Mujeres: Crónicas frente al espejo

Mujeres: Crónicas frente al espejo

Como tantas veces, se me antoja retocarme el cabello y regresar a casa renovada. Solo quiero “rematar” el enano de transformarme, porque el muy pillo nunca muere del todo y “resucita” junto con la raíz del pelo y sin ajustarse al ritmo del salario. Entonces, en busca del cambio, hago un peregrinaje hasta la peluquería, ese santuario donde se le hace culto a la apariencia y las horas se rellenan con historias de mujeres.

Foto: Agustín Borrego

Siempre el espejo me devuelve una sonrisa y el dueto “muchacha-pelo nuevo” me garantizan que se ha efectuado el cambio. Pero aquella vez, cuando las “crónicas femeninas” se me fijaron mejor que cualquier tinte, atravesé el umbral de la puerta y me enfrenté a la calle, o a la vida, con la convicción irrefutable de que realmente había cambiado.

Ese día, como tantas otras veces, llegué a mi “capilla” preferida y esperé mi turno, mientras alternaba la mirada entre los rostros perfectos que poblaban las paredes y aquellos otros terrenales, algunos de los cuales arrullaban el sueño, siempre escurridizo, de quedar bien con las revistas. El reloj “cojea”, pero no me aburro entre tantas “raras avis” (todas lo somos), que filosofan y hasta inventan una nueva “teoría de la imagen”.

Al mini-salón entra una mujer de medio tiempo que parece estar dotada por la gracia divina con las medidas perfectas entre cintura y caderas. Sin embargo, tras su entrada triunfal, todas las vistas, indiscretas, se posan en las raras zanjas que sobrevuelan sus cejas y le otorgan cierto “toque” de “búho al acecho”. Los comentarios no demoran y saltan a “la palestra pública” ciertos trazos “ensayados” por el bisturí de un cirujano plástico.

“Ella tenía los ojos lindísimos, perfectos para el maquillaje”, aclara la peluquera, quien conoce bien el afán de su clienta por rehacerse “desde la punta de los pies hasta la raíz del llanto”. Yo, callada en mi silla, no puedo más que cavilar cómo es posible llegar a tales extremos en el intento de “re-ensamblarse” como barbie. Pero, a menudo, concluyo, la baja autoestima hace “maravillas”.

De ahí en lo adelante la conversación redunda sobre quirófanos que prometen un viaje a la felicidad, esposas traicionadas que estrechan la figura para asegurar el retorno de “la media naranja”, mujeres traumadas de por vida que, tras operarse, se miraron en el espejo y encontraron a una extraña sosteniéndole la mirada.

Una señora, acomodada en la esquina, toma la palabra y predica desde su experiencia de enfermera. No le aconseja a nadie hacerse una liposucción porque “esa operación tiene la cara fea”, dice, mientras ofrece detalles espeluznantes que le dan a una por tocarse, o más bien, protegerse la barriga.

Pero la revancha por parte de la adicta a la cirugía plástica no se hace esperar: “Si claro, eso lo dices ahora, pero tú también te operaste. Solo que no te cuidaste la boca y por eso estás así gorda de nuevo”. Son amigas. Pero hay dardos que no se frenan ante nada.

No obstante la plática continúa. Ahora somos solo tres las interlocutoras. Entonces la enfermera, con la sencillez que caracteriza a las buenas personas, cuenta un poco de su vida. “Me pasé unos cuantos años llorando por ser gorda”, dice y relata sobre sus infinitas depresiones y complejos.

“Un día, continúa, reflexioné sobre mis logros y me dije ¡basta! Tengo una profesión, un matrimonio con un hombre que me ama, dos hijos hermosos… Tengo lo que muchas barbies no logran”, subrayó y nos mostró en el móvil a su familia. Después introdujo un punto de giro. Para darnos la lección completa, narró sobre el día en que se fue a la cama con la vida como quien dice arreglada y el amanecer la sorprendió con una madre parapléjica.

Al rato, entró hasta donde estábamos un bello niño de unos 10 años. “Este es mi hijo pequeño”, nos dijo, y se fue a otro local a terminar de arreglarse. Yo, que solo fui a retocarme para regresar a casa renovada, recordé el proverbio alguna vez leído: “la gente se arregla cada día el cabello, ¿por qué no el corazón?” Crucé el umbral de la puerta y me enfrenté a la calle, o a la vida, con la convicción irrefutable de que realmente había cambiado.

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