En pipante por el Patuca (IX)

En pipante por el Patuca (IX)

Los ríos en la selva hondureña son esenciales para la vida de quienes residen en las comunidades indígenas. Pero cuando pasó el huracán Mitch, en octubre de 1998, se convirtieron en fieras mortales que arrastraron las humildes viviendas, los animales, las plantaciones, las personas…

Río Patuca
Foto: Tomada de Internet

Mucho tiempo después los sobrevivientes estaban aún desatendidos sanitariamente, porque a sitios tan apartados no acuden, ni en caso de emergencias, los médicos hondureños. Sin embargo, con la segunda brigada de colaboradores cubanos que llegó a esa nación uno de ellos fue asignado al centro de salud de Krausirpe, una suerte de asentamiento perdido en la geografía de La Mosquitia centroamericana.

Después de estar dos días en Wampusirpe, asentamiento cabecera del municipio del mismo nombre, decidimos continuar viaje para esa aldea muy apartada, a fin de encontrarnos con el doctor holguinero Fernando, el que más lejos estaba de la civilización.

Hicimos las coordinaciones con un palanquero, o sea, un indio misquito que guiaba un pipante a través del río Patuca. Ese era y es el único medio de transportación existente en la mayor parte de la selva hondureña. La embarcación ─si es que puede llamársele así─ no es más que un tronco de árbol grueso devastado en el centro y convertido en una especie de canoa. Por esas contradicciones únicas de la jungla, la realización artesanal primitiva contrasta con un motor fuera de borda marca Yamaha, de última generación, colocado en la popa para favorecer la propulsión.

Si algo resulta incómodo es un pipante, sobre todo si se está algo pasado de peso, como era mi caso en ese momento. El palanquero nos esperó en la orilla y abordamos los cuatro: el fotógrafo, el coordinador de la brigada médica cubana en La Mosquitia, el representante de la religión que solidariamente nos apoyaba y yo. Para sentarse solo había tres o cuatro varas finas de una madera rústica parecida al marabú. Decidí entonces quitarlas y sentarme en el fondo, aún con el riesgo de mojarme casi todo, como ciertamente sucedió. Comenzamos a navegar río abajo.

El Patuca se forma al sureste de la localidad de Juticalpa por la confluencia de los afluentes Guayape y Guayambre. Es el segundo más grande de Centroamérica y el más largo de Honduras, con casi 500 kilómetros de longitud y una cuenca de 23 mil 900 km².

El río fluye hacia el noreste por aproximadamente 10 millas antes de cruzar la Costa de los Mosquitos y desembocar en el mar Caribe. Tiene mala fama por presentar en su curso una sección de rápidos conocida como El Portal del Infierno o Las Puertas del Infierno, donde han perdido la vida varios imprudentes.

En época de inundaciones puede llegar a tener varios kilómetros de ancho, como sucedió cuando pasó el huracán Mitch. De hecho, su afluente Guayape excede las dos millas de ancho casi todos los años durante la primavera lluviosa en zonas que se pueden vadear hasta la cintura en la estación seca.

El Patuca es también conocido por la existencia de regiones donde se viola todos los días la ley, pues pequeños grupos de hombres muy armados dragan grandes depósitos aluviales de oro.

Mientras navegábamos a favor de la corriente en la margen derecha y la izquierda, sobre las piedras, veíamos grandes lagartos, como llaman los hondureños a una especie de reptil que para nosotros no es otra que cocodrilo o caimán. “Son inofensivos”, dijo de inmediato el palanquero, pero en mi interior una frase muy cubana retumbó: “Pá’su escopeta”.

Lo peor del viaje en pipante, además de la incomodidad, es que se vire a causa de un “golpe de agua” y eso puede suceder con facilidad debido a que es muy estrecho. De ocurrir hay solo dos opciones: o aferrarse a él si no se hunde o nadar hasta una de las orillas, donde están precisamente los lagartos con la boca bien abierta. Las dos me parecieron terroríficas. Era mejor ni pensar en eso.

Cuando llevábamos más de tres horas río abajo, el sol comenzó a sentirse en la cabeza, la espalda y los brazos. “Ya falta poco”, aseguró el misquito, quien se echaría un el bolsillo una buena “tajada” de Lempiras por el viaje. En la selva nada resultaba barato.

A ambos lados estaba la selva tupida, muy tupida, donde están los jaguares, tigrillos, pumas, gatos monteses, osos hormigueros y muchas otras especies, incluyendo los reptiles venenosos, como la serpiente Barba Amarilla, conocida también por Tres Pasos.

En las márgenes del Patuca pudimos ver también pequeños grupos de indígenas, formados por personas mayores, jóvenes, adolescentes y niños, que viven todos en una choza construida con bambúes y levantada muy cerca del agua, sobre pilotes delgados. No tienen paredes. La única diversión de los pequeños era bañarse en el río. Los mayores, al parecer, recolectaban frutas y pescaban para alimentarse. En pequeñas fogatas cocinan lo que podían arrancarle a la corriente fluvial.

“Estamos llegando”, afirmó el palanquero. A unos 200 metros divisamos a Krausirpe. ¡Al fin! Minutos después, el pipante “encalló” sobre la orilla derecha y al primero que divisamos fue al doctor Fernando, quien con las manos abiertas y una sonrisa de oreja a oreja, nos daba la bienvenida.

(Continuará).

Nota: El doctor Hugo Almeida Leiva, jefe de la Misión Médica de Cuba en Honduras, se comunicó con trabajadores.cu para informar que a principios de noviembre próximo se celebrará en esa nación el aniversario 20 del inicio de la colaboración cubana, tras el paso devastador del huracán Mitch.

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