El alzamiento de los patriotas villareños

El alzamiento de los patriotas villareños

Reflexiones a 150 años de una fecha memorable

Por Manuel Martínez Casanova. Doctor en Ciencias Filosóficas. Profesor Emérito de la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas. Académico Correspondiente de la AHC. Secretario Ejecutivo del programa de CTI “Identidad cultural cubana y latinoamericana. Vías  para fortalecerla ante  las  Transformaciones Económicas y Sociales en  el Mundo Contemporáneo”.

Hay fechas que poseen significación para todos los tiempos, incluso, mas allá de las fronteras locales donde los hechos ocurridos suelen tener sus consecuencias inmediatas.

Una de estas es precisamente la del 6 de febrero, cuando los villareños, y todos los cubanos, conmemoraremos 150 años de la incorporación de las Villas a las luchas por nuestra independencia patria.

¿Por qué darle esta connotación a un hecho que ha sido precedido por acciones similares, mejor conocidas además por la atención que se da por los estudiosos y la docencia de la Historia de Cuba, como son el alzamiento en “La Demajagua” de las fuerzas orientales, acto iniciador de la guerra independentista el 10 de octubre de 1868, y el alzamiento camagüeyano en “Las Clavellinas”, el 4 de noviembre de ese mismo año?

Valdría la pena, dentro de los límites que nos permite un artículo como este, poder reflexionar al respecto.

Valdría la pena subrayar en primer lugar la separación de las fechas antes referidas. Aunque las diferencias temporales no son amplias (entre el alzamiento de Las Villas y el de La Demajagua solo hay 4 meses y entre aquel y el de Las Clavellinas solo tres) sin dudas hubiese sido más efectivo, lograr los alzamientos simultáneos. Pero lograr esto requeriría de una concertación y organización que resultaba imposible, por su complejidad, para personas que conspiraban en absoluto secreto y casi todos ellos, vigilados sostenida e ininterrumpidamente por las fuerzas colonialistas.

Es cierto que se habían creado desde años antes logias conspirativas e incluso reuniones significativas, que facilitaron la organización de las fuerzas locales y la vinculación de unos grupos con otros. Recordemos la fundación con estos fines de la logia “El Gran Oriente de Cuba y las Antillas” que ya funcionaba desde 1866 y donde se integraban logias que enmascaraban bajo su condición de asociación fraternal las acciones de propaganda de las ideas libertarias, la actividad de las juntas revolucionarias locales y las acciones de preparación de la guerra. En ellas, por tanto, figuraban como miembros, los cubanos más decididos y comprometidos con la preparación de la lucha independentista.

Entre estas logias podrían recordarse nombres como la “Tínima” en Puerto príncipe, hoy Camagüey, a la que pertenecieron hombres como Salvador Cisneros Betancourt e Ignacio Agramonte, o la “Estrella Tropical” en Bayamo, donde se destacaban como miembros Francisco Vicente Aguilera, Francisco Maceo Osorio, entre otros. Pero no fueron estas las únicas. Tales logias existieron en Manzanillo (entre cuyos miembros estaba precisamente Carlos Manuel de Céspedes), en Santiago de Cuba (donde participó como integrante Antonio Maceo), así como en Holguín, La Habana, Matanzas, Santa Clara, Remedios, Trinidad, Cienfuegos, Sagua la Grande, entre otras.

No pueden tampoco olvidarse las reuniones de concertación realizadas, todas de carácter secreto y por tanto carecer de documentación específica ni de referencias, Entre las más conocidas podríamos mencionar la reunión realizada en “San Miguel de Rompe”, región de Las Tunas, realizada el 4 de agosto de 1869, donde participan jefes bayameses, tuneros, holguineros y camagüeyanos; o la del ingenio “El Rosario”, cerca de Manzanillo, el 6 de octubre de 1868, con la presencia de los principales conspiradores orientales y donde se acuerda realizar el levantamiento el 14 de octubre de 1868.

En estas o en otras reuniones no era posible alcanzar acuerdos seguros, atendiendo, por un lado, a la imposibilidad de reunir a todos los implicados, y por otro, conciliar intereses diversos y no poder prevenir contratiempos que se producirían inevitablemente. Así sucedió con el adelanto imprevisto de la fecha del alzamiento para el 10 de octubre, por el descubrimiento de la conspiración y existir una orden de detención contra los principales participantes.

