Conocer el camino

Conocer el camino

Es cierto que los jóvenes tienen sobre sus hombros el peso del futuro de la nación. Y es cierto también que muchos de ellos, quizás más de los que imaginamos, tienen en sus centros, ya sea de estudios o laborales, y en las zonas donde residen, un muy bien ganado prestigio por el papel protagónico que desempeñan.

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Sin embargo, no todos manifiestan en la práctica cotidiana el interés de beber de la sabia de los más experimentados, de los que ya han andado y desandado una buena parte de la vida personal y profesional, con aciertos y desaciertos, afrontando y venciendo obstáculos en múltiples ocasiones y con muchas “horas de vuelo” acumuladas.

Recuerdo cuando con 16 años de edad llegué a la redacción del periódico Vanguardia, órgano informativo de la entonces provincia de Las Villas (multiplicada en 1976 en tres territorios: Villa Clara, Sancti Spíritus y Cienfuegos) con ansias de ser periodista. Solo tenía la voluntad y la vocación; me faltaban los conocimientos. Por estar entonces estudiando otra carrera, con un alto grado de comprometimiento para terminarla (vocación aparte), no pude cursar la de Periodismo, como tanto quería. Me quedó una sola opción: aprender en horas extras, los fines de semana y las vacaciones con los que ejercían la profesión. Y así lo hice; preguntaba a todos, buscaba asesoría, entregaba los materiales recién redactados para que los revisaran y corrigieran… Paso a paso fui adquiriendo conocimientos que me han sido valederos hasta hoy.

Quizás por ese andar es que miro con tan buenos ojos los empeños puestos en práctica para que en los centros de trabajo los más jóvenes tengan siempre a su lado un técnico u obrero con experiencia y sapiencia suficientes para transmitirles y enseñarles el intríngulis y los matices de profesiones u oficios, como sucede con los Maestros en el sector de la construcción, por solo citar un ejemplo.

Hace poco la televisión difundió una entrevista con un veguero pinareño. En una plantación de tabaco tapado, al responder la interrogante de cómo lograba tan buenos resultados en cada cosecha afirmó que la causa era una sola: haber seguido las enseñanzas y consejos de su padre y de otros campesinos que les transmitieron los secretos de tan exigente cultivo. Esas nociones empíricas las ha unido, para bien, a lo aprendido en la carrera de Ingeniero Agrónomo que cursó en la Universidad.

Los jóvenes que se gradúan de la enseñanza técnica y superior están en el deber ineludible de intercambiar con quienes los antecedieron en cualquier profesión. En este mundo cambiante, diverso y cada vez más tecnificado y tecnológicamente avanzado, es sumamente difícil “sabérselas todas”. Tampoco resulta necesario descubrir lo que ya está descubierto.

Se afirma con total razón que una vez terminados los estudios es cuando comienza el aprendizaje verdadero, porque “la práctica es el criterio de la verdad”.

Lógica es la vehemencia del espíritu juvenil y el interés por transformar, pero desde las propias aulas hay que inculcarles esa actitud inteligente de acercarse siempre a los más experimentados y apropiarse de sus herramientas cognoscitivas. La modestia y el interés por aprender deben identificarlos a todos o al menos, a la mayoría.

En cualquier esfera del quehacer laboral, como en la vida misma, nunca se acaba de estudiar, y esa sentencia no es privativa de la carrera de Medicina, en la que sí hay plena conciencia de que siempre queda más por conocer. Quien se supera constantemente tiene todas las posibilidades de llegar a ser bueno o excelente en la especialidad que eligió, sin distinción entre una y otra, porque todas requieren de conocimientos amplios.

El divino tesoro de la juventud debe unirse al tesoro divino de la sapiencia adquirida con el paso del tiempo.

En cada persona con experiencia en el trabajo hay un enorme caudal de sabiduría que los jóvenes deben aprovechar más ampliamente y de mejor manera, no solo en las denominadas prácticas pre profesionales o en el período de adiestramiento laboral, cuando se les asigna un tutor para guiarlos. Ese empeño por conocer más y perfeccionar lo aprendido debe ir más allá y convertirse en un interés constante. Y si “la montaña no viene a uno, uno debe ir a la montaña”, por lo que de no ocurrir ese interés de manera espontánea hay que propiciarlo de alguna forma y de eso deben ocuparse las direcciones administrativas y sindicales en cada centro. El futuro no admite descuidos.

Muy bien lo recordó el Papa Francisco en un encuentro durante su viaje a países de América del Sur: “Los jóvenes caminan rápido, pero los viejos son los que conocen el camino”.

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