La polémica: La Vuelta, razones para regresar

La polémica: La Vuelta, razones para regresar

ciclismo
Ilustración: Yoan Manuel Figueredo

En febrero del 2010 la caravana multicolor de bicicletas cruzó por última vez nuestra geografía de este a oeste, de Baracoa a La Habana, de extremo a extremo. Recuperada en el 2000 luego de una década silenciada por la crisis económica del período especial, la Vuelta Ciclística a Cuba pugna ahora por otro regreso a partir de razones deportivas, técnicas y socioculturales. Ojalá en febrero del próximo año podamos volverla a vivir. Los ciclistas se lo han ganado y el pueblo espera ansioso por el único evento que llega hasta la puerta de su casa en más de 70 municipios del país

• Ruedas delanteras a podios

• Entre amores y nostalgias

• De las preferidas de América


Ruedas delanteras a podios

Joel García

Cuando Reinaldo Paseiro se aventuró a organizar la I Vuelta a Cuba en 1964 pocos pensaron que además del impacto popular que tendría, en menos de un lustro se convertiría en el cimiento perfecto para el despegue a gran escala del ciclismo en nuestro país, que antes de 1959 apenas había tenido alguna actuación memorable a nivel centroamericano del propio Paseiro.

De golpe, los 72 valientes que salieron en el estreno del giro aprendieron por el camino sobre reglamentos, tácticas de carrera y un sinnúmero de detalles técnicos imposibles de conocer solo por libros o charlas de entrenadores. Y tanto fue así que en 1967, con la primera participación internacional de Polonia y México, nuestra principal figura entonces, el gran Pipián, perdió el liderato de la clasificación general con dos visitantes por mala estrategia en la penúltima etapa.

Sin embargo, ese mismo Pipián, junto a un grupo de talentosos pedalistas (Inocente Lizano, Héctor Torres y Ricardo Saro) agarró un bronce histórico en los 4 000 persecución por equipos en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1966, detrás de las cuartetas de México y Venezuela. ¿Alguien duda que la Vuelta no fue decisiva para ese resultado?

En poco más de una década aparecieron los campeones de la ruta individual a nivel regional (Roberto Menéndez en 1974) y panamericano (Aldo Arencibia en 1975), al tiempo que nuestros conjuntos se impusieron en más de una ocasión en la prueba de contra reloj por colectivo de las citas multideportivas.

Con la incorporación de más naciones europeas a la Vuelta se elevó el nivel de calidad y comenzaron a llover las invitaciones para incursionar en giros por Italia, España, Alemania, entre otras naciones, sin contar que desde 1964 asistimos a la Carrera de la Paz (una de las más fuertes del mundo en esa época), en la cual llegamos a ganar una etapa en 1978 con Carlos Cardet, en tanto Eduardo Alonso finalizó en el lugar 21 de la clasificación general en 1983, la mejor ubicación de un corredor antillano.

En el ámbito deportivo, el principal certamen ciclístico del país fue considerado por parte de la Unión Ciclista Internacional (UCI) dentro de los diez más importantes del mundo en 1986, a partir de la exquisita organización, la presencia de varios medallistas mundiales y olímpicos (incluidos campeones), y la integralidad del recorrido, por solo citar tres elementos incuestionables.

Por supuesto, la Vuelta es el germen de las medallas mundiales y olímpicas de nuestras muchachas (tuvieron un giro similar al de los hombres en 1990) y su receso prolongado de ocho años ha desmotivado a más de un ciclista, ha dejado en casi nulos los premios en justas múltiples del sexo masculino, así como ha taladrado el prestigio y respeto que Cuba imponía. Por estas razones deportivas y más un retorno en el 2019 es merecido y sería más que agradecido por todos.


Entre amores y nostalgias

Daniel Martínez

Hay deportes que lejos de ser un refugio constituyen una bendición. En esta Isla donde respiramos medallas y hazañas se forjó un símbolo competitivo, que además de avivar ánimos y memoria, fue conmovedora aventura, que a base de coraje enmarcó la majestuosidad de sus horizontes infinitos.

La Vuelta Ciclística a Cuba, factoría no sólo de campeones, sino también de héroes terrenales que a veces sobrepasaban a los de las novelas, se convirtió en libro de superación que encantó a los aficionados, quienes todos los años al borde de las carreteras, buscaban una alegría que se conjuraba con emoción y vértigo.