El alzamiento de Las villas fue más complejo y ello se debió a circunstancias diversas, algunas de las cuales valdría la pena comentar.

En primer lugar habría que destacar que el mismo ocurre cuando ya el país estaba en pie de guerra. A pesar de la minimización que quieren dar las autoridades coloniales a los hechos que se vienen produciendo en Camagüey y Oriente, no cabe dudas que para el gobierno hispano era evidente que aquello no podía compararse con la sublevación de la dotación de un ingenio o a una conspiración cargada de intenciones pero sin posibilidades prácticas de éxito.

En los territorios ya en guerra se había demostrado, a pesar de la insipiente organización de las fuerzas libertadoras, que lo que estaba ocurriendo podía terminar, para el colonialismo español, en un desastre. La experiencia hispana en sus ya perdidas colonias del continente eran una buena lección de lo que acarrearía para los planes peninsulares, incluso para la economía de España misma, una guerra en Cuba.

Por ello inmediatamente los mecanismos y engranajes del gobierno incorporaron y fortalecieron todo un sistema de vigilancia contra los potenciales conspiradores en el resto del territorio del país.

Eso hacía más difícil moverse, reunirse, realizar algunas acciones preparatorias a los villareños que ya estaban decididos a actuar.

Otra circunstancia a considerar se deriva de las particularidades del territorio de Las Villas. Esta “jurisdicción” poseía no solo un terreno y una naturaleza compleja sino, especialmente, una diversidad regional que podría convertirse, y de hecho en algún momento lo fue, en limitación y freno para las acciones y la organización de una guerra. Las jurisdicciones cercanas unas de otras no solo estaban separadas administrativamente en sus gobiernos locales sino en los intereses y motivaciones socioeconómicas de sus vecinos. Santa Clara, Sagua la Grande, Remedios, Sancti Spíritus, Trinidad, Cienfuegos, poseían proyecciones diferenciables y por ello mismo se hacía mas complejo la necesaria integración para la lucha liberadora.

A ello habría que añadir que este territorio central era un emporio azucarero, donde la riqueza derivada de la explotación de grandes contingentes de esclavos, era significativa y por tanto se hacía más difícil desencadenar acciones que pusieran en movimiento a miles de hombres deseosos de luchar por la libertad que incluiría, para ellos, su propia libertad personal. La esclavitud y el miedo al negro, ese mecanismo de diferenciación y de odio entre los hombres, resultaba mucho más intenso en la región villareña que en los del resto del territorio oriental del país.

Ello implicaba también una concentración de poblamiento muy diferente. Una población hispana considerable, la mayoría de los cuales, en principio, defendía posiciones integristas que luego se expresó en una considerable existencia de guerrillas y tropas de voluntarios en cada rincón del territorio villareño. A ello se sumaba la presencia de un número importante de poblados y asentamientos de cierta importancia, muy cercanos unos de otros, incluyendo los numerosos bateyes de ingenios, de mayor tamaño y producción que los existentes en las provincias más orientales, verdaderos asentamientos con características de tipo urbana que disponían de guarniciones y fuerzas de seguridad aunque aún no hubiera guerra en el territorio.

No menos importante resultaba el ser esta una provincia surcada por líneas de ferrocarril, que hacían más efectivas y rápidas las comunicaciones entre poblados y puntos económicamente importantes.

Algunos podrían apostar a que Las Villas no se sumaría a la guerra. Había muchas dificultades para ello y, sobre todo, muchos intereses en riesgo.

Pero se equivocaron.

En cada pueblo importante se conspiraba, los conspiradores de unos y otros lugares frecuentemente se conocían y mantenía contactos sociales anteriormente, se habían creado juntas revolucionarias que interactuaba entre si, a pesar de la vigilancia y el control de las autoridades.

Habría que tener en cuenta que los acontecimientos del país se convertían en un acicate para el patriotismo de los villareños. Las noticias, muchas veces propaladas de boca en boca, frecuentemente magnificadas por la motivación de los sectores implicados, sobre los combates frecuentemente victoriosos y el heroísmo de las bisoñas fuerzas libertadoras en las provincias en armas contribuyeron al compromiso creciente de los implicados. Otras noticas, de gran trascendencia, llegadas por las mismas vías pudieron enardecer los sentimientos patrios. El incendio de Bayamo (11 de enero de 1869) y los acontecimientos en La haba tales como los sucesos del teatro Villanueva () y  los sucesos del café “El Louvre” () fueron incentivos significativos para los que tuvieron noticias de ello y un argumento más sobre la urgencia de desencadenar la lucha contra un poder tiránico y sangriento.

