Fidel y la cultura en Revolución

Fidel y la cultura en Revolución

1961: Se vivían tiempos de entusiasmo renovador, de apoyo popular a medidas que transformaban desde el fondo las estructuras vigentes, de heroica resistencia a los ataques de la reacción. Tiempos de Revolución naciente.

Apenas unos meses antes, Fidel había declarado ante el pueblo el carácter socialista del proceso. Se vivían tiempos, también, de dudas e inquietudes, de fuertes polémicas filosóficas sobre el rumbo que seguiría el país, de enconados debates dentro de una intelectualidad que asistía a la consolidación de un modelo de sociedad absolutamente original.

 

Fidel mantuvo permanentemente encuentros con la vanguardia artística y literaria de la nación. En la foto, junto a Nicolás Guillén.
Fidel mantuvo permanentemente encuentros con la vanguardia artística y literaria de la nación. En la foto, junto a Nicolás Guillén.

Los días 16, 23 y 30 de junio tuvieron lugar, en el salón de actos de la Biblioteca Nacional José Martí, encuentros entre la dirigencia revolucionaria, encabezada por el Comandante en Jefe Fidel Castro, y los más importantes escritores y artistas.

En un clima de respeto y sinceridad, los creadores expusieron sus puntos de vista sobre la actividad cultural, los problemas del acto mismo de hacer arte y literatura, y las relaciones con las autoridades correspondientes.

Fue, al decir del propio Fidel, una “discusión instructiva”, no exenta de fuertes contradicciones, pero tampoco de interés común de encontrar un camino conciliador.

El discurso de conclusiones del líder de la Revolución, conocido después como Palabras a los intelectuales, fue de hecho el primer testimonio de una política cultural que se fue fraguando, con evidentes realizaciones e incluso con errores, en los años posteriores.

Pero en ese preciso momento fue una respuesta diáfana y coherente a las inquietudes de los participantes, una declaración de principios y procederes que afianzó la confianza de la mayoría de los artistas y escritores en una revolución económica y social que tenía que producir inevitablemente una revolución cultural en Cuba.

El panorama era particularmente complejo: pocos intelectuales tenían una noción clara del potencial y las necesidades de un proceso revolucionario en el sector cultural. Para buena parte de ellos, la Revolución constituía un evento de consecuencias poco calculadas para la libertad creativa.

No es que se recelara de la necesidad de un cambio radical en el estado de la nación. De hecho, muchos artistas ya se beneficiaban de las medidas del Gobierno revolucionario. Las condiciones laborales habían cambiado.

Pero ¿hasta qué punto esa transformación implicaría un estremecimiento en el ámbito más personal e independiente de la creación? ¿Qué rol desempeñarían las nuevas autoridades culturales? ¿Ofrecerían recursos a cambio de sumisión a políticas dogmáticas? ¿Cómo “castigarían” a los que decidieran quedar al margen?

Ejemplos de una cultura “domesticada” había ciertamente en otros procesos revolucionarios. Además, la propaganda antimarxista de tantos años había hecho lo suyo. Y en el sector intelectual, las necesidades e inquietudes del individuo iban muchas veces por encima de las del grupo.

Era imprescindible una respuesta inequívoca sobre estos aspectos.

Casi al principio de su discurso, Fidel reconoció que el problema fundamental era el de la libertad de creación.

En ese sentido, fue claro, afirmó que “la Revolución defiende la libertad; que la Revolución ha traído al país una suma muy grande de libertades; que la Revolución no puede ser por esencia enemiga de las libertades; que si la preocupación de alguno es que la Revolución vaya a asfixiar su espíritu creador, que esa preocupación es innecesaria, que esa preocupación no tiene razón de ser”.

Para todos quedaba claro que se respetaría absolutamente la libertad formal, que no se impondrían estilos “oficiales” que homogeneizaran la creación, que no se limitaría de ninguna manera la originalidad y la capacidad de innovación.

Mucho más delicado era el tema de la libertad de contenido. Fidel consideró que en el caso de los escritores y artistas revolucionarios, esa no era una preocupación, pues ellos serían capaces incluso de poner la supervivencia de la Revolución por encima de su propia vocación.

Pero había otros creadores que, sin ser contrarrevolucionarios (el contrarrevolucionario “sabe lo que tiene que hacer, ese sabe lo que le interesa, ese sabe hacia dónde tiene que marchar”), tampoco se consideraban revolucionarios.

Fidel expresó entonces su concepción de que la Revolución es la expresión más auténtica de las aspiraciones de las grandes mayorías del pueblo: “para nosotros será bueno lo que sea bueno para ellas; para nosotros será noble, será bello y será útil todo lo que sea noble, sea útil y sea bello para ellas”.

Y añadió: “los revolucionarios son la vanguardia del pueblo, pero los revolucionarios deben aspirar a que marche junto a ellos todo el pueblo; la Revolución no puede renunciar a que todos los hombres y mujeres honestos, sean o no escritores o artistas, marchen junto a ella”.

Consideró, de esa manera, que el proceso tenía el deber de acoger a todos, con excepción, por supuesto, de los claramente reaccionarios.

Pensaba que se debería actuar “de manera que todo ese sector de artistas y de intelectuales que no sean genuinamente revolucionarios, encuentre dentro de la Revolución un campo donde trabajar y crear y que su espíritu creador (…) tenga oportunidad y libertad para expresarse dentro de la Revolución”.

Para Fidel, “la Revolución tiene también sus derechos, y el primer derecho de la Revolución es el derecho a existir, y frente al derecho de la Revolución de ser y de existir, nadie”.

Lo resumía en la que probablemente sea la más célebre frase de ese discurso: “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”.

No era una posición de fuerza o capricho, sino de lógica: “Por cuanto la Revolución comprende los intereses del pueblo, por cuanto la Revolución significa los intereses de la nación entera, nadie puede alegar con razón un derecho contra ella”.

Ese derecho a existir del proceso, que no consideraba enfrentado al de los artistas y escritores a crear libremente, lo complementaba con el deber de crear las condiciones que permitieran el desarrollo de todas las manifestaciones, haciendo particular énfasis en la labor formativa del talento, estuviera donde estuviera.

La Revolución estimularía la comprensión y disfrute del arte por parte de todo el pueblo, y pedía de paso a los artistas que se esforzaran por hacer llegar sus creaciones a la mayor cantidad de personas, sin menoscabo de su calidad estética.

A casi seis décadas de su formulación, Palabras a los intelectuales sigue siendo uno de los documentos rectores de la política cultural de la Revolución cubana.

En primer lugar, porque asumió el reto de articular un original sistema en el continente: el de la cultura en un proceso revolucionario. Asumiendo, de paso, la esencia permanentemente renovadora del proceso, que implicaría, necesariamente, la actualización de las maneras de pensar y actuar.

Su impronta (más allá de erróneas interpretaciones y aplicaciones en algunas etapas de la Revolución) ha sido palpable en posteriores empeños, como la Tesis y la Resolución aprobadas por el Primer Congreso del Partido, y los preceptos sobre educación y cultura de la Constitución de la República, que garantizaron, en buena medida, la rectificación de tácticas dogmáticas y reduccionistas.

Es, además, testimonio de la vocación humanitaria de la Revolución.

Fidel lo resumía: “Estamos pidiendo el máximo desarrollo en favor de la cultura, y muy precisamente en función de la Revolución, porque la Revolución significa, precisamente, más cultura y más arte”.

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