Trabajadores

Brazadas y podios: difícil relación

No existe nación en el mundo que domine todas las especialidades de la natación, como también ha sido demostrado que estar rodeado de agua no significa contar con buenos tritones. Si a eso sumamos que no resulta para nada un deporte barato (dada la mantención de las piscinas) y que mejorar un segundo puede llevar años de entrenamiento, el panorama se complejiza, y mucho más en nuestro contexto económico y social.

Luego de una hegemonía centrocaribeña entre 1926 y 1938, Cuba no encontró un camino de premios en esta disciplina hasta entrada la década de los ochenta del siglo pasado, cuando el pechista Pedro Hernández irrumpió en la escena con preseas a todos los niveles. Después llegaría el esplendor con el título histórico de Mario González en la misma especialidad durante los Juegos Panamericanos de 1991; mientras Rodolfo Falcón y Neisser Bent se encargaron de la rúbrica más elevada con plata y bronce, respectivamente, en los 100 metros espalda de los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996.

Guiados por un colectivo técnico en perenne superación científica y matizado por una mayor cantidad de brazadas infantiles y juveniles en todas las piscinas del país comenzó a gestarse esa generación de nadadores, que tuvo posibilidades de roce internacional a partir de lo que se iban ganando, y terminó siendo la más laureada de la historia. Y no pocos aseguran que lo seguirá siendo por largo tiempo.

El retiro natural de ellos y una fuerte depresión de practicantes se unieron al golpe mortal que resultaba el deterioro constructivo de la escuela Marcelo Salado y el Complejo de Piscinas Baraguá. Se apostó, con lógica, a figuras aisladas como el librista Hanser García (llegó a ser finalista olímpico en Londres 2012) y al menos un oxígeno de alegría se siguió respirando.

Sin embargo, cada vez es más difícil pensar en un renacer, no obstante la reparación total de la instalación insignia, pues sin tener un talento de primera calidad, con deudas motivacionales, sistemas de entrenamiento que no arrojan avances cuantitativos si se les compara con la media internacional, y poco más de 2 mil niños y jóvenes nadando en el país, la esperanza se torna más gris que verde y azul como todos deseáramos.

Hoy no tenemos ningún tiempo que se acerque a ser finalista panamericano y la tendencia mundial recuerda que un campeón no se hace en cuatro o cinco años, sino en el doble, con las excepciones que tampoco tenemos entre nosotros. Una única fórmula parece guiar el destino: más piscinas, más nadadores y más entrenadores. Solo así podremos volver a revivir los triunfos de Falcón, Neisser y compañía.