Quizás ello puede explicar la increíble unidad que logran los villareños en su levantamiento y en las acciones inmediatas y que nos gustaría comentar.

El 6 de febrero de 1869, en un lugar cercano, de hecho un barrio de la jurisdicción de Santa Clara, en San Gil[1], se levantan en armas los conspiradores de todo el territorio.

Este pronunciamiento se reproduce con increíble concertación y coordinación en otros puntos del territorio, y a nombre de la Junta Revolucionaria de Las Villas como un todo.

Al otro día, en territorio de Manicaragua, en el sitio de “Cafetal González”, una finca cuyo verdadero nombre era “El Cafetal”, perteneciente a Manuel González Guerra, uno de los conspiradores, se produce, tal como estaba previsto, la concentración de los alzados de las diferentes localidades.

La cifra de los hombres implicados fue considerable. Se hace referencia a un estimado de unos 5000 hombres, muy pobremente armados, casi ninguna arma de fuego salvo alguna que otra escopeta de caza o un artefacto arcaico que ya nadie, salvo los hombres y mujeres decididos a conquistar la liberta de su Patria, hubieran pretendido utilizar en una guerra.

La primera significación del levantamiento y las dimensiones que este tiene, contribuye a dejar en claro que este y los movimientos precedentes, no eran simples momentos de rebeldía aventurera, como trato de hacer ver la prensa y los bandos de las autoridades coloniales, sino el resultado de la actitud viril de los cubanos de asumir, por la vía armada, su derecho a convertirse en dueños de su propio país y de erigir a nuestra nación en República.

Ese mismo 7 de febrero, en la cercana finca “Dos Hermanos”, se produce una reunión de los jefes implicados que se proponía establecer los consensos y proyecciones inmediatas para la guerra que habían comenzado en todo el territorio.

En ella se toman acuerdos importantes que trascenderán luego a la proyección de la guerra misma: Se consideraron y se sometieron a votación abierta, aprobándose, el conceder la libertad a los esclavos, principio que resultaba una victoria de los revolucionarios más consecuentes, y el otorgar a los jefes principales el mando político y militar de sus respectivas zonas de operaciones.

De especial significación resultó la ratificación de la Junta Revolucionaria de Las Villas, presidida por Miguel Jerónimo Gutiérrez e integrada por Antonio Lorda, Eduardo Machado Gómez, entre otros, así como la asignación de los grados militares principales de Mayor General a Miguel Gerónimo Gutiérrez Hurtado de Mendoza, Carlos Roloff Mialofsky, Federico Fernández-Cavada Howard y Adolfo Fernández-Cavada Howard.

Se acuerda también enviar al Mayor general Carlos Roloff a Oriente a entrevistarse con Carlos Manuel de Céspedes y otros jefes para obtener armas y concertar las estructura de gobierno.

Fue sometida a votación, aunque no fue aprobada, la propuesta realizada por Eduardo Machado y Carlos Roloff de marchar con las fuerzas disponibles hacia el occidente con la intención de atacar los ingenios y sublevar las dotaciones de esclavos del vecino emporio matancero y poner así, rápidamente, en crisis el dominio colonial. En esta votación influyó la actitud de algunos jefes, bajo argumentos de la Junta Revolucionaria de La Habana e instrucciones de esta de no invadir el territorio occidental.

Después de esto la guerra se expandió rápidamente. La provincia ardió literalmente.

Solo por mencionar el año 1869 se puede hacer referencia a 79 acciones combativas reportadas[2]. Hay momentos en que en una misma semana o incluso en un mismo día, se producen acciones de guerra en diferentes lugares.

Se producían ataques y destrucciones de ingenios, hostigamiento y emboscadas a columnas enemigas, se atacaban poblados.

Algunas de estas acciones son especialmente significativas.

En el propio mes del alzamiento son atacados los poblados de Cruces, Mayajigua y Cumanayagua, atacados y tomados los poblados de Güinía de Miranda, y Palmira, así como los ingenios azucareros “Hormiguero” y “Ruiz de palacios” en las jurisdicciones estos últimos de Cienfuegos y Santa Clara respectivasmente.

