¿En Palmerola?

¿En Palmerola?

Vista aérea de la Base de Palmerola. / Foto: www.laprensa.hn

Siempre que se cuentan historias queda algo en el tintero. A la serie de 15 relatos sobre la presencia de los colaboradores cubanos en Honduras, después del paso del huracán Mitch hace casi 20 años, finalizada el martes pasado en este sitio, le faltó un pasaje que resulta imprescindible, a mi modo de ver.

Y es el siguiente:

A pocos días del ansiado regreso a Cuba, después de varios meses de intenso y hasta peligroso peregrinar por casi todos los lugares donde laboraban los coterráneos llegados después de la catástrofe dejada por el ciclón tropical, el fotorreportero que me acompañaba y yo estábamos en Comayagua, antigua capital de esa nación centroamericana, ciudad con una arquitectura colonial que la hace muy atractiva.

Una llamada telefónica nos advirtió que al día siguiente saldría rumbo a Cuba el primer vuelo con más de 100 jóvenes hondureños seleccionados para estudiar en la Escuela Latinoamericana de Medicina (Elam), la mayoría procedente de estratos sociales muy pobres. Así se comenzaba a cumplir una de las propuestas hechas por el Gobierno de la isla y recogidas en el Convenio de Colaboración, firmado por ambas partes.

Rápidamente imaginé que la partida sería por el Aeropuerto Internacional Toncontín, en Tegucigalpa, o el Ramón Villeda Morales, en San Pedro Sula, la segunda ciudad en importancia y con una notable fortaleza industrial y económica. “Noooo”, me respondieron del lado de allá de la línea telefónica. “Saldrán por Palmerola”, aseguraron. ¡Vaya ironía del destino!, dije en alta voz, aunque los que estaban a mi lado no supieran de qué se trataba.

De inmediato pensé que intentar darle cobertura periodística a ese importantísimo acontecimiento para una publicación oficial cubana sería como tirarle piedras a El Morro de La Habana. En Palmerola (a unos 7,5 kilómetros de Comayagua) estaba ubicada la Base Aérea José Enrique Soto Cano y la Fuerza de Tarea Conjunto Bravo (US military’s Joint Task Force Bravo), todo un emporio militar fundamentalmente estadounidense.

Enseguida me vino a la mente lo que había leído hacía pocos días en un periódico sobre esa base, la cual tenía ─y tiene aún─ una de las mejores pistas de aterrizaje de Centroamérica y era en ese entonces ─no sé si aún lo será─ uno de los puntos estratégicos principales de los Estados Unidos en la región.

La base militar, a 97 kilómetros de la capital hondureña, fue activada por el Gobierno estadounidense durante la administración de Ronald Reagan. En los años 80 la utilizó el tristemente célebre oficial Oliver North en las operaciones de la “contra”, fuerzas paramilitares entrenadas y financiadas por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y encargadas de ejecutar la guerra contra los movimientos izquierdistas en Centroamérica, particularmente contra el Gobierno sandinista de Nicaragua. Desde allí lanzaban los ataques terroristas, salían los escuadrones de la muerte y planificaban las misiones especiales que dieron como resultado miles de asesinatos, desapariciones, torturas…

Lo pensamos mucho, pero decidimos ir. Si no nos dejaban entrar lo diríamos, pero la noticia sería enviada a Cuba de todas maneras. Pedimos a un amigo hondureño que nos llevara temprano en su auto. A eso de las 8 y 30 de la mañana ya estábamos en la entrada principal de la Base Aérea de Palmerola. Me acerqué. Un militar, evidentemente hondureño, me atendió con amabilidad. Le expliqué el motivo de nuestra presencia. “Espere un momento, señor”, dijo. Entró a un local ubicado entre las vías de acceso y salida. Llamó por teléfono. Mientras, yo meditaba: dos periodistas de la Cuba de Fidel Castro, como nos decían en Honduras para diferenciarnos de los que residían en los Estados Unidos, y con cámaras fotográficas, jamás pisarán un metro del suelo de este lugar.

Como a los 10 minutos regresó el soldado y para sorpresa nuestra nos abrió el paso con la indicación de que fuéramos directamente a un hangar que estaba próximo, a la izquierda de donde nos encontrábamos. Caminamos despacio, como contando los pasos. Debajo de una inmensa nave ya estaban los jóvenes y sus familiares y, muy cerca, el avión de la Fuerza Aérea Hondureña que los trasladaría a La Habana, a solicitud expresa del entonces presidente Carlos Roberto Flores Facussé.

Conversamos con algunos de los “muchachos”. Tenían muchísima alegría. Los había hasta de La Mosquitia, la zona selvática. Alguien nos presentó a unos jimaguas que harían el viaje. Eran delgaditos y muy conversadores. También dialogamos con sus padres, campesinos de una zona apartada, en la cual nunca habían tenido asistencia médica.

Le comenté al fotógrafo que con seguridad un montón de cámaras invisibles estarían captándonos y le sugerí concentrarse en lo que nos correspondía desde el punto de vista informativo para evitar inconvenientes con los militares.

Pero en Palmerola se veía muy poco sobre la tierra; solo algunos helicópteros viejos y unas edificaciones que servirían quizás de oficinas, almacenes, viviendas para los oficiales y dormitorios para los soldados. Todo “lo fuerte” estaría soterrado lógicamente, fuera de la vista de cualquier intruso y de los medios electrónicos. Por eso nos permitieron entrar, pienso aún.

Cerca del mediodía los jóvenes subieron a la nave aérea “barrigona” pintada de color verde olivo, y nosotros salimos a la carretera a la espera de un ómnibus que nos regresara a Comayagua. Teníamos buenos elementos en la agenda y las cámaras para conformar la noticia del día que enviaríamos a La Habana.

Aunque no lo dijimos en aquella ocasión, por razones obvias, fuimos, seguramente, los primeros periodistas cubanos, de la Cuba de Fidel, que entraban a Palmerola, y quizás los únicos que lo hayan hecho en la historia de esa base.

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