Trabajadores

Wampusirpe (VIII)

Cuando caminábamos hacia Wampusirpe lo primero que encontramos, a la izquierda, fue el Centro de Salud. Era ─y aún debe ser, a pesar de que hayan transcurrido casi 20 años─ una confortable edificación con techo de placa. Recuerdo que estaba pintado de color verde.

“Los materiales los enviaron los japoneses para construir varios en aldeas de La Mosquitia, pero los médicos hondureños no vienen aquí jamás”, dijo el colaborador cubano de la Salud.

El indito que en la “pista de aterrizaje” quiso cargar mi mochila a cambio de un lempira, seguía a mi lado, ni un centímetro delante ni uno detrás.

A poco andar comenzamos a ver las humildes viviendas, montadas sobre pilotes, de las familias indígenas. Me explicaron que la altura es para paliar las inundaciones y evitar que suban las serpientes. Debajo siempre crían aves y cerdos.

Al llegar al centro de la aldea el médico nos explicó que dormiríamos en un local habilitado en la iglesia católica, la otra edificación resistente en el lugar, la cual contrastaba con la enorme pobreza que caracterizaba a Wampusirpe. Estaba pintada de blanco. En su interior había bancos para que los feligreses se sentaran durante las misas y cerca del altar estaban dos grandes televisores, pues con frecuencia el párroco les proyectaba materiales religiosos y documentales. Todo un acontecimiento comunicativo en tan alejado sitio.

“Aquí es donde único hay correo electrónico, satelital por supuesto”, aseguró el galeno cubano, con la advertencia de que no podríamos utilizarlo porque el sacerdote, de origen español, estaba viajando.

Al lado de la iglesia, en un pequeño local, funcionaba una tienda de productos religiosos, en la cual se vendían también camisetas y otros suvenires para que los visitantes eventuales se llevaran un recuerdo. ¿Quién es el dueño?, le pregunté al médico. “El cura”, respondió.

Le di el lempira prometido al indito por “acompañarme” y me extendió la mano para agradecerme. Se fue corriendo.

En unas literas ubicadas en un gran salón con piso de madera colocamos las mochilas y nos fuimos al Centro de Salud. Allí nos explicó el colaborador que los principales problemas que afrontaba desde hacía dos meses eran las enfermedades diarreicas agudas y el dengue, y precisó que resultaba necesario desarrollar una labor comunitaria, de convencimiento, para el control de la natalidad, debido a en las etnias indígenas, por lo general, son las mujeres las que trabajan en la casa y también cultivan la tierra para producir algún alimento, sobre todo yuca y maíz, mientras los hombres se pasan el día acostados en una hamaca o simplemente sentados, y eso provocaba que los niños estuvieran descuidados y se enfermaran con frecuencia.

Otro inconveniente era la disponibilidad de medicamentos, pues solo podían disponer de donaciones solidarias hechas a través de la iglesia católica, las que el sacerdote ponía incondicionalmente en manos del colaborador cubano.

Nos habló de la nostalgia por su familia en La Habana, de las pocas atracciones existentes en el lugar; de las dificultades para comunicarse con los residentes, a pesar de que los indios misquitos son amigables y gentiles, del enorme peso que significaba la caída de la noche y la desinformación…

Tomamos algunas fotos para acompañar la entrevista y regresamos a la iglesia. Ya caía la tarde. Abrí la llave del baño, pero no había agua. Localicé al médico y me llevó a la casa de una familia cercana, la cual me permitió utilizar la que habían recolectado de la lluvia en un tanque metálico. Fue una dicha.

Descansé una media hora en la dura litera. Después me senté en uno de los escalones y la nostalgia se apoderó de mí. Pensaba en mi familia y en los lejos que me encontraba. Algunas lágrimas se saltaban cuando llegó el médico cubano acompañado de un indio bajito de estatura, pero de complexión fuerte y de pelo muy negro. “Periodista, le presento al cacique de Wampusirpe”. Le estreché la mano. Y en perfecto español me dijo: “Bienvenido”.

Habló bajito con el especialista cubano. “Dice el cacique que lo invita a tomar unas cervezas frías”. Pensé de inmediato que se burlaban de mí, porque en un lugar tan apartado, sin electricidad, era imposible esa oferta. No obstante, los seguí. Caminamos por un estrecho trillo. Llegamos a una casa. Entramos. Nos sentamos en unos bancos y el líder indígena ordenó a un joven: “Tres bien frías”. En segundo teníamos las botellas de color ámbar en nuestras manos.

Resulta que el indio-comerciante las transportaba, quizás desde la ciudad de La Ceiba, a través del mar y el cercano y caudaloso río Patuca, y en una nevera (frízer), alimentada por la electricidad de una planta de gasolina, las enfriaba y vendía al doble del precio que en cualquier otro lugar de Honduras.

Cuando las botellas estaban por la mitad, el cacique llevó la mano derecha a la cintura, sacó una pistola y la puso sobre la mesa.

Era, simplemente, lo real maravilloso de un mundo desconocido y sorprendente. La selva no tiene comparación alguna.

(Continuará).