En junio de 1869, sin poderse precisar el día, se produce en El Nicho, jurisdicción de Cienfuegos, un enfrentamiento entre fuerzas cubanas bajo el mando del My. Gral. Federico Fernández-Cavada y una columna española muy superior. La ofensiva mambisa tiene tal fuerza que los españoles se rinden y es apresado el jefe de la columna, el General Manuel Portillo[3].

En el mes de julio de ese año, una bisoña tropa de mambises, se encuentra en unos potreros aledaños a ciudad de Sancti Spiritus, con una columna de tropas españolas bajo el veterano Gral. Lesca. Todo parecía a los españoles que sería como un juego de niños. Pero la resistencia cubana se hace sentir y no retroceden, peleando con una decisión y un empuje que obligan a retirarse a la fuerza colonialista.

En octubre del mismo año, en una acción poco usual, se prende fuego a una cañonera española fondeada en la bahía de Jagua, con una tea encendida arrojada desde una chalupa. El acontecimiento tuvo una repercusión considerable, siendo publicada la noticia en el New York Times del 4 de noviembre de 1869[4].

El arrojo de las fuerzas villareñas se hizo sentir especialmente en noviembre del año de referencia, en el marco de una visita que hace al territorio, con pretendidos visos propagandísticos sobre la poca significación de la beligerancia cubana en las Villas, el Capitán General de la Isla, Antonio caballero y Fernández de Rodas (Caballero de Rodas) Se decide, durante la presencia de este en Cienfuegos, primer punto de la visita pomposa, realizar acciones múltiples al unísono, para demostrar todo lo contrario a lo que pretendía tan encumbrado personaje. Así el día 5 de noviembre arden casi al mismo tiempo más de 20 ingenios en diversos lugares del territorio, especialmente en las cercanías de la ciudad visitada.

Ante esta muestra de combatividad insurrecta, el jefe de la plaza de Cienfuegos, decide sacar fuerzas de dicha ciudad para enfrentar las “partidas de bandidos”, como los llamaba, que hacían de las suyas en su territorio.

Esa fue la ocasión esperada. Fuerzas del My. Gral. Adolfo Fernández-Cavada se lanzan a atacar la ciudad, emporio militar colonial y en esos días fortalecida con la presencia del Capitán General de la Isla. Fue tal la fuerza del ataque que se rompieron todos los puntos iniciales de resistencia militar española y se logran ocupar puntos clave de la ciudad. El resultado fue desastroso para las fuerzas coloniales. El Capital general tiene que abandonar la plaza en un buque de guerra ante el peligro de ser hecho prisionero. El propio jefe de la plaza y una parte de sus fuerzas abandonan la ciudad para refugiarse en el castillo de Jagua, a las afueras de la bahía.

Ya la ciudad en manos cubanas, se apoderan del polvorín casi intacto, requisaron todos los materiales de su interés de los establecimientos militares, se llevaron los cañones, incluso los últimos llegados a la plaza, adquyiridos por el gobierno español en los Estados Unidos. Se juzgaron a jefes del ejercito y voluntarios españoles que fueron acusados de crímenes de guerra.

Las consecuencias de este hecho fueron extraordinarias por su impacto en el país y en el exterior, especialmente entre la emigración cubana. El propio jefe de la plaza, teniente gobernador Heras, es destituido de su cargo y sometido a un consejo sumarísimo de Guerra junto a otros oficiales subordinados a este, siendo dos de ellos fusilados por alta traición[5]. Se quiso así disfrazar de error humano y descuido lo ocurrido, cuando en realidad ello fue consecuencia de la  tenacidad y valentía de los cubanos.

Otras acciones, igualmente increíbles, se librarían desde y con fuerzas villareñas.

Así por ejemplo, el 16 de marzo de 1870, a penas un año después de iniciada la contienda en el territorio, y a pesar de las complejidades de la guerra en el, un grupo de combatientes procedentes de Las Villas, al mando del Cor. Luis de la Maza Arredondo, que se movían hacia el occidente del país con fines de extender la guerra,  caen en una emboscada por fuerzas locales de Batabanó y San Antonio de Las Vegas. Lamentablemente fueron capturados y fueron fusilados dos días después. Allá lejos, ese día, se derramaba sangre villareña de guerreros que seguían apostando porque la guerra necesaria debía llevarse a todo el territorio del país para hacerla más efectiva.

