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Israel, pretensión de Vaticano judío

Si existiera la rama especializada de patología política, el Estado de Israel sería diagnosticado como un tumor maligno y  progresivo en el Oriente Medio, que se fue desarrollando a partir de la Declaración Balfour en 1917 y expandiendo por la región desde su constitución en 1948, con la trágica partición de Palestina.

Consumando la estrategia expansionista y racista que sustenta la ideología del régimen sionista, durante setenta años Israel ha ido transformado el mapa geográfico y político del Oriente Medio, ocupando militarmente y colonizando los territorios palestinos, las estratégicas alturas sirias del Golán y las denominadas Granjas de Sheeba en el Líbano.

Ante la pasividad e ineficacia del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para ponerles coto, la limpieza étnica, la brutal represión contra la población palestina, los indiscriminados asesinatos de hombres, mujeres y niños y el encarcelamiento de miles de civiles, son hechos cotidianos en la Franja de Gaza y Cisjordania.

A este nefasto panorama se añade ahora la aprobación por el Knesset  (Parlamento) de un proyecto de ley que define a Israel como Estado Nación judío,  antecedido por la proclamación de Jerusalén como su capital eterna, única e indivisible, que incrementan la espiral de extrema violencia del conflicto arabe-israelí, el cual acumula más  20 años de fracasos en las negociaciones para la concertación de la paz.

La controvertida ley es otro intento de destruir la identidad árabe-palestina, y legitimar las políticas de Apartheid en lugar de promover la paz  y afectará  a casi dos millones de palestinos que poseen la ciudadanía israelí, tres millones que radican en Cisjordania, y dos millones de palestinos que viven bajo el asedio militar sionista en la Franja de Gaza.

El engendro promovida por el primer ministro Benjamín Netanyahu, entre sus puntos básicos, establece que solo los judíos tienen derecho exclusivo a la autodeterminación nacional y elimina el uso del árabe de las instituciones y escuelas, reconociendo en su lugar el hebreo como idioma oficial..

También declara la ciudad de Jerusalén) como la capital del régimen de Tel Aviv y apoya la construcción y ampliación de los asentamientos habitados por judíos.

Según informaciones de diversos medios de prensa, los diputados árabes laboristas agrupados en el llamado Campo Sionista, representante de la minoría palestina con nacionalidad israelí, la consideran  una de las leyes más peligrosas que se han legislado en el Parlamento, dado que sitúa a Israel como un país más nacionalista y menos democrático.

Con ella  se crea una separación  entre la población judía los y los palestinos con ciudadanía israelí residentes en su territorio, tratándolos como ciudadanos de segunda clase, sin derechos y  susceptibles de ser expulsados del Estado sionista.

A los airados rechazos y críticas  de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), que califica la ley de  racista por excelencia y licencia para continuar la colonización de sus territorios, se suman estados árabes, partidos políticos, Organizaciones No Gubernamentales, sectores de la población israelí, países miembros de la Unión  Europea y de la comunidad internacional..

En este entorno de convulsa confrontación, en la Franja de Gaza prevalece una grave crisis humanitaria provocada por el bloqueo de Israel, que la mantiene sitiada por aire, mar y tierra y asfixiada por la falta de alimentos, agua, combustibles, energía eléctrica y medicamentos, y por los asesinatos de jóvenes palestinos que se manifiestan contra la ocupación y por el derecho de los refugiados de la diáspora al retorno.

La  política belicista e injerencista aplicada por Israel en la región mesoriental y su pretensión de convertirse en el Vaticano judío, respaldada por su fiel aliado Estados Unidos y el presidente Donald Trump, enfrenta la oposición y resistencia del heroico pueblo palestino, de Siria, Líbano, Irak, Irán, y la Liga de Estados Árabes, objetos de sus agresiones y provocaciones, lo que puede conllevar a una nueva conflagración de tan bastas proporciones que incluiría a su propio territorio, porque todo el que juega con fuego, se puede quemar las manos.