Trabajadores

La mujer sin nombre (XI)

Como relatamos en la crónica titulada Krausirpe (X), abordamos el pipante (canoa) al atardecer en la aldea con ese nombre, después de despedirnos del doctor Fernando, uno de los colaboradores cubanos llegados a Honduras después del paso del huracán Mitch.

Navegaríamos río arriba por varias horas, estábamos precisados a llegar a la de Ahuas (Awas, en la lengua de los indios misquitos), pues allí abordaríamos el avión o avioneta que nos regresaría a Puerto Lempira, la “capital” del Departamento de Gracias a Dios.

Una imagen de Ahuas, aldea cabecera del municipio del mismo nombre, en el Departamento (provincia) de Gracias a Dios, Honduras. Foto: Tomada de Internet.

Como habíamos apreciado en la mañana, durante la navegación a través del caudaloso río Patuca, estaríamos siempre acompañados en las orillas por los lagartos, nombre que le dan los hondureños a una especie de reptil muy parecida al cocodrilo, o sea, que deben ser genéticamente primos hermanos.

En un momento el palanquero, como Ave de Mal Agüero, comentó que el río estaba en su nivel más bajo y eso era peligroso, debido a los árboles que arrancaron los vientos del Mitch y quedaron en el lecho. “Si el pipante se sube encima de uno de ellos nos viramos”, dijo como si no significara nada que eso ocurriera. “Pues mantente bien atento”, le dijo el coordinador de la brigada médica cubana que nos acompañaba en el viaje.

Yo tenía el pantalón empapado en agua, pues debido a lo incómodo de los “asientos” con finos palos rústicos, decidí sentarme, como en el viaje de ida, en el fondo del pipante. Se podía tocar el agua con las manos, porque estaba casi al nivel superior de los laterales de la canoa. Eso hacía que entrara con facilidad con los vaivenes.

Después de unas dos horas de navegación, el representante de la organización religiosa que nos acompañaba y apoyaba en cuanto nos hiciera falta propuso entrar un momento a una aldea donde financiaban la construcción de unas casas rústicas. Giramos a la derecha y tomamos una especie de recodo, y a poco andar encontramos la comunidad. En la orilla nadaban niños y mayores, también bañaban dos caballos. No quise bajarme; estaba entumecido. Eso me permitió ver cómo las mujeres bajaban y buscaban agua del río para cocinar, justo donde estaban los equinos. Pensé de inmediato que allí no morían más personas de puro milagro. En esa y otras aldeas no había médico ni enfermara. Los cubanos que viajaron fueron ubicados en las más pobladas y a donde pudieran acudir quienes residían en las cercanas, relativamente, porque en la selva ninguna distancia resulta corta.

Retomamos el viaje y al declinar la tarde llegamos a Ahuas. El palanquero nos recomendó colocar el bajo del pantalón dentro de las botas y anudarlas bien, “por si se aparece una barba amarilla (serpiente en extremo venenosa)”. Un pequeño trillo entre la maleza nos llevó al asentamiento.

Fuimos directamente al único hospedaje existente, un viejo caserón alargado, con paredes de madera y techo de planchas de fibrocemento. Nos recibió el dueño del lugar, un hombre alto, de unos 65 años. No era indio. La noche costaba 10 dólares a cada uno (casi como un hotel tres estrellas). Sin otra alternativa posible, aceptamos. Nos llevó a las “habitaciones”, todas divididas por una pared, también de madera, que no llegaba al techo. Solo tenían una cama estrecha y una colchoneta bastante fina y sucia. Le preguntamos si había posibilidades de bañarnos y nos llevó al patio, donde estaba un tanque con un pedazo de tubo y una llave que funcionaba como ducha.

Me percaté que en la puerta trasera del local había un afiche pegado. ¡Cuál no sería la sorpresa! Era del “Duque” Hernández, lanzador cubano que jugaba en ese entonces en un equipo de las Grandes Ligas estadounidenses. ”Me encanta el béisbol y el ‘Duque’ es mi ídolo”, respondió.

Después de un baño “reparador”, salí al frente y me senté en un pequeño muro. El señor me siguió interesado en conversar sobre el campeonato cubano de pelota, del cual él no tenía información alguna, porque en un sitio tan apartado la señal de radio llega con mucha distorsión o no es posible sintonizarla. Charlamos. Al poco rato apareció una mujer con facciones indias, de unos 60 años y pelo largo. ¿Es su esposa?, le pregunté. “Sí”, aseguró. ¿Cómo se llama? “Ella no tiene nombre; nunca se lo pusieron”. ¿Y cómo la llama entonces? “¡Mujer, mujer…!”. Me pareció algo de lo real maravilloso de García Márquez.

En Ahuas estuvimos cuatro días en contra de nuestra voluntad. Pero ese será el tema para la crónica de la semana próxima.

(Continuará)