Pero la consecuencia principal del levantamiento de este territorio central y del inicio de la guerra en el mismo fue, a criterio del autor de este artículo, la creación de condiciones favorables a la conformación de una estructura estatal unificada en armas para Cuba, lo cual fue concretado en los acontecimientos ulteriores.

Así, el 3 de marzo de 1869, en reunión realizada en la finca “Tínima” en territorio de camagüeyano, entre jefes villareños y los locales, se hace una concertación de acciones para unificar a los tres departamentos en guerra. Se logra consenso en la necesidad de un gobierno republicano pero hay diferencias en el papel líder que debía tenerse en dicho gobierno. Los villareños dejaron sentado su fuerte criterio de que el jefe de la revolución era Carlos Manuel de Céspedes, el iniciador.

Esta reunión aceleró los preparativos para la que sería la reunión patriótica más importante y que se produciría, felizmente, solo unos días después.

Entre los días 10 y 12 de abril de 1869, en el poblado camagüeyano liberado previamente de Guáimaro, se realizó la asamblea de los representantes de los tres territorios en armas. Allí estuvieron los grandes, los forjadores de la República.

La asamblea, presidida por Céspedes, marcó un hito en la historia de Cuba. Allí estuvieron, junto a los de Oriente y Camagüey, los representantes de Las Villas. También se constituyó el primer gobierno y se aprobó la primera Constitución. Quizás valdría la pena destacar que, junto a acuerdos de amplio consenso, como el de continuar la guerra hasta lograr la independencia de Cuba, se tomaron otros donde las opiniones entre orientales y camagüeyanos continuaban divididas. La primera: la de la bandera que se convertiría en nuestra enseña nacional, y la segunda, la forma que asumiría el gobierno de la República. Como era de esperarse, el voto villareño, contribuyó a neutralizar el diferendo de las opiniones del reto de los delegados. Camagüeyanos y Villareños votaron por la bandera de la estrella solitaria, el triángulo rojo y las franjas azules y blancas, que había sido la de Narciso López pero también la de los patriotas precursores Joaquín de Agüero e Isidro Armenteros, camagüeyano y villareño respectivamente. En lo referido a la forma de gobierno, la opinión camagüeyana de un gobierno por asamblea fue vencida por el de un régimen presidencialista, votada favorablemente por orientales y villareños. Esto incluyó el voto mayoritario también de la elección de Céspedes como el i9ndiscutible primer presidente de la República de Cuba en Armas.

En el nuevo gobierno se incluyeron otras figuras y cargos importantes. El ciudadano Salvador Cisneros Betancourt como Presidente de la Cámara de Representantes y el My. Gral. Miguel Gerónimo Gutiérrez como vicepresidente,

Ignacio Agramonte y Antonio Zambrana como secretarios y los ciudadanos Miguel Betencourt y Eduardo Machado como vicesecretarios.

Ya no éramos rebeldes sublevados, sino una república con una estructura y una ley fundamental que rigiera nuestros destinos. A ello contribuyeron todos los presentes y los que, desde los campos de guerra, mantenían viva la revolución anticolonial. Entre unos y otros, entre esos muchos, estaban y siguen estando, desde entonces, también los villareños.

[1] El lugar “San Gil”, donde se produce el levantamiento inicial de Las Villas, es reportado, por investigadores de gran prestigio y exactitud de sus consideraciones, como localizado en Manicaragua, vinculándolo al sitio de “Cafetal González”, situado en este territorio, donde se concentran las tropas cubanas. Para otros estudiosos, el lugar “San Gil”, donde se inicia el movimiento armado, se corresponde con un “barrio” perteneciente a la jurisdicción de Santa Clara, aledaño a la zona de Malezas y a solo unos kilómetros de la ciudad capital del territorio.

[2] Recopilación a partir del “Diccionario enciclopédico de Historia Militar de Cuba. Primera parte (1510-1898)”. Tomo 2. Acciones combativas. Casa Editorial Verde Olivo. La Habana. 2014.

[3] Obra citada, Tomo 2, p: 224.

[4] Obra citada, Tomo 2, p: 88.

[5] Obra citada, Tomo 2, p: 87-88.

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