La encrucijada migratoria del gobierno mexicano

La encrucijada migratoria del gobierno mexicano

Por Luis Manuel Arce, corresponsal jefe de Prensa Latina en México

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, colocó al gobierno de México en una dramática encrucijada político-económica con su amenaza de aplicarle una sanción arancelaria progresiva si no frenaba la migración.

Migrantes en frontera México-EE.UU
Foto: AFP

La idea era gravar con 5 por ciento absolutamente todos los productos mexicanos que entran a Estados Unidos, y aumentar en 5 más cada mes hasta llegar a 25 por ciento en octubre, lo cual en la práctica significaba apretar tanto el torniquete que para esa fecha la economía mexicana estuviese en recesión, hecha añicos, en una crisis total.

El riesgo era muy grande también para Estados Unidos y en general para todos, porque una crisis comercial-financiera como la que estallaría antes de octubre, se propagaría como una mancha de petróleo en el océano hacia todas partes del orbe, como ocurrió en 2007-2008 con las hipotecas basura con las que Washington contaminó al mundo.

Trump intentó despejar de dudas a los inversores al asegurar de forma mentirosa que a Estados Unidos no le interesa México, cuando este país es uno de los soportes más importantes de su economía. Por supuesto, sí tiene razón cuando al mismo tiempo asegura que, por el contrario, para los mexicanos los estadounidenses son más trascendentes.

Ciertamente, la aplicación de esos impuestos hubiera tenido un efecto demoledor directo sobre el crecimiento de la economía mexicana, la inflación se hubiera disparado, y el tipo de cambio del peso frente al dólar se deterioraría en grados insoportables.

Pero una crisis mexicana repercutiría muy fuertemente en Estados Unidos dado el enorme volumen del intercambio comercial y los fuertes nexos en los asuntos financieros e incluso de producción de mercancías.

México exportó a Estados Unidos en 2018 mercancías por 349 mil 600 millones de dólares, cantidad que representó 83 por ciento de las exportaciones nacionales, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) y la Secretaría de Economía, y esa cantidad no es ninguna bicoca. El sector exportador contribuye con una tercera parte del valor total de la economía mexicana.

En el primer cuatrimestre de este año, México contribuyó con 14,5 por ciento de las importaciones totales de Estados Unidos, con lo que se ubicó en el segundo sitio entre los principales proveedores de mercancías a ese país, después de China (16,6 por ciento), y no son cantidades a despreciar.

En ese panorama real, ¿qué impacto hubiera tenido el plan arancelario de castigo de Trump a México? En primer lugar hubiera representado un costo para los consumidores estadounidenses de 17 mil millones de dólares, según el Grupo Consultor de Mercados Agrícolas, por el encarecimiento de los productos mexicanos que son parte inexcusable del consumo tradicional en ese país.

Allí se cuentan autopartes, autos, televisores, electrodomésticos y bienes de consumo cotidiano como cerveza, aguacate, mango y tomate, entre muchos otros. El impacto para México en la economía y las finanzas hubiese sido peor, por supuesto, comenzando por su moneda que, al perder valor de cambio elevaría los costos de las importaciones, incluida la gasolina y el diésel.

También aumentaría en forma absoluta el monto de las deudas pública y de empresas cuyo servicio se paga en moneda extranjera, amén de que las expectativas de crecimiento del Producto Interno Bruto, de por sí en precario, habría bajado no menos de dos décimas porcentuales a 1.3 por ciento o quizás menos, así como un aumento de un cuarto de punto en la tasa de interés de referencia, actualmente en 8.25 por ciento.

Eso es con un 5 por ciento, pero Trump había amenazado con elevar progresivamente en otros 5 cada mes hasta llegar a un explosivo e insoportable 25 por ciento en octubre si es que la economía resistía no entrar en crisis antes de esa fecha como era lo presumible.

El presidente Andrés Manuel López Obrador se dio inmediatamente cuenta de la maquiavélica maniobra de Trump y acusó a Estados Unidos de mezclar el tema migratorio con el económico como si el primero dependiera del segundo de forma inextricable al condicionar la aplicación de los impuestos a un freno de la migración.

De esa manera convirtió el arancel en un castigo, no un hecho económico o comercial, y colocó al gobierno de López Obrador en una encrucijada porque lo atacó por dos flancos muy sensibles para un gobernante muy popular dentro y fuera de México: el económico a fin de castrar su estrategia antineoliberal, y el migratorio afincado en una visión social y humanista del problema.

En ambos casos, el antineoliberal y el humanista, el mandatario mexicano está muy comprometido. En el primero por la batalla contra la corrupción y la impunidad la cual asume como un principio ético y moral de su gobierno, y como una categoría económica de su estrategia para convertir a México en una potencia emergente.

En el segundo, su enfoque humanista de la migración, por la connotación política e ideológica que le confiere al apego del ser humano a sus raíces. El hombre no emigra porque lo desea, sino porque tiene necesidad de hacerlo, repite constantemente.

Sus programas de bienestar social, que son numerosos y cubren a la persona desde la asistencia a guarderías hasta el adulto mayor con una buena asignación presupuestal, tienen la impronta del arraigo al hábitat.

Ligar, como hizo Trump, temas tan dispares en una acción única como si fueran caras de una misma moneda, fue maquiavélico pues sabía que López Obrador no podía poner en riesgo la estabilidad económica del país y de aplicarse el impuesto progresivo, los daños a todo el aparato productivo y al sistema financiero iban a ser demoledores.

Trump prefería enfrentar el peligro de las consecuencias negativas que acarrearía a Estados Unidos la imposición de un arancel chantajista, que ceder en un tema que ya formaba parte de toda la parafernalia electoral signada por el momento político de Estados Unidos. Su imagen de hombre duro ante todo, en consonancia con su lema de Estados Unidos primero.

Por ello la creencia del canciller Marcelo Ebrard, de que es muy difícil que la Casa Blanca reconozca que la única solución al éxodo es acabar con la pobreza, y eso explica por qué Trump y sus congéneres ni siquiera se toman el trabajo de analizar las causas de la migración y solo ven sus efectos.

La situación no deja de ser complicada para el Estado mexicano -que logró frenar las anunciadas tarifas arancelarias-, pues si no hay la colaboración del propio gobierno de Estados Unidos, de Canadá y de Naciones Unidas para crear las condiciones mínimas a fin de frenar la migración en los países emisores, no habrá ejércitos ni fronteras que contengan la avalancha de gente desesperada que no desea morir sin antes intentar vivir mejor.

¿Qué va a hacer México solo ante tan fenomenal problema? He ahí la encrucijada migratoria que le ha dejado el gobierno de Donald Trump.

(Tomado de PL)

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