El feroz pedaleo de los ciclistas les recordaba a los fieles al pie del camino su particular océano de ilusión, ese que no brota en los mapas de la rutina diaria. El ciclismo de carretera, como todas las travesías, enciende la imaginación y comienza a navegar junto al pelotón, que hambriento de gloria desafía al feroz viento y a las mordeduras del sol.

Sobre la marcha de cientos de kilómetros, sangre, sudor y esfuerzos demuestran que sus protagonistas comparten ideas, sentimientos, dudas y aspiraciones. Es inevitable la tortura de devorar calles y autopistas.  Y cuando se llega a la meta, las largas jornadas coronan sofocantes y espontáneas confesiones.

La afición pretende arrancarles un recuerdo a los ciclistas, desea que las vivencias atraviesen su cuerpo. Así se refleja la simpatía cuando los espectadores conocen a sus héroes. Muchas veces huérfanos del podio, pero ilusionados con la siguiente fecha.

La Vuelta a Cuba felizmente nunca entendió de treguas, pues el pedaleo es un estado de ánimo e inspiración. Esa alianza invitaba a que los periodistas trazaran singulares crónicas, engullidas por atletas y aficionados, quienes en su interior transcribían las mismas anécdotas, pero con nuevas letras de particulares colores ardientes.

Antes de darse la partida padres, hijos, familias y vecinos disparaban conjeturas. Hurgaban en periódicos, sintonizaban la radio u encendían el televisor en busca de los colosos, que anunciaban estrategias y sueños como guerreros que entregaban su alma al añejo y sólido lema: todos para uno y uno para todos.

Esperar el paso fugaz del pelotón era pura felicidad. El tiempo se alargaba mientras todos seguían ideando quienes pasarían primero ante sus ojos. Cada ciclista, más que un número, era una historia que se sospechaba.

La Vuelta es más que un espectáculo sociocultural. Es una curtida y necesaria demostración de amor. Su rescate no solo sería un triunfo del deporte cubano, también se prolongaría como regalo para una fiel afición, que entre bielas y pedales encuentra espacio para nostalgias y afectos.


De las preferidas de América

Ernesto León

Si le dijera que la Vuelta a Cuba es la única de nuestro continente que los afamados ciclistas colombianos no han podido ganar sería suficiente para validar el interés total y cierto misterio técnico que guarda el evento para equipos de América y Europa, deseosos por regresar a nuestras carreteras en el 2019.

Con un recorrido diseñado a favor del viento (aunque en la mayoría de los tramos sopla de lado provocando bordillos en la caravana) y el ascenso a una de las cimas más difíciles del continente y del mundo (la Gran Piedra), el giro tiene la particularidad de incorporar casi todas las exigencias de la UCI: contrarreloj individual y por equipos, un día de descanso al contar con más de diez etapas y segmentos no mayores de 200 kilómetros.

Es cierto que el cronometraje electrónico debemos alquilarlo en el exterior y los pagos de premios metálicos para los ganadores de cada trayecto y el resto de las clasificaciones van a la cuenta de los organizadores, sin embargo, ninguna lid como esta se pinta sola para experimentar el patrocinio de empresas nacionales en el deporte y abaratar los costos si el Inder así lo decidiera.

La ubicación en el mes de febrero siempre ha sido perfecta porque no choca con ninguna otra lid del pedal y en épocas pasadas los europeos la usaban como preparación para sus principales compromisos. Con una seguridad vial envidiable y comisarios internacionales avalados por la UCI en casa, la justa tiene por adelantado dos componentes que en otros países son bien difíciles de lograr.

El material gastable (gomas y piezas) puso en tensión a los responsables desde su regreso en el año 2000, por lo complicado que a veces resulta importarlo del mercado más cercano, pero al final siempre se resolvió, al igual que el alojamiento para los equipos visitantes, pues es una práctica universal que el país anfitrión asuma ese último apartado. Así lo hacen con nuestras sextetas en cada invitación al exterior.

La posibilidad de un retorno de la Vuelta pasa, por supuesto, por cumplir lo relacionado con los controles antidopaje (el laboratorio de La Habana lo ha asumido siempre) y la lógica inscripción en el calendario internacional, a pesar del impedimento de asistencia a los cien primeros ciclistas del ranking del orbe por ser nuestro clásico del pedal una justa correspondiente al circuito pro-tour.

Más allá de lo anteriormente expuesto, los argumentos de índole técnica están a nuestro favor y el tema económico parece franqueable si, por solo citar un ejemplo, reducimos a 10 etapas en lugar de las 13 tradicionales la propuesta para un regreso feliz del certamen deportivo que más personas reúne en Cuba en un período de tiempo menor.

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