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USA, el síndrome iraní

Desde la presidencia de James Carter y las que le sucedieron, hasta la actual de Donald Trump, el derrocamiento de la República Islámica de Irán, ha sido un propósito obsesivo compulsivo del gobierno de Estados Unidos, que no se resigna al derribo de la tiranía corrupta y proimperalista de su servil aliado, el Sha   Mohammad Reza Pahlevi.

Plaza Azadi en Teherán. Foto: OB Teherán

El triunfo de la Revolución islámica liderada por el Ayatola Ruhollah Jomeini el 11 de febrero del 1979 privó a Washington del eje que sostenía su predominio político, económico, comercial  y militar en esta estratégica región. Además abrió las puertas a la independencia, soberanía, autodeterminación y acelerado desarrollo de la nación persa.

Uno del los primeros y estrepitosos fracasos de Washington en la consecución de sus  planes subversivos fue el descalabro protagonizado por la administración Carter en abril de 1980 cuando intentaron liberar,  mediante la operación militar Argo, a los rehenes norteamericanos retenidos en la embajada estadounidense en Teherán.

Cuatro décadas después, el abultado expediente de conspiraciones, provocaciones, agresiones armadas, bloqueo y sanciones políticas y económicas llevadas a cabo por los gobiernos de Ronald Reagan, Bill Clinton, George W. Bush, Barack Obama y Donald Trump certifican que se mantiene activo el proyecto subversivo antirani.

Como parte del conjunto de las acciones de la Casa Blanca y los halcones del Pentágono contra Irán podría mencionarse el instigamiento y apoyo en 1980 al entonces mandatario iraquí Saddam Hussein para que librara la guerra contra Teherán —conflicto que se prolongó durante ocho años y causó un millón de muertos—; el caso Irán-contras; la posibilidad de una invasión directa de EE.UU. ; y la grave crisis por la pretensión norteamericana de hacer desistir a Teherán de su programa del uso pacífico de la energía nuclear.

Donald Trump, apenas estrenado en la presidencia, satanizó al gobierno de la República Islámica, incrementó las sanciones económicas, y de forma insensata retiró unilateralmente a Estados Unidos del acuerdo nuclear firmado en julio del 2015 por su antecesor Barack Obama con Irán, del que participaron también Rusia, China, Francia, Gran Bretaña y Alemania. Este pacto es considerado un triunfo de la diplomacia iraní y una gran contribución a la paz y la estabilidad  regional.

La decisión de Trump significó un retroceso en el consenso logrado entre los firmantes y tensó aún más las relaciones, circunstancia que se ha empeorado debido a las nuevas sanciones contra Irán y por la retórica belicista y amenazadora del mandatario estadounidense, quien lanzó en Twitter una furiosa advertencia a Teherán con su estilo bravucón y prepotente advirtiéndole que sufriría consecuencias que nunca nadie había padecido antes.

La respuesta del presidente iraní Hassan Rohani fue inmediata, consideró que las amenazas de la Casa Blanca y de su Secretario de Estado carecen de credibilidad, y advirtió a Washington que no juegue con fuego pues un conflicto con la República Islámica sería “la madre de todas las guerras”.

Rohani indicó que Irán controla y podría cerrar el estrecho de Ormuz, un punto estratégico en el Golfo Pérsico por donde circula el 30 % del petróleo transportado por vía marítima a nivel mundial.

Aunque Trump suele decirse y después desdecirse, se supone que tenga la noción del riesgo que representaría una contienda con la nación que es hoy potencia regional, política, económica, científica y militar, respaldada por todo un pueblo profundamente nacionalista y amante de su patria.

Estados Unidos debería recordar sus estrepitosos fracasos en las guerras de Corea y Vietnam, donde la heroica resistencia popular puso en estampida a sus derrotadas tropas.

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