás, compartiendo lo que los cubanos convertimos en conquistas: salud y educación, y luchando con las armas siempre que fue necesario por la liberación de otros pueblos, en desinteresado y generoso gesto internacionalista.

Frente al recrudecimiento del bloqueo genocida, la Ley Garrote,  y los continuos traspiés elucubrados por el actual inquilino de la Casa Blanca en su empeño por doblegarnos, el legado de verde olivo del Comandante en Jefe, que nos hizo libres y lo vistió de gigante, nos inspira a seguir adelante sobreponiéndonos, con optimismo y fe en la victoria a cualquier escollo, como lo hicieron aquellos que arribaron a la patria el 2 de diciembre de 1956.

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