El triunfo más extraordinario

El triunfo más extraordinario

Aquel 8 de enero de 1959 el cuartel de Columbia, bastión principal de la tiranía recién derrotada, se transformó por la magia de la victoria revolucionaria, en un imponente escenario de libertad.

Allí los capitalinos tuvieron la oportunidad de escuchar a Fidel, ese nombre que se había vuelto familiar y corría de boca en boca a lo largo y ancho del archipiélago. Tenerlo cerca, junto a otros héroes de la guerra de liberación, hizo vibrar de emoción a la muchedumbre desbordante de júbilo y entusiasmo, que se impactó cuando las palomas volaron al encuentro del líder y permanecieron con él, reafirmando el advenimiento de la paz por fin conquistada.

Fidel habló del presente y del futuro. Dijo palabras nunca antes escuchadas, como las expresadas el primer día del año, en esa siembra de ideas en que se convirtió su recorrido desde el Oriente hasta La Habana, para que las masas comprendieran el alcance de lo que calificó como el más extraordinario triunfo en la historia del pueblo de Cuba.

Se reunió con los habaneros ese 8 de enero, no para recibir los merecidos vítores y aplausos por haber encabezado la primera revolución que tuvo la oportunidad de realizarse en el país, sino con el fin de anunciarles que solo se había dado el primer paso en un largo camino en el cual quedaba mucho por hacer.

Mantienen vigencia, después de seis décadas de aquella memorable jornada, algunas de las principales ideas expuestas por él: ante todo, hablarle siempre al pueblo con la verdad, un principio que se cumplió rigurosamente durante la guerra y que ha sido una máxima en estos 60 años para la dirigencia revolucionaria.

Alertó, desde entonces, que una vez concluida la lucha, los enemigos de la Revolución podían ser los propios revolucionarios: “Lo primero que tenemos que preguntarnos los que hemos hecho esta Revolución es con qué intenciones la hicimos; si en alguno de nosotros se ocultaba una ambición, un afán de mando, un propósito innoble; si en cada uno de los combatientes de esta Revolución había un idealista o con el pretexto del idealismo se perseguían otros fines (…) si en cada uno de nosotros había verdadero desinterés, si en cada uno de nosotros había verdadero espíritu de sacrificio, si en cada uno de nosotros había el propósito de darlo todo a cambio de nada, y si de antemano estábamos dispuestos a renunciar a todo lo que no fuese seguir cumpliendo sacrificadamente con el deber de sinceros revolucionarios”, aseveró.

Y recalcó que esa pregunta había que hacérsela porque de tal examen de conciencia “podía depender mucho el destino futuro de Cuba, de nosotros y del pueblo”.

Ese análisis es aplicable también para las actuales circunstancias, en que la honradez, la honestidad y la consagración al cumplimiento del deber, desde el más alto hasta el más sencillo escalón de mando de la nación, y por cada uno de los ciudadanos, son decisivos para la perdurabilidad de nuestra obra. Tanto ayer como en la coyuntura que vivimos, quien gana o pierde con la Revolución es el pueblo, afirmó Fidel.

La unidad fue otro de los mensajes de aquel histórico discurso. “Creo que todos debimos estar desde el primer momento en una sola organización revolucionaria”, señaló, aunque colocó en su justo lugar al Movimiento 26 de Julio por ser el que libró la primera batalla en el Moncada, desembarcó en el Granma, mantuvo enhiesta la bandera de la rebeldía cuando apenas tenía un puñado de hombres, fue el que enseñó al pueblo que se podía pelear y vencer, y el que destruyó todas las falsas hipótesis sobre la Revolución.

Ese Movimiento, que dio origen al Ejército Rebelde, sentó también principios de cómo había que tratar al enemigo en la guerra, resaltados por el Comandante en Jefe, que constituyen una gloriosa herencia para nuestras actuales Fuerzas Armadas Revolucionarias: ”Jamás se asesinó a un prisionero, ni se abandonó a un herido, ni se torturó a un hombre”.

Mantiene validez la convocatoria de Fidel a rendir culto al mérito, como el que reunían los hombres escogidos en ese año de 1959 para regir los destinos del país, en su mayoría muy jóvenes. Les faltaría experiencia, pero contaban con lo más importante: el deseo de acertar y de ayudar al pueblo, un requisito que conserva su valor.

Otras vigencias de tales palabras son la extraordinaria fuerza que tiene para la Revolución la opinión pública y el vínculo con el pueblo. No defraudarlo jamás, así prometió Fidel aquella noche —y lo cumplió a lo largo de su vida—, es el más importante legado para la nueva generación, encargada de llevar adelante la obra común.

El mejor modo de avanzar en aquel y en estos tiempos lo sintetizó el Comandante en Jefe en una breve frase, casi al final de su discurso: “Ahora, todos tenemos que trabajar mucho”.

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