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Fidel: Cuatro cartas y una anécdota

La preocupación por los padres y el hijo, el desinterés por los bienes materiales, su fe en la causa y su confianza en la victoria, todo ello puede apreciarse en estas misivas de Fidel

El fallo de la Historia será favorable a nosotros

Imagen de la portada de la primera edición de La Historia me Absolverá. Foto: Archivo Granma

El 25 de septiembre de 1953, Fidel les escribió a sus padres:

Espero que me perdonen la tardanza en escribirles, no piensen que por olvido o por falta de cariño; he pensado mucho en ustedes y sólo me preocupa que estén bien y que no sufran sin razón por nosotros.

El juicio comenzó hace dos días; va muy bien y estoy satisfecho de su desarrollo. Desde luego es inevitable que nos sancionen, pero yo debo ser cívico y sacar libre a todas las personas inocentes; en definitiva no son los jueces los que juzgan a los hombres, sino la Historia y el fallo de ésta será sin dudas favorable a nosotros.

He asumido como abogado mi propia defensa y pienso desenvolverla con toda dignidad. Quiero por encima de todo que no se hagan la idea de que la prisión es un lugar feo para nosotros, no lo es nunca cuando se está en ella por defender una causa justa e interpretar el legítimo sentimiento de la nación. (Fuente: Blanco, Katiuska, Todo el tiempo de los cedros)

 


Me propongo vencer todos los obstáculos

Fidel en la prisión de Isla de Pinos. Foto: Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado

En agosto de 1954, escribe en una carta desde el presidio:

Nuestra hora se acerca. Antes éramos un puñado. Ahora tenemos que fundirnos con el pueblo. (…) Ahora podré, además, dedicarme en cuerpo y alma a mi causa. Toda mi energía y todo mi tiempo me pertenecen para ella. Empezaré una vida nueva. Me propongo vencer todos los obstáculos y librar cuantas batallas sean necesarias. Sobre todo veo más claro que nunca nuestro camino y nuestra meta. No he perdido el tiempo en la prisión estudiando, observando, analizando, planeando, forjando hombres. Sé dónde está lo mejor de Cuba y cómo buscarlo. Cuando empecé era yo solo; ahora somos muchos. (Fuente: Mencía, Mario. La prisión fecunda)

 


No necesito absolutamente nada

Próxima a dictarse la amnistía, el 2 de mayo de 1955, escribió a su hermana Lidia:

¿Por qué hacer sacrificios para comprarme guayabera, pantalón y demás cosas? De aquí voy a salir con mi traje gris de lana, desgastado por el uso, aunque estemos en pleno verano (…) Mi mayor lucha ha sido desde que estoy aquí insistir y no cansarme nunca de insistir que no necesito absolutamente nada: libros sólo he necesitado y los libros los tengo considerados como bienes espirituales. (Fuente: Mencía, Mario. La prisión fecunda)

 

Salida de prisión. Foto: Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado

Llegaría en bote a una playa con un fusil

Desde su exilio en México, Fidel les escribe a sus compañeros del Movimiento en Cuba:

(…) Estoy optimista de lo que llevo hecho, sencilla y discretamente. Considero tan importante y delicado lo de afuera, que soporto con resignación la amargura de esta ausencia y convierto toda mi pena en impulso, en deseo ardiente de verme peleando cuanto antes en la tierra cubana. Vuelvo a reiterar mi promesa de que si lo que anhelamos no fuera posible, si nos quedáramos solos, me verían llegar en bote, a una playa cualquiera, con un fusil en la mano. (Fuente: Mencía, Mario: Tiempos precursores)

Fidel en México junto a emigrados cubanos. Foto: Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado

 

¡La próxima vez nos veremos en Cuba!

Reencuentro con Fidelito en el Cotorro, el 8 de enero de 1959. Foto: Báez, Luis y de la Hoz, Pedro, Caravana de la Libertad.

No se trata de una carta sino de una anécdota de cuando en noviembre de 1956, antes de abandonar México, al despedirse de su pequeño Fidelito lo alzó y le besó en la frente. La guerra necesaria aguardaba a Fidel.

Segundos después Raúl lo llamaba urgentemente para decirle que saliera de aquella casa porque la sospechosa presencia de un grupo de desconocidos podía poner en peligro los planes de los revolucionarios.

“¡Vámonos enseguida!”, ordenó Fidel. Pidió que llamaran un taxi para que se llevaran a Fidelito para su hotel y mirando al pequeño le dijo: “¡La próxima vez nos veremos en Cuba!”.

Como siempre confiaba en la victoria aunque todavía habría de recorrer un largo camino para alcanzarla. La promesa se cumplió. Al entrar triunfalmente a La Habana en la Caravana de la Libertad el 8 de enero de 1959, en el Cotorro, el Comandante en Jefe del Movimiento 26 de Julio pudo abrazar nuevamente al hijo. (Fuente: Núñez Jiménez, Antonio. En marcha con Fidel)