La insurrección armada como única solución

La insurrección armada como única solución

La triunfal entrada del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz a La Habana, el 8 de enero de 1959, no solo fue prueba irrefutable de la victoria del Ejército Rebelde por él conducido, sino también el cumplimiento de la palabra empeñada poco antes de partir al exilio, el 7 de julio de 1955.

 

 

El 15 de mayo de 1955, Fidel y los restantes combatientes del 26 de julio de 1953 fueron liberados gracias a un fuerte reclamo popular. Foto: Archivo

Puesto en libertad el 15 de mayo de ese año gracias al reclamo popular, al infatigable revolucionario condenado a prisión por los sucesos del 26 de julio de 1953 en Santiago de Cuba y Bayamo, no le quedó otra opción que marchar a México firmemente decidido a organizar la lucha armada contra la tiranía impuesta por Fulgencio Batista Zaldívar.

Pocas horas después de abandonar el presidio de Isla de Pinos –hoy Isla de la Juventud–, declaró a la prensa su disposición de permanecer en Cuba y combatir frontalmente al régimen.

El periódico La Calle, propiedad de Luis Orlando Rodríguez, fue el órgano donde casi a diario, y sin censura, pudo publicar sus artículos, dirigidos a denunciar las tropelías cometidas por el Gobierno de facto instalado en el país, y los desmanes y atropellos de los cuerpos represivos. También la revista Bohemia y otros medios radiales y televisivos le concedieron espacio para su titánica batalla.

No dudó Fidel en romper lanzas contra quienes lo atacaban a él y a sus compañeros de ideales. Vibrante fue su respuesta a una carta publicada en Bohemia, el 22 de mayo, en la cual el coronel Alberto del Río Chaviano acusaba de criminales a los heroicos participantes en las acciones de 1953 en la entonces provincia de Oriente.

Bajo el contundente título Mientes, Chaviano, el día 29, mediante la propia revista, luego de preguntarse si lo expuesto por el asesino del Moncada formaba parte de un plan de provocaciones, le manifestó: “En Cuba estamos a pesar de todos los riesgos, y nuestros pechos limpios se yerguen sin temor a la bala homicida y mercenaria”.

Con filoso e indignado verbo también arremetió contra el ministro de Gobernación, Santiago Rey Pernas, quien al apoyar la falaz carta de Chaviano consideró injuriosa, calumniosa y delictiva la viril respuesta de Fidel. En la edición de La Calle correspondiente al 30 de mayo, le espetó: “No es con amenazas como debe responderse a las verdades de mi artículo. Las amenazas, además, de nada valen, donde no existe el temor. No hay injuria ni calumnia donde se habla con verdades irrebatibles”.

Mientras tanto, no dejaba de trabajar intensamente en la estructuración del Movimiento Revolucionario 26 de Julio como órgano supremo para la conducción de la lucha, cuya dirección nacional quedó oficialmente constituida el 12 de junio de 1955.

Pero el régimen no podía soportar tanta dignidad y valentía, y en un intento por silenciarlo lo privó de los espacios en los medios de comunicación masiva. Al propio tiempo, lo mantenía discreta y constantemente vigilado, en espera de la oportunidad propicia para eliminarlo.

El 13 de junio la tiranía prohibió sus presentaciones en Unión Radio y el canal 11 de la televisión; y tres días más tarde, clausuró el diario La Calle. Lo privaba así de cualquier forma de expresión.

Refiriéndose a la imposibilidad de comparecer en la televisión, hablar, escribir y realizar actos públicos, en los primeros días de julio declaró a Bohemia: “(…) a mí, que soy un ciudadano igual que los demás y con los mismos derechos, de acuerdo con una Constitución supuestamente en vigor, no se me permite en absoluto ninguna de esas actividades lícitas (…)”.

Su vida corría inminente peligro y se impuso el exilio. A ello se refirió en las declaraciones antes citadas: “(…) Ya estoy haciendo la maleta para marcharme de Cuba, aunque hasta el dinero del pasaporte he tenido que pedirlo prestado, porque no se va ningún millonario, sino un cubano que todo lo ha dado y lo dará por Cuba. Volveremos cuando podamos traerle a nuestro pueblo la libertad y el derecho a vivir decorosamente (…).

“(…) Cerradas al pueblo todas las puertas para la lucha cívica, no queda más solución que la del 68 y el 95. Hay que reparar el ultraje que significa este régimen para todos los que han caído por la dignidad de Cuba (…)”.

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