Hacer nuestro vino

Hacer nuestro vino

Aún recuerdo el furor que experimentó mi barrio ante la inminente victoria de Mijaín López en Río 2016, el cual me obligó a interrumpir la siesta, lanzarme sin más de la cama y correr hasta el televisor para aportar mis gritos a la algarabía general.

Yo, que de lucha grecorromana sé lo mismo que mi abuela de Internet, me quedé absorta mirando la pelea y siguiendo cada gesto del cubano hasta que no quedaron dudas de que el turco había “mordido” el tatami y “saboreado” la derrota ante aquel negrón “poseído” que nos regalaba otra presea dorada.

No miento cuando digo que se me erizó la piel. El orgullo me poseyó como lo hizo, estoy segura, con millones de cubanos más, que sintieron en ese instante la satisfacción de pertenecer a este trozo de tierra.

Ese estremecimiento de amor por el país lo he sentido muchísimas otras veces. Lo he sentido en mí y lo he percibido en los demás. A menudo en los acontecimientos más simples y hasta en las personas menos esperadas, como en esa anciana que milita sin carné, porque adora a Dios pero ama a Fidel, o en aquel muchacho emigrado que confesó que no quiere morirse “allá” donde los logros materiales no lo llenan, sino aquí, cerca de los suyos, donde la felicidad de “estar” lo abrasa más que el sol.

Así, tanto a flor de piel como insospechado o silencioso, el patriotismo nos habita. El cubano quiere a Cuba a prueba de balas. Más allá de las fatigas cotidianas, los precios exorbitantes y los “delgadísimos” salarios, e incluso, a pesar de la distancia. No sé si otro país logre como nosotros esa simbiosis perfecta entre geografía y población, esa pasión, ese amor extraño, que admite desencuentros, pero no divorcios.

Y así, mientras cavilo sobre ese viejo sentimiento, al que nos atamos con el mismísimo cordón umbilical y al que luego el aula y la vida nos permite agrandar, pienso en la necesidad de que cada uno no solo sienta el patriotismo, sino que asimismo lo proyecte, de forma que el amor convierta “en milagro el barro”.

No puede regenerarse un país sin que sus ciudadanos sientan como suyo cada problema, cada infortunio y también cada victoria, por mínima que sea. No puede regenerarse un país sin que sus habitantes amen su cultura, respeten las tradiciones, luchen por el bien común y sientan que fue bueno nacer aquí, donde no han tenido demasiado pero lo han tenido todo.

Y “todo” no es sinónimo de carro, celular o jacuzzi. “Todo” se parece más al barrio de la infancia en el que te espera una abuela y una bandada de primos para interesarse por tus éxitos o problemas y contarte los suyos entre risas o entre lágrimas. “Todo” se parece más a la maestra de primaria que te abrió el camino desde aquella polvosa pizarra o a esos “buchitos” de café que degustas de casa en casa, sin prisas, sin miedos, sabiéndote siempre escoltado.

Cuba es eso y mucho más. Por eso, no creo que quererla bien y pensarla grande puedan ser tareas aplazables. Estamos aquí y ahora para respetar el pasado y construir el futuro. Y no es simple palabrería. Es verdad demostrada que negar al país y su potencial es anularnos a nosotros mismos. Es enfermizo despreciar la semilla de donde emergimos o creer que es inferior lo que hacemos. Esas actitudes crean a la larga una baja autoestima nacional, que sin ser médicos, sabemos que destruye “las defensas”.

Como en las mejores recetas, hacer patria lleva su dosis exacta. No debe ser pasión ciega que impide ver lo que ha de verse. Eso sí, en la fórmula no pueden faltar la paciencia y el trabajo abnegado, menos la habilidad para darnos cuenta de que hay atajos que solo conducen a oasis baratos. Y lo barato… ya ustedes saben. En fin: es más sano y rentable hacer nuestro propio vino.

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